¿La izquierda abandona a Pedro Sánchez? No tan rápido
Una columna de Soledad Gallego-Díaz ha dado legitimidad y eco a las crecientes críticas a Sánchez que se producen en el interior de la izquierda. Pero pese al goteo de abandonos, hay que entender que el partidismo no es hoy como el de ayer
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz. (EP/Eduardo Parra)
Dado que es el primer día del año, permítanme un ejercicio literario.
En el año 30 antes de Cristo, el emperador romano Octavio estaba en guerra con Egipto. Marco Antonio había sido uno de los hombres más poderosos de Roma, pero había traicionado a su ciudad, se había convertido en el amante de Cleopatra, la reina egipcia, y ahora luchaba en el bando de esta.
En un momento dado, Marco Antonio supo que la ciudad en la que se habían refugiado, Alejandría, iba a caer en manos del ejército romano. Esa noche se oyó una fanfarria en las calles, un desfile con música y gritos, según cuenta el historiador Plutarco. Se trataba, dice, de Dionisio, el dios que siempre había protegido a Marco Antonio, que le estaba abandonando junto a su séquito. El dios ya no quería saber nada de él, porque pronto iba a ser derrotado. Y ¿quién quiere ser el guardián de un perdedor? En ese momento Marco Antonio lo tuvo claro: iba a morir.
Dos mil años más tarde, a partir de esta historia, el poeta griego Constantin Cavafis escribió el más hermoso poema que se ha escrito jamás sobre la manera en que los tuyos te abandonan cuando sospechan que vas a ser vencido. Aunque ahora estés solo, dice, tu obligación es asumir la derrota, caer con honor. No debes lamentar "tus obras que fracasaron […] los proyectos de tu vida que tan mal te salieron".
He pensado en esta escena en los últimos días, mientras una parte de la derecha parece percibir que el fin de Sánchez está próximo. Que este está presenciando el desfile de quienes le abandonan.
Un lento alejamiento
Pedro Sánchez llegó a la presidencia el 1 de junio de 2018. Apenas una semana después, tras una larga y brillante carrera periodística, Soledad Gallego-Díaz llegó a la dirección de El País. Desde entonces, este se convirtió en un guardián de la presidencia de Sánchez. Le animó, le protegió y en muchas ocasiones le aduló. Como en otros momentos de la historia reciente, Prisa y el PSOE se convirtieron en un mismo proyecto. Gallego-Díaz abandonó la dirección en 2020, pero esa simbiosis, con algunos breves instantes de tímido alejamiento, se ha mantenido.
Sin embargo, el domingo pasado, Gallego-Díaz, que permaneció en el periódico como columnista, y tiene un inmenso ascendente sobre los periodistas y los analistas del medio, escribió una columna en la que se distanciaba de Sánchez. Decía que había contribuido "a la vía de confrontación permanente" que domina la política española y que dejará en ella "una huella terrible". Y le pedía que no fuera candidato de nuevo y que diera paso a otro, preferiblemente una mujer.
Fue la expresión más relevante de una corriente que va creciendo. Hay críticas muy prudentes, pero críticas a fin de cuentas, en los editoriales del periódico: "la sucesión de casos de corrupción y acoso sexual hacen urgente una respuesta drástica y sin excusas por parte del PSOE", decía uno reciente. Hay valerosas columnistas, como Estefanía Molina, que tras apostar con fuerza por el proyecto de Sánchez critican abiertamente algunas de las políticas de las que presume, como las referidas a las pensiones o la vivienda. Si uno se esfuerza lo suficiente, puede encontrar pequeñas críticas entre tertulianos de la Cadena Ser que han sido firmes, aliados del Gobierno y ahora le piden, con una mezcla de solemnidad y renuencia, "autocrítica". Eldiario.es lleva siete años mostrando una asombrosa unidad de propósito con el Gobierno —es muy interesante para mi generación que un periódico que nació encarnando las llamadas a acabar con el bipartidismo y la vieja izquierda, dirigido por periodistas con una cierta vocación outsider, haya acabado trabajando para el PSOE—, pero es capaz de distanciarse de él al menos en un aspecto concreto, la gestión de los casos de acoso. Si uno consigue desentrañar las barrocas metáforas de Enric Juliana, de La Vanguardia, puede advertir que se han tornado ligeramente más ominosas para el Gobierno.
No es un desfile con fanfarria y gritos, pero hoy es más explícito que el dios está pensando seriamente en abandonar a Sánchez. Es probable que la valentía de Gallego-Díaz permita a muchos otros leales decir abiertamente que, como sugería el poema de Cavafis, hay que deshacerse de "vanas esperanzas". Es probable que haya legitimado definitivamente las críticas a Pedro Sánchez desde el interior mismo del sanchismo.
Pero que nadie se haga ilusiones. En la última década, la mecánica del partidismo se ha transformado profundamente en España. Hoy, este no se manifiesta mediante el fervor por unas siglas. Sino, en lo que los politólogos llaman "partidismo negativo", mediante un profundo odio al rival. Esta mecánica, hábilmente explotada por todos los partidos y con gran talento por el PSOE de Sánchez, hace que los leales, movidos por la aversión al contrario, sean mucho más tolerantes con los errores de su propio bando. Y ténganlo claro: el rechazo al PP de los incipientes críticos izquierdistas de Sánchez es mucho mayor que su decepción con Sánchez. Dionisio abandonó a Marco Antonio. Pero nunca dijo que el bando de Octavio fuera una alternativa razonable.
Dado que es el primer día del año, permítanme un ejercicio literario.