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El tren ha sido el emblema de la modernización de España. ¿Y ahora?
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Ramón González Férriz

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El tren ha sido el emblema de la modernización de España. ¿Y ahora?

Los españoles hemos invertido muchos esfuerzos económicos y políticos en el despliegue de una inmensa red de trenes de alta velocidad. Durante décadas, esta ha encarnado el relato de progreso del país. Por eso estamos perplejos por su declive

Foto: Restos del Alvia siniestrado en la colisión con el Iryo en Adamuz. (EFE/J.J. Guillen)
Restos del Alvia siniestrado en la colisión con el Iryo en Adamuz. (EFE/J.J. Guillen)
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El despliegue de la red de trenes de alta velocidad ha tenido un papel muy singular en la manera en que la España contemporánea se percibe a sí misma. No solo ha generalizado un medio de transporte cómodo y eficaz. Sino que ha sido un emblema de la modernización y la cohesión del país. Y la muestra de que este podía adelantar a otros mucho más avanzados.

Japón inauguró su primer corredor ferroviario de alta velocidad en 1964. Francia puso en marcha la primera línea del TGV en 1981. Mucho después, el 14 de abril de 1992, justo una semana antes de la inauguración de la Expo, llegó a Sevilla el primer AVE procedente de Madrid. Esa hazaña, que costó 3.250 millones de euros, no se interpretó solamente como una mejora de las comunicaciones entre dos grandes ciudades. Sino como una herramienta de vertebración de un país que tradicionalmente se había sentido invertebrado. Al fin la sociedad andaluza llegaba "a su cita con el progreso", dijo entonces Manuel Chaves.

Cuando, en 1998, España cumplió los criterios de convergencia que le permitieron convertirse en uno de los primeros países en adoptar el euro, José María Aznar explicó la importancia de ese logro de la modernización de España, de manera reveladora, con una metáfora ferroviaria: al fin viajamos en un tren de primera, dijo. Y el crecimiento de las líneas del AVE en la década de los 2000 fue prodigioso: en 2003 Madrid quedó conectado con Lleida y, desde ahí, con Francia. En 2008 se estableció la línea Barcelona-Madrid. Luego se conectaron Galicia y Valencia. Hasta cincuenta ciudades.

España tiene hoy 4.000 kilómetros de vías de alta velocidad. Es la red más amplia de Europa. La segunda del mundo tras China. La inversión ha sido enorme: unos 60.000 millones de euros, según Adif. Pero ha contribuido a cumplir algunos de los sueños que, desde el siglo XIX, tuvieron los reformistas y los modernizadores españoles: cohesión interna con las zonas desfavorecidas, conexión con Europa, apuesta por la vanguardia industrial.

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Y también ha contribuido a su marca internacional. Cuando hace más de una década se empezó a hablar con insistencia de la necesidad de descarbonizar la economía y apostar por la electrificación, España podía estar orgullosa: nadie disponía de una herramienta tan útil para reducir la contaminación producida por los aviones y los coches. Cuando en 2021 España aplicó las leyes liberalizadoras europeas, los precios bajaron y el servicio se universalizó. En 2024 hubo 40 millones de viajeros en la alta velocidad comercial, un 77% más que antes de la liberalización. Los españoles creen y confían en el tren. Y también el Gobierno socialista, que ha anunciado subvenciones y ayudas al transporte de manera reiterada. "El tren vive en España el mejor momento de su historia", dijo el ministro Óscar Puente en agosto de 2024. "Nos convertiremos en el único país del mundo, junto con China, que tiene una red de alta velocidad" en la que los trenes pueden llegar a los 350 kilómetros por hora, dijo en noviembre de 2025.

El cuestionamiento de un relato

Por eso los españoles llevamos unos años perplejos por el pésimo funcionamiento de los trenes: porque la inversión económica, política y emocional en ellos ha sido inmensa. Cuando un avión se retrasa, o nos deja en tierra por un problema de overbooking, nos sentimos maltratados, pero no lo consideramos una muestra de la decadencia nacional. Sin embargo, los crecientes retrasos de los trenes, la sucesión de averías o las aglomeraciones en las estaciones han sido vistas como una muestra de declive que va más allá de un mero fallo en una infraestructura. ¿Acaso no es un fracaso del relato sobre la modernización que encarnaban esos trenes? Cuando esas incomodidades se convierten en sendas tragedias con 44 fallecidos y centenares de heridos, más allá del evidente dolo, y de las exigencias de explicaciones, la pregunta se agrava. ¿Así acaba todo el esfuerzo económico, político y emocional invertido en esa inmensa operación de modernización nacional?

Como dice José Antonio Zarzalejos en su columna de hoy, España vive un momento de desolación por la sucesión de accidentes y la mala gestión. Pero un drama de esta magnitud, asociado al emblema de nuestra modernización y a una de las pocas muestras de liderazgo internacional español, suscita también un cuestionamiento general del relato que ha dominado nuestra vida pública desde los optimistas años noventa. Llevamos décadas contándonos a nosotros mismos que, pese a incontables dificultades, nuestro destino avanza, como un tren, siempre en dirección a la modernidad y la eficiencia. Los accidentes ferroviarios de esta semana no son la única muestra, pero sí la más trágica, de que cada vez es más dudoso.

El despliegue de la red de trenes de alta velocidad ha tenido un papel muy singular en la manera en que la España contemporánea se percibe a sí misma. No solo ha generalizado un medio de transporte cómodo y eficaz. Sino que ha sido un emblema de la modernización y la cohesión del país. Y la muestra de que este podía adelantar a otros mucho más avanzados.

Accidente tren Adamuz Tren
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