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Da igual quién gobierne

La intensidad del ruido de nuestra vacua conversación pública apenas alcanza al ensordecedor silencio de los debates que no estamos teniendo

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en Adamuz (Córdoba). (EFE/David Arjona)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en Adamuz (Córdoba). (EFE/David Arjona)

Da igual quién gobierne. Esa frase, tan española, tan de bar, tan de sobremesa derrotada. La hemos oído mil veces y la hemos pronunciado otras tantas, como quien se encoge de hombros ante una gotera antigua. Da igual quién gobierne, se dice, y con esa frase se clausura la conversación y también la responsabilidad.

La gente está cansada. Cansada de palabras que no significan nada, de discursos huecos como un edificio administrativo un viernes por la tarde. Cansada de la trepidante monotonía de la política, que ya no sorprende ni indigna, sino que aburre. Y cuando el espacio público se convierte en un lodazal de reproches, gritos y vulgaridad chabacana, el ciudadano medio —ese que no milita, que no conspira, que solo vive— acaba entendiendo una sola cosa: que todos son iguales y que, al final, da igual quién gobierne. Aun así, la intensidad del ruido de nuestra vacua conversación pública apenas alcanza al ensordecedor silencio de los debates que no estamos teniendo.

Ese cansancio, sin embargo, tiene una derivada aún más peligrosa. No está solo en la calle, también habita en el poder. El sanchismo —esa mezcla de tacticismo, propaganda y suficiencia moral— ha convertido el "da igual" en doctrina: da igual lo que hagamos. ¿Cuántas veces hemos escuchado a sus corifeos despachar una crítica con la pregunta definitiva, casi paternalista: "¿Pero a ti te ha cambiado algo la vida?"

¿Por qué indignarse por un indulto, para qué protestar por la colonización del INE o del CIS, si tu rutina sigue intacta, si el café cuesta lo mismo y el semáforo sigue en verde? ¿Qué más da una presión al fiscal, un asesor colocado a dedo, un consejero en Renfe sin carrera ni cualificación? ¿Qué va a pasar? Nada. Nunca pasa nada. Ese es el dogma.

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En el fondo, todo encaja con una izquierda superficial, adolescente, que no concede a la vida la gravedad que tiene. ¿Qué más dará aprobar con tres o cuatro suspensos? ¿Qué más da improvisar, relativizar, banalizar? Vivir, al fin y al cabo, es flotar.

Así, España se mueve entre dos nihilismos que se retroalimentan: una mayoría de ciudadanos que piensa que da igual quién gobierne y un gobierno que actúa como si diera igual lo que se haga.

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Y no, un país no se degrada de un día para otro. Un país es una maquinaria compleja, con inercias largas, con resistencias invisibles. Por eso se puede nombrar a un presunto corrupto ministro de Fomento y que no pase nada… ese día. Por eso la presidenta de Adif puede estar ocupada atendiendo llamadas indebidas y el tren sigue saliendo de la estación. No pasa nada. No hay presupuestos ningún año. No pasa nada. Hasta que pasa.

Los sistemas se fatigan como los materiales. No fallan a la primera, ni hacen ruido al romperse. Se agrietan. Crujen. Avisan en silencio. La decadencia no es un acontecimiento, es un proceso.

No afirmo —porque no lo sé— que la causa inmediata del accidente de Adamuz sea una decisión concreta o un procedimiento mal ejecutado. Sería irresponsable decirlo. Pero sí sabemos algo: los accidentes graves rara vez son solo accidentes.

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Chernóbil nos enseñó que una catástrofe no es nunca un error aislado. Es el resultado lógico de un sistema enfermo: de responsables sin contrapesos, de organizaciones que expulsan el talento, de técnicos que callan por miedo, de medios que no pueden denunciar y de jueces a los que se les ata la toga. El reactor explotó, sí, pero llevaba años sobrecalentándose.

Chernóbil fue un síntoma, no una anécdota. El final visible de una gestión criminal e iletrada acumulada durante décadas.

Me temo que Adamuz sea también un síntoma. Llevamos demasiado tiempo fingiendo que las cosas no importan. Que se va la luz en todo un país y la noticia es que la gente sonríe en corrillos improvisados. Que da igual quién ocupa un cargo, que todo es decorado, que la incompetencia es solo una molestia estética. Pero no lo es. Quien gobierna decide, y quien decide afecta. No hoy, quizá no mañana, pero siempre.

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No da igual quién gobierne. No da igual lo que se haga. Ese nihilismo irresponsable —el del ciudadano cansado y el del gobernante cínico— es la autopista hacia la ruina. Y cuando todo termine mal, cuando nadie sepa explicar en qué momento empezó a torcerse todo, no podremos fingir sorpresa.

Será culpa nuestra.

No sé cómo de jodido está hoy nuestro Perú. Pero sé que ya no quedan excusas para callar. Ya no vale el "todos son iguales". Ya no vale el "a mí no me afecta".

*Abelardo Bethencourt, cofundador y director general de Ernest.

Da igual quién gobierne. Esa frase, tan española, tan de bar, tan de sobremesa derrotada. La hemos oído mil veces y la hemos pronunciado otras tantas, como quien se encoge de hombros ante una gotera antigua. Da igual quién gobierne, se dice, y con esa frase se clausura la conversación y también la responsabilidad.

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