Mas, Harry Potter y la hoja de ruta hacia la independencia

El relato de 'el procés' a partir del 27-S es el de un apacible paseo de unos pocos meses, un camino de rosas que llevará a los catalanes a la tierra prometida sin apenas obstáculos o sobresaltos

Foto: Los candidatos de Junts pel Sí Artur Mas (d), Oriol Junqueras (i) y Raul Romeva (c). (EFE)
Los candidatos de Junts pel Sí Artur Mas (d), Oriol Junqueras (i) y Raul Romeva (c). (EFE)

Explican los psiquiatras que la diferencia entre psicosis y neurosis consiste en que el psicótico afirma que dos y dos son cinco, mientras el neurótico dice: dos y dos son cuatro pero yo no lo soporto.

A la luz del documento que presentaron hace unos días los dirigentes del neoindependentismo catalán, titulado La Hoja de Ruta Hacia La Independencia, parece haberse producido en ellos este tránsito entre reconocer la realidad aunque no te guste y perder el contacto con ella para construir una imaginaria.

En él describen, paso a paso, el camino que se proponen seguir desde las elecciones del 27 de septiembre hasta la proclamación y reconocimiento del Estado Catalán Independiente. Citan entre sus principios inspiradores los que dictan “la ciencia política y la realpolitik internacional”: muy científico no parece lo que dicen pero, desde luego, si de algo carece por completo el plan es de realpolitik.

Recomiendo la lectura del documento, especialmente a los aficionados al género fantástico. Hay en él una mezcla del universo onírico de Alicia en el País de las Maravillas y de la ingenua omnipotencia de Harry Potter y su mundo mágico, en el que basta con agitar una varita para que todas las cosas abandonen su orden natural y se recoloquen tal como uno desea.

El relato de el procés a partir del 27-S es el de un apacible paseo de unos pocos meses, un camino de rosas que llevará a los catalanes a la tierra prometida sin apenas obstáculos o sobresaltos. Así pintan la hoja de ruta de este crucero de placer hacia la independencia:

Lo primero es que Junts pel Sí y la CUP sumen 68 escaños en el Parlamento de Cataluña: la mitad más uno. Eso sería menos del 50% de los votos emitidos y –con una participación parecida a la de 2012, que ya fue muy alta- poco más del 30% de los catalanes mayores de edad. Pero según los autores del relato, un resultado así contendría un mandato compulsivo de la ciudadanía.

En la hoja de ruta hay una mezcla del universo onírico de 'Alicia en el País de las Maravillas' y de la ingenua omnipotencia de Harry Potter y su mundo mágico

Como primera medida, el Parlamento aprobaría -quizá por 68 votos contra 67- una declaración solemne dando por comenzado el proceso de independencia; declaración que se pondría en conocimiento de “las autoridades del Estado español, de las europeas y de la comunidad internacional” (todos los cuales, obviamente, no tendrían nada que hacer ni que decir al respecto).

El segundo paso sería formar lo que llaman “un gobierno de concentración”. ¿Con todos? No: sólo con “las fuerzas políticas dispuestas a implementar el mandato a favor de la independencia”. Deduzco que se refieren a un gobierno de autoconcentración o a un gobierno muy concentrado en una sola cosa.

Con esa declaración y ese gobierno superconcentrado, procederían a crear y poner en marcha “las estructuras de Estado imprescindibles para ejercer la plena soberanía en todos aquellos ámbitos en los que hoy la Generalitat aún no la ejerce”.

(EFE)
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Es decir: anularían por la vía de hecho la vigencia del Estatuto de Cataluña, que es la ley por la que todos ellos han sido elegidos y la fuente de su legitimidad. Naturalmente, se supone que las demás fuerzas políticas asistirían sumisamente a este asalto a la ley, la Justicia no vería ningún motivo para actuar y el Gobierno español no haría nada para defender las competencias que legalmente le corresponden.

Eso sí, mientras invalidan el Estatuto y violan la Constitución abrirán una negociación con el Estado español, que pacíficamente se prestará a colaborar en lo que el documento llama “el reparto de los activos y los pasivos”, lo que incluye, entre otras muchas cosas, “todos los bienes materiales que España administra actualmente en Cataluña”. Lo que se viene llamando un expolio, vaya.

El texto da por hecho que Madrid les entregará sin rechistar pequeñas cosas sin importancia como la gestión de las fronteras, el control del sistema energético, el espacio radioeléctrico, los fondos de la Seguridad Social y todas las infraestructuras. Y por supuesto, manteniendo la financiación en sus términos actuales.

A la vez obtendrán sin la menor dificultad el reconocimiento internacional del nuevo Estado. La Unión Europea les abrirá las puertas de par en par (sin duda con el voto favorable de España) y el president de la Generalitat será recibido con todos los honores en Nueva York por el Consejo de Seguridad de la ONU, quién sabe si incluso le pedirán que se dirija a la Asamblea General para transmitir al mundo la buena nueva del feliz alumbramiento.

El texto da por hecho que Madrid les entregará sin rechistar pequeñas cosas sin importancia como la gestión de las fronteras, el espacio radioeléctrico...

Mientras tanto comenzarán los trabajos para elaborar una nueva Constitución para Cataluña que sustituya a la Constitución Española. En la primera fase atribuyen esa misión a lo que llaman “la sociedad civil organizada” (primero, no conozco ninguna sociedad que no sea civil; segundo, si no es impertinencia me gustaría preguntar: organizada ¿por quién?).

Después convocarán unas “elecciones constituyentes” (que no falte de ná: de las plebiscitarias a las constituyentes) en las que no dudan de que volverán a ganar; esto suponiendo que el resto de los partidos se presten a participar en una convocatoria desprovista de toda base legal porque para ese momento ni el Estatuto ni la Constitución serán ya reconocidos como fuentes del derecho en territorio catalán.

¿Vacío legal absoluto? ¡No, tranquilos! El texto prevé un engendro legislativo llamado “ley de transitoriedad jurídica” para darles tiempo a consumar la “desconexión” con la legalidad española y proceder con calma a “la sucesión ordenada de administraciones”. Durante ese tiempo elegirán a su antojo aquellas partes de la ley española que les convenga mantener en vigor hasta el apagón definitivo. No quisiera ser juez en Cataluña durante ese período: tener que llamar todas las mañanas a una oficina de la Generalitat para ver qué ley debo aplicar y cual ha sido ya “desconectada”.

Por último, convocarán un referéndum para que el alborozado pueblo de Cataluña refrende la nueva Constitución y para que la flamante República, contando con la pasividad complaciente del Estado español, con la colaboración sumisa de todas las fuerzas políticas catalanas y con el aplauso de la comunidad internacional, se disponga a estrenar el asiento que ya le están reservando en el Consejo Europeo, en la ONU e incluso en la OTAN.

Han comenzado la “desconexión” desconectándose de la realidad; y lo malo es que su sueño puede resultar finalmente una pesadilla colectiva

Con todo, la frase clave es la que se les ha escapado. Así, como de pasada, van y dicen: “La candidatura Junts pel Sí tiene la voluntad de ejercer la soberanía real por todos los caminos posibles”. Acabáramos. No es el pueblo de Cataluña, no es el Parlamento, ni siquiera el Gobierno: es la candidatura quien se declara depositaria de la soberanía y dispuesta a ejercerla “por todos los caminos posibles”. Al fin un gramo de sinceridad entre tanta farfolla…

Esto que les cuento es apenas un apretado resumen del documento que, además de su penosa redacción, contiene una buena porción de enormidades conceptuales y de hallazgos insólitos para los estudiosos del derecho y de la ciencia política. Si presentas este relato como guión de una serie te lo rechazan por inverosímil, pero vale la pena leerlo entero.

Si no creen lo que han escrito, malo porque están engañando a sabiendas. Pero si lo creen es casi peor, porque mostraría una avanzada psicosis política delirante. Han comenzado la “desconexión” desconectándose de la realidad; y lo malo es que su sueño puede resultar en una pesadilla colectiva.

Don Mariano, no recurra usted a Cameron. Invite a Barcelona a J.K. Rowling para que explique a algunos que Harry Potter es un personaje de ficción; y que, en todo caso, Artur Mas no es Harry Potter.

Una Cierta Mirada
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