Un debate sin alma que no dejará huella

En el debate a cuatro organizado por Atresmedia nadie fracasó pero tampoco hubo ganadores. Sólo una cosa está clara: Mariano Rajoy es hoy menos presidente que nunca

Foto: Imagen del debate celebrado en Atresmedia. (EFE)
Imagen del debate celebrado en Atresmedia. (EFE)

Los organizadores llamaron al evento de este lunes en Antena 3 “el debate decisivo”; y muchos, yo mismo entre ellos, creímos que al menos marcaría un punto divisorio en la campaña electoral más abierta y más incierta que recuerda nuestra democracia.

No ha sido así. Mi primera conclusión al apagar el televisor fue: el día 20 ocurrirá lo que sea, pero el resultado de las elecciones no se deberá a este debate. La gran ocasión de todos los tiempos ha quedado reducida a un episodio más de la campaña electoral: un mitin polifónico en el que no se ha oído nada que no hubiéramos oído antes y que no vayamos a escuchar mil veces más, en versión solista, en los próximos doce días.

Todos los debates celebrados en elecciones anteriores dejaron momentos memorables, para bien y para mal. Este estará olvidado antes de que se abran las urnas. Será un debate sin huella en un doble sentido: sin huella reconocible en el resultado electoral y sin huella recuperable en la memoria de los millones de personas que lo vimos.

Sí, el formato era novedoso y aparentemente más atractivo que lo conocido hasta ahora. Sí, por primera vez había cuatro púgiles sobre el ring, nuevos y muy distintos entre sí, y no dos viejos conocidos encadenando monólogos sucesivos previamente memorizados; sí, la incertidumbre del desenlace añadía picante al espectáculo. Sin embargo, se ha vuelto a comprobar que las grandes ocasiones no las crean los formatos, sino los protagonistas. Y digámoslo de una vez: estos cuatro protagonistas de anoche son cualquier cosa menos grandes.

Ni siquiera hemos pasado emoción. Tres de los contendientes, Sánchez, Rivera y Sáenz de Santamaría, actúan como portavoces robotizados que recitan su lección convencidos de lo que dicen pero sin transmitir una gota de pasión. Y Pablo Iglesias a veces se acuerda de meterle sentimiento al discurso, pero resulta tan impostado que tampoco termina de funcionar.

Un debate a dos se presta fácilmente a ser valorado con el esquema de un ganador y un perdedor, pero aplicar esa lógica a un debate de cuatro candidatos es más complejo. Su desarrollo y tono no son propios de los grandes debates presidenciales; se asemejan más a los debates corales que están teniendo lugar en las primarias norteamericanas. Las alianzas y las líneas de confrontación se entrecruzan constantemente dentro del propio debate y el éxito se mide por la eficacia con la que vayas cubriendo los objetivos parciales marcados para cada bloque.

Lo que probablemente quería Iglesias era sacar definitivamente de la pista a la candidatura que encabeza Alberto Garzón, capitalizar sus alianzas territoriales y seguir atrayendo a los votantes socialistas que añoran glorias pasadas y a los que Sánchez no les da ni frío ni calor. Si es así, su actuación ha sido bastante eficaz, como ya lo fue en el debate de El País.

Iglesias tiene un plan y lo está ejecutando con precisión. Golpeó a Sánchez en su punto más débil: tienes buenas intenciones pero eres un líder débil y mandas poco en tu partido, por eso una cosa es lo que dices y otra lo que inevitablemente harás si gobiernas (ese ataque es mucho más dañino para el candidato socialista que la enésima repetición de la historia de “la herencia recibida” por parte del Gobierno). Y golpeó con contundencia implacable a la representante del PP en el tema de la corrupción, ayudado en ese momento por Rivera.

Y sí, es cierto que, en comparación con tono monocorde de los otros discursos, Iglesias a ratos consigue sonar distinto. No siempre afinado y en ocasiones zafiamente demagógico, pero distinto. Y su público lo agradece.

En cuanto a Albert Rivera, yo diría que ya sólo busca que la ola favorable que lo está impulsando lo lleve inercialmente hasta la orilla sin correr el menor riesgo. Por eso se agarra a su tabla de surf y se deja llevar, no vaya a ser que por ponerse de pie y provocar una ovación dé un patinazo fatal cuando todo parece ir tan bien.

Eso también es un plan. Pero a mí tanto amarrar me parece en sí mismo arriesgado, porque es la segunda ocasión en que el líder de Ciudadanos queda claramente por debajo de las altas expectativas que suscita. Los más generosos lo atribuirán a una táctica prudente, pero en otros puede estar anidando la sospecha de que si no muestra más es simplemente porque no tiene nada más que mostrar. En una campaña como esta no está el patio como para ir de sobrado por mucho que el viento sople a favor,

La vicepresidenta del Gobierno, en su papel de suplente, probablemente buscaba dos cosas: primero, salir viva de un debate endiabladamente comprometido para el PP; segunda, neutralizar el propio debate, bajar la temperatura y privarle al máximo posible de trascendencia sobre el voto.

Si ese era su propósito, también puede decir que lo ha logrado en gran medida. Con Rajoy en ese plató hubiéramos asistido a un debate totalmente distinto: mucho más intenso, más caliente y, con toda seguridad, más agresivo.

Eso no significa que su actuación haya resultado brillante. Al contrario: la Soraya de Antena 3 significó bastante menos que la que orgullosamente comparte los carteles del PP con Mariano Rajoy. El displicente tono burocrático de su discurso mezclado con ese gesto altanero que la delata le hacen poco favor cuando se trata de adquirir rasgos de liderazgo.

Algunos interpretamos lo de su presencia en este debate y lo de los carteles como un sofisticado movimiento del patrón de la “cuadra PP” para disputar esta carrera con dos caballos: uno, Mariano, por si las cosas van bien en las urnas. Y la otra, Soraya, para hacerle la carrera tácticamente a su jefe y, ante un resultado complicado, disponer de un Plan B para la investidura. Si hay algo de eso, lo mínimo que puede decirse es que la supuesta “operación Menina” ha avanzado poco en este debate (lo que no significa que haya que descartarla).

En cuanto a Sánchez, resulta difícil desentrañar el rumbo de su estrategia en esta campaña; y por tanto, no sé decir con precisión hasta qué punto ha cumplido sus objetivos. Los otros tres candidatos han tenido en el debate picos de brillantez y momentos negros. Él nunca ha sido el protagonista de la función, ni para bien ni para mal. Ni grandes aciertos ni errores tremendos; ni un destello ni un incendio. En este debate, más aún que en el anterior, ha dado la impresión de buscar más el aprobado dentro de su partido que los votos de los ciudadanos. No sé, quizá lo primero sí lo haya conseguido.

Sánchez ha sido en todos los bloques el que menos tiempo ha consumido en sus intervenciones. Y es que su discurso está tan estudiado y calibrado que tiene uno la sensación de que si le dan un minuto extra le crean un problema.

Sánchez es el único candidato que va a participar en los tres debates de la campaña, afrontando rivales y formatos distintos. Eso tiene mérito y debería obtener de ello más rendimiento que el que ha sacado hasta ahora.

En resumen: ninguno ha triunfado y ninguno ha fracasado, aunque en el conjunto de los dos debates Pablo Iglesias ha ganado el impulso que necesitaba. La suerte de estas elecciones no se ha decidido en este debate. Pero desde el punto de vista de la autoridad moral, Mariano Rajoy es hoy menos Presidente que nunca.

Una Cierta Mirada

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