Felipe González ilumina y oscurece

Lo que ha servido González es un producto típico de la casa. En lo que se refiere a la cuestión general, un puñado de reflexiones lúcidas y, en cuanto a la situación concreta, puro barroco sevillano

Foto: El expresidente del Gobierno, Felipe González, en un acto electoral del PSOE, el pasado mes de diciembre en Badajoz. (EFE)
El expresidente del Gobierno, Felipe González, en un acto electoral del PSOE, el pasado mes de diciembre en Badajoz. (EFE)

Nos hemos pasado la semana pendientes de Felipe González. Primero, atribuyéndole ideas o propuestas que él no había expresado. Y cuando finalmente habló el oráculo -en el periódico oficial y con todos los honores reglamentarios- se ha vuelto a practicar la hermenéutica de Felipe González, una antigua asignatura que tradicionalmente pocos aprueban.

En realidad, lo que ha servido González es un producto típico de la casa. En lo que se refiere a la cuestión general, un puñado de reflexiones lúcidas para demostrar que sigue siendo el tipo más clarividente del país. Y en cuanto a la situación concreta, puro barroco sevillano: un laberinto de mensajes encriptados (incluso contradictorios entre sí) para que ninguno de los contendientes en la batalla del PSOE pueda apuntarse en su integridad el mensaje del patriarca pero todos encuentren en él algo que les permita decir: "¡Ya te lo decía yo, Felipe me da la razón!" Si alguien esperaba que se alineara en un bando o emitiera una consigna sencilla para resolver el caso práctico, no conoce al personaje.

Si alguien esperaba que González se alineara en un bando o emitiera una consigna sencilla para resolver el caso práctico, no conoce al personaje

El discurso de González nunca es lineal y para iluminar el plano largo necesita oscurecer el plano corto (jamás al revés, que es lo habitual). A veces se le entiende mejor y a veces peor, pero lo que dice te anima a reflexionar. Así que yo no voy a sumarme al coro de los exégetas, pero les cuento alguna cosa que pensé mientras leía:

El acuerdo de gobierno de la gran coalición alemana tiene cerca de doscientas páginas. No se gestó en las tertulias de la televisión, sino en mesas de trabajo repletas de papeles y de números. Lo contempla todo, grandes objetivos y medidas concretas. Así se han hecho también casi todos los gobiernos de coalición que existen en Europa.

Primero se discute el Qué y el Para qué, y después el Quién y el Con quién. Pero aquí lo estamos haciendo al revés.

Podemos urge al PSOE a cerrar ya mismo un acuerdo, pero hasta ahora lo único que ha presentado por escrito es el dibujo del hemiciclo con los asientos que quieren ocupar para mejorar su visibilidad en el tiro de cámara. Iglesias se ha presentado como vicepresidente junto a varios de sus ministros 'in péctore'. Pero lo que me interesa es saber qué haría ese vicepresidente cuando tenga que impugnar una decisión anticonstitucional procedente de Cataluña; qué hará ese ministro de Defensa de Podemos cuando se requiera a España para que se comprometa activamente en la lucha contra el terrorismo yihadista; o qué hará ese hipotético ministro de Economía de Podemos cuando en su primer viaje a Bruselas le pongan sobre la mesa la exigencia de recortar 10.000 millones de gasto público para cumplir el compromiso de déficit. Nada de eso sabemos, aunque sospechamos por qué no lo sabemos.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, durante la sesión constitutiva de la Cámara Baja, el pasado 13 de enero. (EFE)
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, durante la sesión constitutiva de la Cámara Baja, el pasado 13 de enero. (EFE)

Me inquieta que Pedro Sánchez diga por las mañanas que quiere hacer un acuerdo con Podemos y los nacionalistas y por las tardes que lo intentará con Ciudadanos. Como si fuera lo mismo asociarse para gobernar con un partido que defiende el derecho de autodeterminación y quiere crear el ministerio de la Plurinacionalidad que hacerlo con uno que pretende recentralizar el Estado, quitar a las CCAA las competencias educativas y suprimir los conciertos económicos del País Vasco y de Navarra. Con quien combate la economía de mercado o con quien defiende el neoliberalismo capitalista. Con quien no cree en esta Unión Europea y alienta los nacionalismos disgregadores o con quien está comprometido con la construcción de Europa como unidad política.

Si el Partido Socialista quiere no sólo amontonar votos para una investidura sino encabezar un Gobierno para España, quizá debería poner en tres folios las bases del programa de ese Gobierno y empezar a hablar con los partidos -con todos- a partir de ahí.

Hay acuerdo general en que España necesita una reforma de su sistema institucional, una política económica que acelere la recuperación, un nuevo pacto social y también un pacto territorial que incluya una solución concertada para Cataluña. Pues bien, si cada partido explicara sus criterios sobre cada una de estas cuestiones y se constataran las coincidencias y las diferencias, quizá se vería todo más claro y sabríamos por qué, más allá de la aritmética, algunos pactos de gobierno son más viables que otros.

Me gustaría que alguien explicara cuáles son las ventajas de un gobierno minoritario, en lugar de un gobierno asentado en una mayoría parlamentaria

¿Puede Sánchez ganar una votación con los votos de todas las izquierdas y todos los nacionalismos? Quizás. Pero estoy convencido de que un gobierno construido con esos materiales no resistiría el segundo Consejo de Ministros sin saltar por los aires. O el primer Consejo Europeo.

Cuando alguien dice que un partido debe abstenerse en la investidura para permitir que gobierne otro, debe continuar el relato. A partir del día siguiente, ese partido que se ha abstenido (pongamos el PSOE), ¿dónde estaría, en la mayoría de gobierno o en la oposición? Porque en el primer caso se haría corresponsable de las decisiones de un gobierno en el que no participa; y en el segundo, si de verdad se ejerce la oposición ese gobierno no podría sostenerse y volveríamos al punto de partida.

Me gustaría también que alguien explicara cuáles son las ventajas para España de un gobierno minoritario, obligado a emplear todo su tiempo en negociar cada día su propia supervivencia, en lugar de un gobierno compartido y asentado en una mayoría parlamentaria fuerte y estable.

Se dice que la repetición de las elecciones sería el punto final tras el fracaso de todo lo demás; pero la puñetera verdad es que aquí hemos invertido el orden

Sostiene González, con razón, que en este Parlamento no hay mimbres para sostener un gobierno “reformista y progresista”, pero tampoco para un gobierno conservador. Pues bien, si eso es así, sólo se me ocurren dos salidas sensatas: o se construye una mayoría políticamente transversal o se admite que estamos ante un bloqueo insoluble y se pide a los ciudadanos que lo resuelvan con su voto. Todo lo demás es chapuza, es ir tirando, no es impulsar los cambios sino paralizarlos. Es engañarse y engañar.

Se dice que la repetición de las elecciones sería el último recurso, el punto final tras el fracaso de todo lo demás; pero la puñetera verdad es que aquí hemos invertido el orden. El 21 de diciembre los partidos no se pusieron a trabajar en sus papeles para la negociación de un acuerdo de gobierno: lo que hicieron fue tirar de calculadora y constatar su posición en un nuevo escenario electoral. Y ese cálculo lo está condicionando todo. Por eso esta historia ha comenzado mal y cada día que pasa es más difícil que termine bien.

Una Cierta Mirada
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