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Vicepresidente Iglesias: viaje al corazón del Estado
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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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Vicepresidente Iglesias: viaje al corazón del Estado

Iglesias sería el portavoz del Gobierno. El rostro que informa al país de las decisiones del Consejo de Ministros y la persona que fija públicamente la posición oficial en los asuntos importantes

Foto: Pablo Iglesias durante la rueda de prensa celebrada tras su reunión con Pedro Sánchez. (EFE)
Pablo Iglesias durante la rueda de prensa celebrada tras su reunión con Pedro Sánchez. (EFE)

Pablo Iglesias ha dejado claro que en un Gobierno de coalición entre el PSOE, Podemos e IU, a él le correspondería la vicepresidencia. Cuando toque hablar de sus competencias, sin duda será modesto: “Nada especial, tan sólo lo que tiene la vicepresidenta actual”. Parece lógico: Soraya Sáenz de Santamaría aporta capacidad de trabajo, solvencia y lealtad al presidente, pero Iglesias pone sobre la mesa 65 diputados sin los cuales ese Gobierno no podría nacer ni vivir. Puede que no pida más, pero no se conformará con menos.

Para saber de qué estamos hablando, les propongo que repasando los poderes y atribuciones que hoy tiene la vicepresidenta -y ministra de la Presidencia, no olviden ese “pequeño” detalle-, veamos lo que previsiblemente heredaría Pablo Iglesias en el caso de ver satisfecha su demanda. Vamos con ello:

Su primera función sería colaborar con el presidente en la dirección y coordinación del Gobierno. Puede dar una instrucción a cualquier ministro y se supone que debe ser cumplida.

El vicepresidente Iglesias ocuparía el lugar del presidente en sus ausencias -lo que incluye la cabecera del Consejo de Ministros-. La actividad internacional del presidente de un país como España es intensísima -aunque sólo sea por los constantes desplazamientos a reuniones europeas-, por lo que esa situación se produce con enorme frecuencia. No poseo los datos concretos, pero creo que no es exagerado calcular que durante la pasada legislatura Soraya Sáenz de Santamaría estuvo al frente del Ejecutivo cerca de cien días al año y presidió no menos de treintaConsejos de Ministros.

Además, sería el portavoz del Gobierno. El rostro que informa al país de las decisiones del Consejo de Ministros y la persona que fija públicamente la posición oficial en los asuntos importantes. Por su boca habla el Gobierno entero.

Iglesias presidiría la Comisión Delegada para Asuntos de Inteligencia. Poca cosa: ese es el lugar donde varios ministerios (Defensa, Interior, Exteriores, Economía) comparten la información “especial” de la que disponen y “coordinan todos los servicios de información e inteligencia del Estado para la formación de una comunidad de inteligencia” (ley 11/2002).

Iglesias tendría en sus manos todo el aparato de comunicación del Gobierno. De él dependería la Secretaría de Estado de Comunicación

Como además el CNI (Centro Nacional de Inteligencia) depende orgánicamente de su ministerio, pasaría por él todo lo que tiene que ver con los llamados “secretos de Estado”,lo que nos remite a cuestiones como la lucha contra el terrorismo internacional y el intercambio de información con los servicios de espionaje de todo el mundo (que suelen ser muy suspicaces en cuanto a la identidad política de quienes reciben y manejan esa información).

Presidiría también, entre otras, la Comisión Delegada de Política Científica y Tecnológica (una materia estratégica donde las haya). Y formaría parte de la de Asuntos Económicos y de la de Seguridad Nacional. En ambas sustituiría al presidente cuando no estuviera disponible.

Dirigiría semanalmente la Comisión de Subsecretarios, que es el órgano en el que se estudian y se filtran todos los asuntos que están en la agenda del Consejo de Ministros. Sólo puede llegar a la mesa del Consejo lo que tenga la luz verde de esa comisión, y quien maneja el semáforo es el vicepresidente.

Tendría en sus manos todo el aparato de comunicación del Gobierno. De él dependería la Secretaría de Estado de Comunicación, que mantiene las relaciones con los medios y da órdenes a los departamentos de prensa y comunicación de los ministerios (además de mantener la interlocución con los medios públicos, RTVE y Agencia EFE, para lo que sea menester). Y orienta y vigila la adjudicación de las campañas de publicidad institucional (un asunto no menor). En resumen, es la cocina de todos los mensajes gubernamentales hacia la opinión pública.

Coordinaría la actividad legislativa y parlamentaria del Gobierno a través de la Secretaría de Estado de Relaciones con las Cortes. Ello le habilitaría para decidir cómo y cuándo entran los proyectos de ley en la Cámara, negociar los debates con la Mesa y conducir las relaciones políticas del Gobierno con los grupos parlamentarios. Cuando hubiera algo importante que negociar en el Congreso o en el Senado, él sería el interlocutor obligado.

Mantendría la relación con los Delegados del Gobierno en las comunidades autónomas. Estos delegados tienen, entre otras, la función de dirigir a la Policía Nacional y a la Guardia Civil en su territorio, y son el enlace cotidiano entre el gobierno central y los autonómicos.

Tendría adscritos dos órganos de extraordinaria importancia política: el CIS, que además de las encuestas electorales realiza sistemáticamente estudios sobre la opinión pública y dispone de más y mejor información sociológica que nadie en España; y el CEPC (Centro de Estudios Políticos y Constitucionales), un laboratorio de ideas que será un instrumento esencial si se emprende la reforma de la Constitución.

Guerra fue un vicepresidente profuso pero difuso y Aznar y Zapatero optaron por varios vicepresidentes temáticos: preferían dispersar el poder de los demás

Por último, de él dependerían también el Patrimonio Nacional -lo que asegura contacto directo y permanente con la Casa Real- y el Boletín Oficial del Estado, que ordena el tráfico de la publicación y entrada en vigor de todas las disposiciones oficiales.

Todo esto y algunas cosas más es lo que hace Soraya Sáenz de Santamaría. Ante tamaña acumulación de poder en una sola persona, cabe preguntarse a qué se dedica el presidente del Gobierno. Si me permiten la humorada, parecería que su decisión más trascendente ha sido designar a la vicepresidenta.

No siempre fue así. Alfonso Guerra fue un vicepresidente profuso pero difuso: siempre se negó a concretar en un papel sus competencias para no autolimitarse, creía que no ser responsable de nada específico era la mejor forma de estar en todo. Aznar y Zapatero optaron por varios vicepresidentes temáticos: preferían dispersar el poder de los demás para reforzar el propio. Mariano Rajoy parece haber creado una nueva categoría para la ciencia política: el régimen vicepresidencialista. Y llegado el caso, pueden dar por seguro que Iglesias partirá del estatus actual y no aceptará un gramo menos de poder que el que tiene su predecesora. Sabe muy bien lo que está pidiendo.

Ante tamaña acumulación de poder en una sola persona, cabe preguntarse a qué se dedica el presidente del Gobierno

Pero hay una diferencia sustancial: esta vicepresidenta tiene en su mano resortes para condicionar al presidente -incluso para desestabilizarlo si se lo propusiera-. Pero a cambio el presidente siempre puede cesarla o recortar sus competencias: es una colaboración basada en la lealtad. En una coalición tal posibilidad no existiría en la práctica, porque cesar al vicepresidente supondría el final del Gobierno: sería una asociación entre competidores basada en la dependencia mutua. Soraya manda mucho, pero el suyo es un poder delegado. El de Iglesias sería un poder conquistado.

Hasta aquí, la realidad objetiva. Ahora imaginen al líder de Podemos sentado en ese sillón ante semejante cuadro de mandos y encajen este relato (¿de ficción?) en el género literario que le parezca más adecuado. Como dicen los argentinos, 'decíme' qué se siente.

Pablo Iglesias ha dejado claro que en un Gobierno de coalición entre el PSOE, Podemos e IU, a él le correspondería la vicepresidencia. Cuando toque hablar de sus competencias, sin duda será modesto: “Nada especial, tan sólo lo que tiene la vicepresidenta actual”. Parece lógico: Soraya Sáenz de Santamaría aporta capacidad de trabajo, solvencia y lealtad al presidente, pero Iglesias pone sobre la mesa 65 diputados sin los cuales ese Gobierno no podría nacer ni vivir. Puede que no pida más, pero no se conformará con menos.

Soraya Sáenz de Santamaría Mariano Rajoy Izquierda Unida