Entre los titiriteros y el apocalipsis

La brutal realidad golpea nuestra puerta, pero nosotros estamos absortos en la telenovela de enredo de la política partidaria, con un guion que parece escrito por algún enemigo del país

Foto: Fotografía de archivo de Albert Rivera, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, a su llegada al debate digital de noviembre. (EFE)
Fotografía de archivo de Albert Rivera, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, a su llegada al debate digital de noviembre. (EFE)

Maldita sea, ya está de vuelta la pesadilla de la crisis; y esta vez ni siquiera podemos echar la culpa a Zapatero, con lo fácil que era (habrá quien lo intente, ya lo verán).

La brutal realidad golpea nuestra puerta, pero nosotros estamos absortos en la telenovela de enredo de la política partidaria, con un guion que parece escrito por algún enemigo del país y unos actores de tercera que fingen estar negociando un Gobierno cuando en realidad están pendientes de que les quede bien la pajarita y ya tienen encargados los carteles de la campaña electoral.

La lectura de la prensa es pura esquizofrenia. Por una parte, el tonto vaivén de la política doméstica: el ruido de sables en el PP contra Rajoy, los equilibrios en el alambre de Pedro Sánchez, la dimensión estratégica de la vestimenta de los presuntos líderes, un apasionante culebrón judicial con una princesa en el banquillo y el honor de la patria por los suelos a causa de la actuación de unos titiriteros en Madrid.

Por otra, las cosas de comer. Pasas de los análisis políticos a los económicos y te avisan de que viene otra vez el apocalipsis. Que esta sacudida bursátil es solo el preludio de un nuevo terremoto recesivo y que esta vez los Draghis de turno no podrán sacarnos del apuro. Y que las primeras víctimas de ese seísmo serán los países más débiles, entre ellos la convaleciente España.

En la economía global, si te dejas una brasa encendida en algún lugar sensible del mundo, media hora más tarde está ardiendo el bosque entero. Y parece que hay no uno sino varios incendios incipientes en China, en Estados Unidos, en Brasil, en Rusia…y en Europa, claro, que sigue tullida y cojeando.

Es como si estuviéramos sufriendo un trastorno disociativo que nos impide conectar nuestro desempeño político con los desafíos del mundo real

Te enteras también que el cacareado crecimiento de 2015 no fue tal porque hay un PIB oficial y un PIB real, mucho más bajo. Que la “espectacular creación de empleo” de la que presume Rajoy ha sido una engañifa consistente en cambiar masivamente empleos estables y salarios dignos por empleos precarios y sueldos de miseria. Que lo que sí tenemos es una deuda descomunal y un déficit fuera de control por el que nos esperan una dura sanción europea y la exigencia de más recortes. Que todo ello nos deja indefensos ante la que se avecina, mientras los problemas importantes se van gangrenando semana a semana y un día descubriremos que volvimos a llegar tarde.

Miras lo que pasa en el mundo y tiemblas por la avalancha de populismos y nacionalismos que son el veneno político de este siglo como los totalitarismos comunistas y fascistas lo fueron del anterior.

La política española vive encapsulada en su mundo pequeño y mediocre, se abastece de su propia realidad y, en palabras de Machado, desprecia cuanto ignora -y parece que ha decidido ignorar casi todo lo importante-. Es como si en España estuviéramos sufriendo un trastorno disociativo que nos impide conectar nuestro desempeño político con los desafíos del mundo real. Y desde el 20-D, los dirigentes no actúan, solo se agitan; no negocian, se vigilan; no buscan soluciones, toman posiciones.

No se explica cómo se hace compatible el aumento masivo de gasto social con el criterio de no subir impuestos y mantener el equilibrio presupuestario

El documento presentado para la negociación por el candidato socialista ha sido aplaudido por la crítica. Tras casi dos meses de vacilar al personal, se agradece que alguien ponga por fin un papel sobre la mesa. Pero quien ha tenido que hacer unos cuantos de esos en su vida puede imaginar sin dificultad el encargo que recibieron sus redactores: “Os estudiáis los programas de Ciudadanos, de Podemos, de IU y del PNV. Todo lo que no sea disparatado, lo metéis; y todo lo que sea conflictivo, lo dejáis fuera”. Lo que ha salido es una melodía resultona y agradable para cualquier oído. No es extraño que todos hayan encontrado en él algo reconocible, para eso lo hicieron. No sirve para gobernar pero da el pego y justifica un par de editoriales favorables en la hoja parroquial.

Al incluir todo lo que no sea puro dislate, se juntan muchas cosas contradictorias entre sí. Por ejemplo, no se explica cómo se hace compatible el aumento masivo de gasto social (para aproximarse a IU y a Podemos) con el criterio de no subir impuestos y mantener el equilibrio presupuestario (para contentar a Ciudadanos).

Y al eludir lo conflictivo, se huye de muchas cosas importantes. Leyendo ese documento podría pensarse que este país no tiene ningún problema serio de carácter territorial ni está bajo la amenaza de una secesión, o que puede embarcarse en una reforma constitucional a gusto del cliente obviando que hay un partido (el PP) sin el que ni esa ni ninguna otra reforma de fondo pueden salir adelante.

Iglesias tiene razón: no puede ser lo mismo negociar un Gobierno con Podemos que hacerlo con Ciudadanos

Más de 1.300 palabras para describir con puntilloso detalle los cambios en los reglamentos del Congreso y del Senado, que al parecer es el gran problema de los españoles. Frente a eso, apenas 100 palabras vacuas para el terrorismo internacional y el problema de los refugiados; 13 palabras inanes sobre la reforma del Título VIII de la Constitución (organización territorial del Estado). Y no busquen en este texto de 53 páginas una mención a Cataluña porque no la encontrarán, no vaya a ser que se moleste alguna confluencia o se ponga en peligro alguna abstención estratégica de-las-que-no-deben-ser-nombradas.

Iglesias tiene razón: no puede ser lo mismo negociar un Gobierno con Podemos que hacerlo con Ciudadanos. La idea de España de Podemos y sus aliados es centrífuga (por no decir disolvente) y la de Ciudadanos es centrípeta (por no decir centralista). Ciudadanos es un partido neoliberal y Podemos tiene serios problemas con la economía de mercado. Respecto a Europa, Ciudadanos es claramente unionista y Podemos recela de la Unión Europea y alienta los nacionalismos disgregadores. Ciudadanos defiende la Constitución de 1978 y Podemos la denomina “el régimen”. Es cierto, hay que elegir. Y si no se elige, se engaña.

Si a un observador externo imparcial y sensato se le pintara la situación de España sin decirle de qué país se trata y se le pidiera un consejo, a buen seguro respondería: “Que formen inmediatamente un Gobierno de concentración, que firmen un pacto social lo más amplio posible y que el presidente de ese Gobierno se alquile un piso en Bruselas”. Pero como decía Abba Eban, la historia nos enseña que algunas personas y algunas naciones solo actúan sabiamente una vez que han agotado antes todas las demás posibilidades.

El caso es que yo tengo un reflejo pavloviano y cuando aparece la palabra 'desaceleración' me echo a temblar. Y pienso que si en la crisis de 2008 el que estaba al mando del garito no quiso darse por enterado hasta que el agua nos llegó al cuello, esta de 2016 nos va a pillar otra vez en bragas. Pero que siga la función -perdón, la negociación-.

Una Cierta Mirada

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