Demasiado programa para tan pequeña coalición

Cuando uno se presenta ante el Parlamento para pedir su confianza, necesita ofrecer un programa de gobierno que se sostenga y armar una mayoría que lo sostenga. Sánchez ha fracasado en lo segundo

Foto: Pedro Sánchez y Albert Rivera durante la firma del acuerdo, el pasado 24 de febrero. (EFE)
Pedro Sánchez y Albert Rivera durante la firma del acuerdo, el pasado 24 de febrero. (EFE)

Sí, el programa que han pactado el PSOE y Ciudadanos es amplio y ambicioso. Sí, está bien construido aunque la redacción no ganará el premio Cervantes (este tipo de documentos se llevan mal con la gramática y la sintaxis). Sí, es consistente y resiste el contacto con la realidad. Sí, en conjunto es reformista y progresista. Sí, contiene propuestas interesantes aunque también ausencias clamorosas. Sí, su dosis de concesiones demagógicas es relativamente baja para lo que se estila. En definitiva, es un buen y razonable programa. Sólo le falta una cosa: un gobierno que lo aplique. Y eso es lo que el PSOE y Ciudadanos no están en condiciones de ofrecer, eso es lo que Pedro Sánchez no podrá presentar el martes en el Congreso.

Cuando uno se presenta ante el Parlamento para pedir su confianza, necesita dos cosas: ofrecer un programa de gobierno que se sostenga y armar una mayoría sólida que lo sostenga. Pedro Sánchez ha conseguido tener lo primero -no sin dar antes muchos tumbos-, pero ha fracasado en lo segundo. Este programa sólo tendrá el apoyo de poco más de un tercio de la Cámara. Así que el mes que Sánchez pidió para gestionar su candidatura se salda con un aceptable texto programático y un pobre resultado político. Demasiado programa para tan pequeña coalición.

Probablemente no es esta la forma en la que el líder socialista esperaba llegar a la investidura. Este acuerdo es más el producto de un estado de necesidad que de una estrategia política madurada. A una semana de la investidura, Sánchez se asomaba al abismo de presentarse ante el Congreso con las manos vacías y el único apoyo de sus 89 diputados, así que se aferró a la única mano a su alrededor que no era una garra, la que le tendía Albert Rivera.

Sánchez se asomaba al abismo de ir al Congreso con las manos vacías, así que se aferró a la única mano a su alrededor que no era una garra, la de Albert Rivera

Todo indica que lo que Sánchez tenía en la cabeza cuando el Rey lo nominó era algo así como un pacto ecuménico de todos contra uno: aglutinar en torno a su persona a todas las fuerzas políticas del país con la única excepción del PP. Mejor dicho, sumar a todos precisamente para excluir al PP. Ha estado alimentando esa fantasía desde la noche del 20-D.

La pretensión se sustentaba en dos premisas erróneas. La primera, suponer que se pueden meter en el mismo proyecto cosas tan dispares como el liberalismo de C’s, la socialdemocracia del PSOE, el populismo radical de Podemos y -subrepticiamente- el independentismo rupturista de ERC y CDC. Lo peor es que Sánchez ha tratado todos esos flancos negociadores como si fueran intercambiables: por la mañana negocio el contrato único con Garicano y por la tarde discuto un “programa Tsipras” con Podemos, incluido el ministerio de la Plurinacionalidad. Por momentos recordaba lo de Groucho Marx: estos son mis principios, si no le gustan tengo otros. Pero en cuanto aparecieron los papeles (tardaron casi dos meses), se hizo evidente que el pacto ecuménico no era un plan, era una ensoñación o simplemente, un engaño. Fue Iglesias quien lo señaló y quien, de forma tan abrupta como coherente, pinchó el globo.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias durante la reunión que mantuvieron el pasado 5 de febrero. (EFE)
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias durante la reunión que mantuvieron el pasado 5 de febrero. (EFE)

La segunda premisa errónea es pretender que se puede transformar la arquitectura institucional del país dejando fuera al partido que tiene la primera minoría del Congreso, la mayoría absoluta del Senado y que, más allá de su mal momento electoral, representa históricamente -como el PSOE- a una enorme porción de la sociedad española. Una cosa es corregir las muchas decisiones equivocadas e injustas del Gobierno anterior y otra convertir la exclusión del PP en la razón de ser de un proyecto político. En este caso, fue Rivera quien desde el primer momento advirtió de la inviabilidad de tal planteamiento.

Y como no es posible caminar a la vez por dos sendas divergentes, finalmente te encuentras enfilado en una de ellas sin saber muy bien por qué. Al firmar solemnemente ese acuerdo con Ciudadanos y presentarse ante el Congreso con ese programa, el dirigente socialista ha terminado aceptando implícitamente que la única vía transitable para formar un gobierno con este Parlamento es la que pasa por el entendimiento entre el centro-derecha y el centro-izquierda. Y ya no tiene marcha atrás: todo lo que le queda es seguir avanzando en esa dirección, hasta donde le lleve.

Hay que dar por descartadas la "fórmula Rajoy" -una gran coalición PP-PSOE-C’s presidida por él- y el pacto de las izquierdas con la ayuda de los independentistas

Pensar que al día siguiente de su investidura fallida el juego comenzará desde cero y Sánchez podrá abrir de nuevo el abanico de negociaciones cruzadas para pactar cualquier cosa con cualquier interlocutor sería un tercer engaño con consecuencias fatales. Tras haber defendido ante el Congreso un programa económico como este -pura ortodoxia bruselense-, ya no es posible sentarse a negociar el programa opuesto. Tras comprometerse ante la Cámara a bloquear cualquier referéndum de autodeterminación, ya no se pueden explorar las vías para dar paso a ese referéndum. El programa que Pedro Sánchez va a presentar el martes compromete su voluntad política y la de su partido: puede admitir enmiendas, pero ya no cabe olvidarse de él. Tendrá que defenderlo hasta el final, incluso en las elecciones. La elasticidad política tiene un límite, incluso para Sánchez.

¿Qué va a pasar a partir del día 5? Creo que hay que dar por descartadas la “fórmula Rajoy” -una gran coalición PP-PSOE-C’s presidida por él- y también el pacto de todas las izquierdas con la ayuda de los independentistas. Rajoy no será presidente con este Parlamento y el camino de Lisboa ha quedado cerrado.

Sólo hay una posibilidad de que estos próximos dos meses de negociaciones frenéticas alumbren un gobierno: que partiendo del acuerdo PSOE-C’s, uno de los dos partidos del Frente del no, PP o Podemos, modifique su posición y levante el veto.

El problema es el siguiente: Podemos no puede participar en una negociación asociada a este programa. Y el PP, que sí podría hacerlo, no aceptará avalar ningún gobierno que esté presidido por Pedro Sánchez. Si para Iglesias el programa es un obstáculo insalvable, para Rajoy lo es la candidatura de Sánchez.

Podemos no puede participar en una negociación asociada a este programa. Y el PP no aceptará avalar ningún gobierno que esté presidido por Sánchez

Llegados a este punto, creo que sólo quedan dos hipótesis verosímiles:

O bien se encuentra entre el PSOE, C’s y el PP una fórmula de gobierno que, pivotando sobre este acuerdo, no prejuzgue ni las diversas modalidades de participación en ella ni la candidatura presidencial alternativa que pueda merecer la confianza de unos y otros;

O bien no ocurre tal cosa y el 26 de junio estaremos votando de nuevo.

Y ¿qué moraleja podemos extraer de todo esto? Que cuando tienes una estrategia, tus decisiones tácticas se ajustan a ella y todo resulta coherente; pero cuando no la tienes y lo que haces es avanzar a golpe de saltos tácticos para salvar cada obstáculo sin medir el siguiente, finalmente es la táctica la que termina construyéndote la estrategia. Y entonces puede pasarte lo que a Macbeth: “He ido tan lejos en el lago de la sangre que, si no avanzara más, el retroceder sería tan dañino como el ganar la otra orilla”.

Una Cierta Mirada

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