El sillón que realmente quiere Pablo Iglesias
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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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El sillón que realmente quiere Pablo Iglesias

El sillón que busca es aquel al que todos miran en los grandes debates al finalizar el discurso del jefe del Gobierno. El lugar que corresponde a quien representa la alternativa de poder

Foto: Un visitante realiza una fotografía a la portada de 'Ganar o morir. Lecciones políticas en juego de tronos', coordinado por Pablo Iglesias. (EFE)
Un visitante realiza una fotografía a la portada de 'Ganar o morir. Lecciones políticas en juego de tronos', coordinado por Pablo Iglesias. (EFE)

Confundió a todos fingiendo que aspiraba al sillón de la vicepresidencia del Gobierno cuando no tenía la intención de dar la presidencia a Pedro Sánchez. Ahora alimenta la ilusión de quienes quisieran verlo en el sillón de Presidente, aunque él sabe muy bien que no tendrá los votos del Partido Socialista para serlo. Ni siquiera los desea, prefiere mil veces que se los nieguen y paguen por ello.

No, el sillón que quiere ocupar Pablo Iglesias tras el 26-J es otro. Todos los españoles tenemos fijada en nuestra memoria visual la imagen del hemiciclo del Congreso con dos referencias fijas: cuando gobiernan los socialistas, enfrente hay alguien del PP. Y cuando gobierna el PP, quien encabeza la primera fila de los escaños rojos es un socialista. Así viene siendo desde hace 35 años.

El sillón que busca Iglesias para esta legislatura es aquel en el que se sentaron Felipe González, Almunia, Zapatero, Rubalcaba y Pedro Sánchez. El sillón al que todos miran en los grandes debates al finalizar el discurso del jefe del Gobierno (y tras el intercambio entre ambos, el hemiciclo se vacía). El lugar que corresponde a quien representa la alternativa de poder.

Necesita que la retina de los españoles se acostumbre a verlo sentado en ese sillón que nunca ocupó nadie que no fuera del PSOE o PP

Para eso necesita Iglesias el 'sorpasso'. Es un eslabón necesario en su bien elaborada estrategia de acceso al poder. Necesita que la retina de los españoles se acostumbre a verlo sentado en ese sillón que nunca ocupó nadie que no fuera del PSOE o del PP; y que nos acostumbremos también a ver a los diputados socialistas desperdigados por algún lugar de la zona central del hemiciclo (no lo hará por falta de mayoría en la mesa, pero seguro que disfrutaría devolviendo la jugadita de Hernando: el tercer partido, al gallinero).

¿Por qué creo que a Iglesias le interesa más ahora la cabecera de los bancos rojos de la oposición que la del banco azul del Gobierno? En primer lugar, por realismo: la primera la tiene en la punta de los dedos y la segunda no está a su alcance. Pero hay más razones:

Pablo Iglesias tiene que ordenar y tripular una coalición de 16 partidos en la que hay varias formaciones nacionalistas comprometidas con el llamado “derecho a decidir”. En cuanto comiencen la tensiones territoriales y los tirones desde Cataluña, quien esté en la Moncloa tendrá que tomar las decisiones propias del cargo. Por ejemplo, recurrir ante un Tribunal Constitucional de mayoría claramente unionista todo aquello que no se ajuste a la ley. Y por cumplir la ley, puede desordenarse irreparablemente su grey.

Tendría que compartir el ejecutivo con el PSOE, al que le sobra gente que conoce los pasillos las cañerías del Estado mejor que su casa. Demasiada desventaja

Podemos carece de momento de dirigentes con experiencia de gobierno. Tendría que compartir el ejecutivo con un partido, el PSOE, al que le sobra gente que conoce los pasillos de la administración y las cañerías del Estado mejor que su casa. A los socialistas cada vez les cuesta más llenar polideportivos, pero tienen personal de sobra para llenar comisiones de subsecretarios, comisiones delegadas, grupos interministeriales y lo que haga falta. Se saben de memoria hasta el último recoveco de los presupuestos. Vaya, que entrarían en los ministerios saludando a los ujieres por su nombre. Demasiada desventaja para dirigir un gobierno en el día a día.

El presidente Iglesias ni siquiera podría contar con la lealtad de su socio de gobierno. No es como gobernar con un partido acostumbrado o resignado a ser complementario. El único propósito de un PSOE herido y traumatizado por la derrota sería recuperar cuanto antes su estatus político perdido, y eso casa mal con una colaboración fiable. No sería un verdadero gobierno de coalición, sino dos gobiernos paralelos compitiendo entre sí.

Por supuesto, que no espere nada de la oposición salvo cañonazos. El PP utilizaría a fondo su minoría mayoritaria en el Congreso y su mayoría absoluta en el Senado para cerrar el paso a cualquier reforma importante. Ni hablar de reforma constitucional, ni de cambios en el sistema electoral, ni de medidas acordadas de regeneración democrática… Poner a Iglesias en la Moncloa equivale a renunciar a todo lo que requiera consenso político o mayorías cualificadas. Un gobierno pretendidamente transformador pero impotente para transformar nada sustancial y en constante frustración. Y el espacio político convertido en un campo de batalla.

¿Quiere Iglesias gobernar? Claro que quiere, todo su plan está orientado a ello. Pero no tiene prisa. Quiere hacer lo de Syriza como ellos lo hicieron, en dos fases

Y luego está lo que le espera en Bruselas: una Comisión Europea y un conjunto de gobiernos hostiles, dispuestos a evitar que se contagie el “efecto Podemos” y a disciplinar al nuevo gobierno de España sin la menor compasión. ¿60.000 millones de aumento del gasto público? No hombre, al revés: vaya buscando los más de 10.000 millones que va a tener que recortar, y prepárese para el multazo que le va a caer por el incumplimiento del compromiso de déficit de su antecesor. El tercer grado que aplicaron a Tsipras hasta que lo domesticaron será una caricia comparado con el tratamiento que recibiría el flamante presidente podemita. Todo ello ante la mirada cómplice de su propio socio de gobierno, eso, que se entere éste de lo dura que es la vida del gobernante.

¿Quiere Iglesias gobernar? Claro que quiere, todo su plan está orientado a ello desde el principio. Pero no tiene prisa. Quiere hacer lo de Syriza pero como ellos lo hicieron, en dos fases, y nada de coaligarse con el PASOK, al menos mientras le quede un gramo de fuerza para resucitar.

Primero, el 'sorpasso'. Después de las elecciones, máxima presión a los socialistas para que se desmigajen por dentro en la encrucijada imposible entre entregar el poder a Podemos o al PP (presión a la que coadyuvarán las bolsas, los mercados, la troika y los cebrianes). Luego, un par de añitos como única oposición al previsible gobierno del centro derecha, sin olvidarse de abrumar a lo que quede del PSOE con el reproche permanente de que tal gobierno existe por su culpa. Y solo queda esperar que el ciclo político natural le traiga el poder sin la hipoteca de tener que repartirlo por mitades con un rival que hoy por hoy, aun vencido es demasiado poderoso.

Como escribí hace unos días en este blog, todo puede estar en un escaño. Imaginen un 85-84, con el PSOE por delante. Resultado más probable: gobierno de coalición de la izquierda con Pedro Sánchez como Presidente. Lo que necesita el socialista para seguir vivo. Ahora imaginen un 84-85. Resultado más probable: gobierno de centro derecha sin Rajoy, con la forzada abstención de un PSOE sin Sánchez y con Pablo Iglesias instalado en ese escaño rojo, frente a la cabecera del banco azul, por el que han pasado antes todos los que llegaron a la Moncloa por las urnas. Ese es el sillón que realmente desea para esta etapa de su viaje político hacia el poder.