Euskadi después de ETA: 'operación olvido' para unas elecciones sin drama

Esta sociedad da una lección de democracia avanzada después de cinco décadas en las que estuvo enferma de locura homicida. Todos los demás nos hemos vuelto chavetas

Foto: Ciclo de cine Eraikiz (Construyendo), promovido por todos los partidos en el castigado pueblo de Errentería. (EFE)
Ciclo de cine "Eraikiz (Construyendo)", promovido por todos los partidos en el castigado pueblo de Errentería. (EFE)

Poco antes del verano, Iñigo Urkullu predijo, medio en serio y medio en broma, que a este paso el País Vasco elegiría lendakari antes de que España eligiera al presidente de su Gobierno. Pues va camino de tener razón.

Durante décadas, todo lo que venía de Euskadi era un problema para España. Hoy muchos políticos y no pocos líderes de opinión alimentan la ilusión de que el 25 de septiembre, del País Vasco vendrá la solución al gigantesco putiferio de la política española. Unos (PP), por si les caen de allí los votos peneuvistas que necesitan para ganar la investidura, aunque sea por los pelos y mediante un dudoso intercambio de apoyos. Los otros (PSOE), por si esos mismos votos les permiten librarse del marrón de tener que decidir.

Ni el bloqueo español determinará el voto de los vascos ni el voto de estos desenredará el embrollo político en que estamos metidos

Es una de esas convicciones que crean evidencias, como diría Proust. Bastante tienen los vascos con seguir mejorando su país y solucionando razonablemente sus problemas –lo que es decir muchísimo viniendo de donde vienen– como para esperar que, además, suministren la poción mágica que saque a España de su postración política. Estas elecciones no van de eso. Ni el bloqueo español determinará el voto de los vasco, ni el voto de estos desenredará el embrollo en que estamos metidos.

Ello no quita trascendencia a estas elecciones vascas, las primeras que se celebran ya plenamente en la Euskadi post-ETA (en 2012 habían transcurrido solo 12 meses desde la rendición de la banda y todas las heridas estaban aún abiertas). Puede decirse que estas son las primeras elecciones democráticamente normales del País Vasco desde aquellas de 1980 (93 asesinatos en aquel año).

Creo que hay tres elementos que explican mejor que ningún otro el significado de estas elecciones:

La pulsión del olvido

El primero y más importante, ya lo he mencionado, es la desaparición de la violencia terrorista de la vida cotidiana de los vascos. Durante cinco décadas, cualquier persona sabía que si un vecino o un compañero de trabajo soplaba su nombre en el oído adecuado, podía encontrarse cualquier mañana con la visita del hombre del tiro en la nuca o con la bomba debajo de su coche. Sabía que un comentario imprudente en la barra de un bar podía costarle la vida. Sabía que si era empresario le tocaba pagar a la mafia y si era un ciudadano corriente le tocaba callar y no mirar. Y a la hora de votar, más valía salir de casa con la papeleta en el bolsillo y el sobre ya cerrado si no quería entrar en alguna lista fatídica.

Cartel en la Parte Vieja de San Sebastián en 2010, dentro de las protestas por la muerte del etarra Jon Anza. (EFE)
Cartel en la Parte Vieja de San Sebastián en 2010, dentro de las protestas por la muerte del etarra Jon Anza. (EFE)

Cincuenta años de tortura a toda una sociedad y apenas cinco para un olvido fulminante. José María Ruiz Soroa ha descrito magistralmente lo que él llama “la reconversión de la política vasca”. “La pulsión dominante en la sociedad vasca”, escribe, “es la de pasar página en el asunto de la violencia terrorista etarra. Fundamentalmente porque tiene una enorme mala conciencia en torno a ese asunto y su recuerdo no hace sino agitar oscuros sentimientos de vergüenza retrospectiva”.

Sí, Euskadi se ha propuesto olvidar, y lo está haciendo a toda velocidad. Sigue diciendo Ruiz Soroa: “La política en el País Vasco se ha vuelto acusadamente posheroica (…) ha emprendido una senda pragmatista en la que las antiguas verdades impuestas o defendidas mediante la muerte pierden su sentido y son sustituidas por políticas nacionalistas gradualistas de baja intensidad”.

Ruiz Soroa compara esta pulsión de olvido con la que siguió a la guerra de Secesión norteamericana, pero también podríamos asimilarla a lo que sucedió en la Alemania posnazi. Allí, como en Euskadi, era muy difícil que una familia no tuviera dentro de sí a un verdugo o a una víctima. Era el olvido a toda costa o el rencor eterno.

“La política en el País Vasco se ha vuelto acusadamente posheroica (…) las antiguas verdades defendidas mediante la muerte pierden su sentido"

En términos políticos, esto significa que todo aquello que introduzca dosis de recuerdo en el debate público provoca malestar y rechazo. Sí, se sabe que quedan flecos por resolver: ETA no se ha disuelto formalmente ni ha entregado las armas, aún quedan presos en cárceles alejadas y centenares de familiares de víctimas no han recibido el desagravio que merecen. Pero nada de eso frenará la firme determinación social de expulsar de la vida pública (y de las conciencias privadas) ese pasado.

Definitivamente, el terrorismo ha dejado de ser un elemento central de la política vasca. En las encuestas del CIS inmediatamente anteriores a cada elección se pregunta a los ciudadanos por los asuntos que más les preocupan. Agrupemos la mención directa al terrorismo de ETA con otras conexas (el fin de la violencia, la violencia callejera, la división entre los vascos, la crispación) y observemos este retrato vertiginoso del olvido:

Ciudadanos vascos preocupados por el terrorismo de ETA
200195%
200558%
200930%
201212%
20163%

No es buen negocio electoral seguir agitando los rescoldos de aquella hoguera, ni por un lado ni por el otro. Dicen que el revuelo sobre la candidatura de Otegi beneficiará a Bildu. Puede que les dé protagonismo mediático en la campaña, y ya sabemos que en las elecciones autonómicas los grupos nacionalistas tienden a crecer. Pero a medio plazo mantener ese liderazgo, como mantener rituales y simbologías que recuerden lo que nadie quiere revivir, será un lastre insoportable para Bildu. Arnaldo Otegi: el terrorista que ayudó a que se terminara el terrorismo. Da igual por donde lo tomen, por un lado y por el otro apesta a pasado.

Algo parecido puede decirse de quienes siguen enganchados a la reivindicación de las víctimas, a las exigencias de desarme inmediato de ETA o al alejamiento de los presos. Admito que es injusto, pero cuando se quiere borrar la pesadilla de la memoria es que quiere olvidarse por completo, no solo una parte.

Una sociedad próspera

El País Vasco es hoy una región rica. No solo en términos españoles, sino europeos. Sufrió la crisis como todos, pero menos que la mayoría. Disfruta de los niveles de bienestar más altos de España. Sus servicios públicos esenciales funcionan con eficiencia muy superior a la de cualquier otra comunidad autónoma. Tiene, sin duda, uno de los mejores sistemas sanitarios públicos de Europa. Su ratio de calidad en la enseñanza es de 8,7 frente al 5,0 español. Cuenta con un sistema generoso de rentas mínimas y prestaciones que superan al salario mínimo. Y por si fuera poco, su Administración Pública es reconocidamente eficiente y no ha sufrido hasta ahora, que se sepa, la plaga de la corrupción.

Arnaldo Otegui: el terrorista que ayudó a que se terminara el terrorismo. Da igual por donde lo tomen, por un lado y por el otro apesta a pasado

Es cierto que todo ello tiene que ver con su privilegiado sistema de financiación; pero como señala Ruiz Soroa, “la causa es opaca, lo que cuenta es la realidad”.

La realidad vasca de hoy es toda una invitación a abandonar las vías rupturistas y apoyar las políticas incrementalistas del bienestar. Se mantiene, eso sí, un discurso identitario y nacionalista políticamente correcto, centrado en la idea de un “derecho a decidir” que tampoco es para mañana por la mañana; pero la motivación social para emprender aventuras secesionistas es francamente escasa.

Una arquitectura institucional para la gobernación

El País Vasco funciona internamente como una especia de confederación. Sus tres provincias, llamadas “territorios históricos”, poseen más competencias que muchas de las comunidades autónomas españolas. Y sus Diputaciones Forales poseen más poder que el propio Gobierno vasco. De hecho, son ellas quienes controlan la Hacienda vasca (les corresponde “la exacción, gestión liquidación, recaudación e inspección de todos los impuestos”). Ellas controlan los recursos y contribuyen a los gastos del Gobierno vasco.

Por esa misma concepción confederal, resulta que en las elecciones autonómicas las tres provincias eligen al mismo número de diputados: 25. Lo que sobrerrepresenta claramente a Álava en perjuicio de las otras dos, especialmente Vizcaya, mucho más poblada. Si se aplicara el mismo sistema de distribución de escaños por provincias que rige en España, Álava tendría 15 diputados, Guipúzcoa 25 y Vizcaya 35. Ello beneficia sobre todo al PP (cuya plaza fuerte es precisamente Álava) y perjudica al PNV, partido bizkaitarra donde los haya.

El leendakari y candidato del PNV a la reelección, Iñigo Urkullu. (EFE)
El leendakari y candidato del PNV a la reelección, Iñigo Urkullu. (EFE)

Se está especulando demasiado con los apoyos que necesitará Urkullu para ser elegido: si necesita al PP, se dice, tendrá que apoyar a Rajoy en Madrid. El caso es que no necesitará ni al PP ni a nadie, porque el sistema de elección del lendakari es distinto del que rige en el Congreso de los Diputados. Allí no se vota sí o no al candidato oficial. Cada partido presenta a su propio candidato. Si uno obtiene mayoría absoluta a la primera, asunto resuelto. Y si no, en la segunda votación gana el que más votos tenga… y asunto resuelto.

Para que Urkullu no sea elegido tendría que haber un candidato con más votos que él. ¿De qué acuerdo político saldría ese candidato? De ninguno que se vea viable. Con la estimación del CIS, la única posibilidad de superar a los escaños del PNV sería que Podemos y Bildu pactaran un candidato común. Y en ese caso (no creo que Iglesias se meta en ese jardín), obligados a elegir entre Urkullu y el hipotético candidato de Bildu-Podemos, no duden de que el PSE –y probablemente el PP– sabrán muy bien lo que han de hacer –y lo harían a cambio de nada–.

No hay posibilidad de bloqueo. En la pasada legislatura, Urkullu fue elegido con los únicos votos del PNV: 27, los mismos que ahora le da el CIS en su encuesta.

Se apoyará fundamentalmente en el PSE como lleva cuatro años haciendo pero, si es preciso, puede también contar con el PP, con Podemos y Bildu

Otra cosa es gobernar en el día a día. Y para eso, el PNV está en una situación cómoda para practicar alianzas variables. Se apoyará fundamentalmente en el PSE como lleva cuatro años haciendo pero, si es preciso, puede también, según los temas, contar con el PP, con Podemos e incluso con Bildu.

Así que quienes esperan ver al PNV en una situación desesperada que le obligue a regalar la investidura a Rajoy, o engañan o se engañan.

La situación de los partidos

El PNV ha entendido a la perfección la realidad de la Euskadi post-ETA y ha elegido el camino sabio. Sin abandonar el discurso nacionalista tradicional, se ha convertido en un partido volcado en la gestión. Ha dado prioridad absoluta a la economía, las ayudas sociales y la excelencia de los servicios públicos. Carece de conflictos internos visibles: la bicefalia entre el jefe del partido, Andoni Ortuzar, y el lendakari funciona como un reloj.

Cuando perdieron el gobierno a manos del PSE, mantuvieron la calma. Hicieron una oposición moderada, colaboraron lealmente en la operación de acabar con ETA –cosa que no hizo el PP– y esperaron a que el poder regresara a sus manos de forma natural. Ello les ha servido, entre otras cosas, para mantener bien engrasada su relación con los socialistas. El PNV ha aprendido que le va mejor con la transversalidad que con el frentismo.

Patxi López, expresidente del Gobierno Vasco entre 2009 y 2012. (EFE)
Patxi López, expresidente del Gobierno Vasco entre 2009 y 2012. (EFE)

El PSE es la fuerza política declinante en el País Vasco. Además de compartir la decadencia del PSOE en toda España, tuvo la desgracia de que le tocó gobernar en lo peor de la recesión; y además, lo hizo apoyándose en el PP. Cuando uno se lanza a formar un gobierno sin haber ganado las elecciones y con pactos difíciles de explicar, más le vale triunfar por todo lo alto o pagará una factura desorbitada. Quizá sea el momento de que los socialistas españoles hagan hoy esa reflexión.

Bildu está en la mitad del camino entre seguir apareciendo como el antiguo brazo político de ETA y convertirse en un partido institucional integrado en la democracia. Cuanto más tarde en consumar ese tránsito, más facilidades tendrá Podemos para que comerse todo su espacio electoral. Por eso creo que, más allá del rédito inmediato que le reporte en esta campaña el victimario de Otegi, su reaparición al frente de la formación 'abertzale' es un retroceso. A Gerry Adams y al Sinn Feinn no les ha aparecido un Podemos.

Cuando uno se lanza a formar un gobierno sin haber ganado las elecciones y con pactos difíciles de explicar, más le vale triunfar o pagará una alta factura

La gran ventaja diferencial de Podemos tiene que ver con lo que hemos llamado “la pulsión del olvido”. Ellos no estaban allí durante la carnicería etarra. No hay en sus filas verdugos a los que rehabilitar ni víctimas a las que exaltar. Es el nuevo invitado, y la previsible composición del parlamento vasco le abre un mundo de posibilidades: puede colaborar con el PNV en la defensa del “derecho a decidir”, puede sumar fuerzas con el PSE en las cuestiones sociales y puede hacer de puente con Bildu mientras sigue atrayendo a sus votantes.

En cuanto al PP, tiene el mérito de haber comprendido el “hecho diferencial” del País Vasco sin cometer la torpeza riveriana de poner en cuestión los sagrados conciertos forales. Su candidato es recordado como un excelente alcalde de Vitoria. Solo le falta permitir que el olvido haga su trabajo y dejar de atizar los rescoldos. Ya sé que hay injusticia en esto, pero lo cierto es que la sociedad vasca quiere olvidar para siempre que durante 50 años Euskadi no fue tierra de ciudadanos libres, sino de verdugos y de víctimas.

Por fin, una elección madura y sin drama

Con lo que estamos viendo en España, da gusto asistir a una elección y a una campaña homologable a la de cualquier país europeo normal. Con la gobernabilidad asegurada, sin miedo a los bloqueos; con varias líneas abiertas de negociación y de acuerdos, sin apenas líneas rojas y sin que a nadie lo llamen traidor por hablar con otros; con un abanico de partidos diverso y representativo de todos los espacios de la sociedad vasca, tanto en el eje izquierda-derecha como en el eje nacionalismos-no nacionalismo; con un debate centrado en la economía, en los servicios públicos y en las cuestiones que afectan al bienestar de los ciudadanos. Y por fin, sin el drama de levantarse cada mañana preguntándose a quién asesinarán hoy.

Que esta lección de democracia avanzada provenga de una sociedad que durante cinco décadas estuvo enferma de locura homicida y fue un cáncer para la convivencia, da que pensar. Especialmente cuando ahora todos los demás nos hemos vuelto chavetas.  

Una Cierta Mirada
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