Trump y la Internacional Populista, una amenaza para la democracia

Trump no es Hitler. Pero tampoco es Reagan ni Bush, sino alguien mucho más peligroso. Aquellos eran conservadores y este es un populista reaccionario.

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 “El fascismo no es nuestro futuro: no puede serlo, no podemos permitir que lo sea. Pero ciertamente esta es la forma en que el fascismo puede empezar”

David Remnick, 'The New Yorker'

Donald Trump no abolirá la Constitución de los Estados Unidos. No prenderá fuego al Capitolio para justificar un golpe de Estado. No invadirá países extranjeros (aunque sí quiere levantar muros en las fronteras, otro recuerdo siniestro). No montará crematorios para los negros ni ordenará ejecutar a sus oponentes políticos. Trump no es Hitler. Pero tampoco es Reagan ni Bush, sino alguien mucho más peligroso.

La diferencia la ha explicado magistralmente Anne Appelbaum en 'The Washington Post': aquellos eran conservadores y este es un populista reaccionario.

Los conservadores buscan preservar el orden establecido, desconfían de los cambios y defienden las instituciones y los valores tradicionales. Por el contrario, el populismo reaccionario no quiere conservar el orden existente, sino ponerlo patas arriba.

Su lenguaje cambia en cada país, pero comparten la xenofobia, la reconstrucción de las barreras proteccionistas en la economía, la involución en la igualdad entre mujeres y hombres y en los derechos de las minorías, la pulsión nacionalista y el debilitamiento de las instituciones internacionales; amparan la violencia y defienden el uso de las armas; combaten la libertad sexual, la integración racial, la tolerancia religiosa; y desprecian los derechos humanos como fundamento de la convivencia.

Todo esto es Trump, pero también los que han jaleado su triunfo. Dentro de Estados Unidos, el Ku Klux Klan y la poderosísima NRA (Asociación Nacional del Rifle); en Europa, el Frente Nacional de Le Pen, el UKIP británico, la Alternativa para Alemania, el Partido de la Libertad austríaco y su homónimo holandés, los neonazis griegos que gobiernan en coalición con Syriza y los gobernantes ultranacionalistas y xenófobos de Hungría y de Polonia. Y por supuesto, Vladimir Putin, socio patrocinador de todos ellos.

Hay un gran debate en el mundo sobre las consecuencias prácticas que tendrá la presidencia de Donald Trump. Pero nadie espera que con él en la Casa Blanca vayan a fortalecerse la libertad, la democracia y los derechos humanos. Por el contrario, se asume que esas causas retrocederán peligrosamente.

No sólo se mantendrá la salvaje pena de muerte, sino que muy probablemente al final de su mandato comprobaremos un aumento importante en el número de ejecuciones.

Se potenciará la posesión indiscriminada de armas de fuego y comprobaremos también un incremento de las muertes violentas impunes.

Aumentarán los episodios de discriminación racial en todos los ámbitos de la sociedad. Retrocederán los derechos de las mujeres, empezando por la libre disposición de su cuerpo. Lo pasarán mal los inmigrantes, especialmente si su tez es oscura, así como los homosexuales. Se amparará la intolerancia y será necesario salir a la calle para defender de nuevo la libertad.

Ni siquiera funcionará el famoso sistema norteamericano de “checks and balances” que garantiza la mutua vigilancia entre los poderes. Además del Gobierno, Trump dispondrá de mayoría en las dos Cámaras del Congreso y podrá designar a tres o cuatro de los nueve miembros del Tribunal Supremo, que es la institución clave en lo que se refiere a los derechos y libertades. Así que tendrá bajo su control al poder ejecutivo, al legislativo y al judicial.

Trump no cerrará el 'New York Times' ni el 'Washington Post'. Pero esos y todos los demás medios disidentes ya saben que vienen malos tiempos para ellos y, en general, para la sacrosanta libertad de expresión en Estados Unidos.

Las campañas electorales se contaminarán aún más por la ilimitada posibilidad de financiarlas privadamente por parte de grandes fortunas o de grandes corporaciones. No esperen de Trump un recorte a eso, que fue una de las frustradas obsesiones de Obama.

Qué decir de los derechos sociales. El Obamacare, la reforma que dio protección sanitaria a más de 50 millones de personas que carecían de ella, será desmantelada sin contemplaciones. Sólo en los estados gobernados por los demócratas quedará algún rastro de los tímidos programas de protección social iniciados en el período anterior. Un efecto colateral del triunfo de Trump es que el sector moderado e institucional del Partido Republicano se bate en retirada frente a la facción más sectaria y extremista.

En el ámbito internacional ya no veremos a los Estados Unidos comprometiéndose con la defensa de la libertad y de los derechos humanos, ni abogando por la cooperación al desarrollo de los países más pobres, ni contribuyendo a solucionar el problema de los refugiados.

Los Estados Unidos de 2016 no tienen nada que ver con la Europa de la década de 1930 ni la historia va a repetirse (nunca lo hace). Sin embargo, en estos días es imposible no evocar las circunstancias que entonces favorecieron la oleada de totalitarismos de base popular:

Una crisis brutal que arrasó el orden económico mundial, machacó a la clase obrera y destruyó la confianza de las clases medias en la democracia. Así emergieron las fuerzas populistas, unas reaccionarias y otras pretendidamente revolucionarias pero todas ellas poseídas por una pulsión autoritaria y dispuestas a reventar desde dentro el sistema democrático.

Clinton ha perdido la presidencia precisamente en los Estados en los que Sanders ganó las primarias, con gran densidad de trabajadores de industrias en decadencia.

Esa misma clase obrera, que antaño votó a la izquierda, fue la que hizo ganar al Brexit. La que en Francia está impulsando a Le Pen. La que infla las velas del populismo xenófobo de extrema derecha en Alemania, en Austria, en Holanda y en todo el norte de Europa (por no hablar de las excolonias soviéticas).

Les mueve el sentimiento de abandono de sus partidos de referencia de la izquierda tradicional. El miedo a la invasión de extranjeros, a los que ven como competidores en medio de la escasez. Y la añoranza del viejo orden de la industria nacional frente a la economía de la tecnología globalizada. Sienten pánico ante un futuro que ya es presente.

Sobre ese caballo galopa la Internacional Populista con su nuevo líder al frente, nada menos que el presidente de los Estados Unidos. Y a cada tranco que dan, la democracia retrocede un paso. Así que tiene razón David Remnick: esto no es aún el fascismo, pero así es como empieza.  

Una Cierta Mirada
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