La sigilosa transformación del Partido Popular
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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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La sigilosa transformación del Partido Popular

Rajoy entrega el partido a un grupo de dirigentes jóvenes (a los que excluyó del Gobierno), con la tarea de despojar para siempre al PP del doble estigma de partido corrupto y facha

placeholder Foto: Mariano Rajoy y Angela Merkel durante la rueda de prensa en Berlin. (Reuters)
Mariano Rajoy y Angela Merkel durante la rueda de prensa en Berlin. (Reuters)

Los cuatro partidos de ámbito nacional celebrarán próximamente sus congresos, y lo harán en circunstancias muy distintas.

En los partidos comunistas clásicos, bastaba conocer el nombre del encargado de leer el informe político y de los demás ponentes para saber que el primero sería el próximo secretario general y los otros, su politburó. La única duda era la duración de los aplausos para cada uno, calculada al segundo.

Una lógica parecida ha aplicado Mariano Rajoy al congreso del PP. Ha encargado su organización a Luisa Fernanda Rudi y ha designado a los cinco ponentes: Fernando Martínez-Maillo para la ponencia política y de estatutos, la más importante; y Javier Maroto, Andrea Levy, Pablo Casado y el eterno Javier Arenas para las demás. De ese elenco saldrá el próximo secretario general del PP y el núcleo duro de su equipo de dirección (incluyendo a Arenas, como siempre, para tareas de supervisión, vigilancia y operaciones especiales).

Al parecer, la actual secretaria general no participa en la organización de su congreso, como sería natural. Está ejerciendo de ministra de Defensa, que será su único empleo a partir del 12 de febrero. Mariano sabía muy bien lo que hacía cuando eligió para ella precisamente esa cartera.

Así pues, de una tacada Rajoy ha puesto fecha al congreso de su partido, ha fijado su contenido y ha predeterminado su resultado. Todo ello sin que nadie levante la voz. Profesionalidad y economía de movimientos.

Mientras tanto, el PSOE y Podemos no saben qué diantre hacer con sus respectivos concilios. Carecen de fecha, carecen de guion y todo hace presumir que lo que viene en ambos casos es una merienda de negros de desenlace impredecible.

Como parece que Albert Rivera también sacará adelante el congreso de Ciudadanos sin sobresaltos, este es el panorama: en la derecha reina el orden y en la izquierda el desorden. Una situación que tiene pinta de prolongarse durante una temporada.

Durante un tiempo el PP padeció un problema histórico de homologación con “la derecha civilizada” europea. Y resulta que hoy es uno de sus emblemas

A la chita callando, es la segunda vez que el “inmovilista” Rajoy renueva a fondo la dirección del Partido Popular. En 2008, en el congreso de Valencia, se desprendió de la herencia del aznarismo y formó un equipo de su confianza personal. Ahora acota el ámbito del Gobierno para sus dos peones centrales, De Guindos y Soraya, y entrega el partido a un grupo de dirigentes jóvenes (a los que excluyó deliberadamente del Gobierno), con dos tareas prioritarias: la primera, despojar para siempre al PP del doble estigma de partido corrupto y facha. Y la segunda, promover en su interior un relevo generacional que le permita a su vez salir del encajonamiento generacional de su electorado. No se puede vivir eternamente del voto de los mayores de 65 años.

Lo que está pasando en el mundo le ayuda a hacer visible este cambio de piel. Lo comentó recientemente José Antonio Zarzalejos: hasta hace muy poco tiempo, Merkel y Rajoy encarnaban para muchos la peor derecha europea. Eran los patrocinadores del austericidio y de los recortes salvajes, vasallos de los mercados financieros y verdugos del pueblo. Pues bien, tras los mazazos del Brexit y de Trump y ante lo que se ve venir, hoy son los únicos gobernantes conservadores en Europa no contagiados por el virus subversivo de la eurofobia y la xenofobia. Dos supervivientes del conservadurismo europeísta y juicioso frente a la horda de populismos reaccionarios y nacionalistas que nos invade. Hasta Obama ha dicho que votaría a Merkel.

Durante mucho tiempo el PP padeció un problema histórico de homologación con “la derecha civilizada” europea. Y resulta que hoy es uno de sus emblemas, de los pocos que quedan en pie. ¿Quién podría imaginar al PP de Rajoy como un ejemplo de prudencia y moderación ante los 'tories' del estúpido Cameron y de los ultras Theresa May y Boris Johnson?

Es verdad que el PP no tiene que competir con una fuerza emergente de extrema derecha. En España no está Le Pen, ni el UKIP o la Alternativa Alemana. Al contrario, su rival –y socio obligado– es un partido de centro derecha como Ciudadanos, y su interlocutor necesario para los asuntos de Estado es el PSOE. Todo lo cual tira de él hacia el centro.

Tampoco ha necesitado, como otros, hacer bandera política del problema de la inmigración. Y las circunstancias le fuerzan a aparcar los aspectos más retrógrados de su programa ideológico. Poco a poco, va soltándose del brazo de los obispos. Ha dado por perdidas en la sociedad batallas como la del aborto o el matrimonio homosexual. Y tendrá que transar la revisión de cosas como la ley Wert, la ley mordaza, la reforma laboral… además de guardarse las tijeras en lo que se refiere a la sanidad y la educación si quiere que le aprueben el presupuesto.

La experiencia demuestra que en España solo son viables las reformas que exigen grandes consensos políticos (por ejemplo, la reforma constitucional) si la derecha está en el Gobierno, pero sin mayoría. Cuando el PP se ve en la oposición, se asilvestra y no se puede contar con él para nada constructivo. Cuando tiene el poder absoluto, se brutaliza y aplasta.

Aquí viene la triste paradoja: tras tanto tiempo esperando que la derecha estuviera lista para el acoplamiento reformista, ahora falla la izquierda

En esta legislatura tan precaria y que muchos prevén corta, los astros están alineados para hacer posible ese impulso reformista. El PP gobierna, pero no manda. Necesita negociar, ceder y acordar. Estar en el gobierno le permite controlar el ritmo y el alcance de las reformas, pero con su minoría no puede bunkerizarse y frenarlas en seco. Las primeras votaciones en el Congreso muestran las posibilidades del nuevo paisaje.

Y aquí viene la triste paradoja: tras tanto tiempo esperando que la derecha estuviera lista para el acoplamiento reformista, ahora falla la izquierda. Por fin llegó la novia y resulta que el novio está en la UVI (el PSOE) o se ha ido de bares (Podemos). Tenemos en la izquierda a un partido grogui, con la mirada extraviada y agarrado a las cuerdas para no desplomarse, y a otro echado al monte y enredado en un debate existencial, indescifrable salvo para los dos protagonistas.

Para tener una buena estrategia conviene abandonar la comodidad de los estereotipos y reconocer la realidad, especialmente cuando cambia. Los dirigentes de la izquierda pueden seguir con los tópicos del PP como “la derecha más extrema” y “el partido de los ricos” o de Rajoy como “el inmovilista que nunca cambia nada”, y ello les servirá para obtener aplausos en los mítines… mientras se les vacían los mítines y las urnas. O pueden abrir los ojos, constatar el nuevo perfil de su adversario, ver las oportunidades del momento y ponerse a trabajar.

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