Trump, el líder global del nacional-populismo

Por encima de ideologías, todos somos conscientes de que desde el viernes a las seis de la tarde el mundo se ha convertido en un lugar menos seguro y mucho más peligroso

Foto: Donald Trump jura como presidente de Estados Unidos. (EFE)
Donald Trump jura como presidente de Estados Unidos. (EFE)

Eran las seis en punto de la tarde en España, mediodía en Washington D.C. Donald Trump, presidente electo de los Estados Unidos con tres millones de votos menos que su rival, pronunció la fórmula final de su juramento: "So help me God" (que Dios me ayude). En ese instante, comenzó a llover sobre el Capitolio.

Que Dios nos ampare si es que existe, pensé yo tras escuchar el primer discurso presidencial. Pese a las pertinaces voces bienintencionadas de siempre, el Trump presidente no será como el Trump candidato: será peor. Lo sabemos desde el viernes.

Se trata de la simbiosis entre populismo y nacionalismo, dos venenos dañinos que al mezclarse multiplican su toxicidad

Su discurso fue un manifiesto del nacional-populismo, ese producto político que asola a las democracias occidentales. Se trata de la simbiosis entre populismo y nacionalismo, dos venenos dañinos por sí mismos pero que, al mezclarse y hacerse uno, multiplican su toxicidad hasta resultar letales. En el mundo actual, no existe un nacionalismo que no practique el populismo ni un populismo que no excite la pasión nacionalista.

El nacional-populismo no es una teoría ni una doctrina. Ni siquiera una ideología: es un manual de instrucciones para conquistar el poder y desmantelar desde dentro la democracia liberal en el nombre del Pueblo y de la Patria. En palabras de Stefan Zweig, “lo más peligroso es la fe intacta de los pueblos en la justicia unilateral de su causa”.

Donald Trump y Melania Trump antes de comenzar la ceremonia presidencial. (Reuters)
Donald Trump y Melania Trump antes de comenzar la ceremonia presidencial. (Reuters)

La soflama de Trump tuvo todos los ingredientes, empezando por el patriotismo paranoico. “América primero”, fue su consigna principal. Según él, “debemos proteger nuestras fronteras del saqueo de otros países que fabrican nuestros productos, nos roban las empresas y destruyen nuestros empleos” (creo que se refería a México haciéndole todo eso a la primera potencia del mundo).

Además, lo teorizó: todas las naciones, dijo, tienen derecho a poner sus intereses por delante de cualquier otra cosa. Música celestial para los oídos de 'brexiters' británicos, lepenistas franceses y todos los extremismos xenófobos que brotan por doquier. Igual que el adanismo (“todos los cambios empiezan aquí y ahora”) y la chaladura de que su misión es “devolver el poder al Pueblo” ¿Quién lo tenía antes, Mr. Trump?

El progresismo ha perdido a su líder de referencia durante los últimos ocho años, sin que se atisbe quién puede ocupar ese lugar

Con su llegada al poder en Estados Unidos, el nacional-populismo ha dejado de ser una agregación de fenómenos locales para convertirse en un movimiento global con un líder. Al mismo tiempo, el progresismo ha perdido a quien fue su líder de referencia durante los últimos ocho años, sin que se atisbe ni de lejos quién puede ocupar ese lugar. Todo ello se consumó en los escasos tres kilómetros que recorrieron juntos en un coche desde la Casa Blanca hasta el Capitolio.

El nacional-populismo que lidera Donald Trump pone en cuestión los consensos sobre los que descansa la convivencia en Occidente: el consenso europeísta, que nació de la determinación de que no se repitiera jamás el horror de las dos guerras; el consenso trasatlántico, que ha dado la seguridad de la defensa mutua; el consenso democrático, que consagró la democracia representativa como única forma aceptable de gobierno; el consenso del libre comercio, que ha resultado ser un potente motor de progreso para los países subdesarrollados; el consenso de la diversidad social y cultural, sin la que no se entiende a los Estados Unidos de América.

Y también, ¡ay!, el consenso climático. Si alguna esperanza quedaba de frenar la destrucción del planeta, olvídenla. Con Trump en la Casa Blanca triunfa el negacionismo y el Acuerdo de París deviene papel mojado. Aun suponiendo que solo tuviera un mandato, el mundo ya no puede permitirse perder cuatro años en esta carrera contra el reloj (en 2016 la Tierra alcanzó la temperatura que en su día los científicos proyectaron para 2100).

Junto a los consensos internacionales, sufrirá también el entramado de tratados, organismos e instituciones creados para garantizarlos. La Unión Europea, por supuesto; pero también la OTAN, El FMI, la OEA, todos los foros multilaterales de cooperación. Trump no tardará mucho en orillar a la ONU cuando le convenga y en despreciar al mismísimo Consejo de Seguridad. Recuerden, América primero.

¿Qué decir de la vieja Europa? Por si no se habían asestado suficientes puñaladas a sí misma, ahora se ve emparedada entre dos superpotencias, Estados Unidos y Rusia, decididas a debilitar al máximo a la Unión Europea y alentar su disgregación. Y con un exsocio desleal como Gran Bretaña, cuyos dirigentes no perderán la ocasión de mostrar el desmoronamiento de la Unión como la prueba de que fue un acierto abandonarla. Y si Europa lo va a pasar mal, pobre Latinoamérica.

Donald Trump manejando los conflictos de Oriente Medio es gasolina para un incendio. No habrá menos terrorismo, habrá más

Otro efecto no menor es el aumento del riesgo de conflictos, tanto locales como globales. Ninguna de las guerras que padece el mundo ha mejorado su perspectiva de solución. Trump manejando lo de Oriente Medio es gasolina para un incendio. No habrá menos terrorismo, habrá más.

Además, crece dramáticamente el peligro de una confrontación con China. Este presidente, amigo y aliado de Putin, va de cabeza a una escalada de tensión con el gigante asiático –que, por cierto, es el primer acreedor de los Estados Unidos, condición que puede hacer valer en cualquier momento para provocar un colapso financiero que sufriríamos todos–. Ver en Davos al presidente comunista de China como el paladín del libre comercio mundial es un paradójico y siniestro epítome de nuestro tiempo. Nos recuerda Torreblanca que casi siempre que una potencia establecida se enfrentó a una potencia emergente, se desembocó en alguna forma de guerra.

El presidente chino, Xi Jinping, participa en el Foro Económico Mundial de Davos. (EFE)
El presidente chino, Xi Jinping, participa en el Foro Económico Mundial de Davos. (EFE)

No sé si usted, estimado lector, es de derechas o de izquierdas, hombre o mujer, joven o viejo, religioso o agnóstico, si vive en el campo o en una gran ciudad. Pero levante la mano si no le habría dado más tranquilidad ver a Hillary Clinton tomando posesión. Con razón, porque, por encima de ideologías, todos somos conscientes de que desde el viernes a las seis de la tarde el mundo se ha convertido en un lugar menos seguro y mucho más peligroso para sus habitantes.

Sí, con este presidente en el despacho oval estamos asustados antes de empezar. Como ha señalado Ignacio Camacho, no sabemos si desear que Trump triunfe o que fracase. Si triunfa, ello supondrá la expansión imparable de un modelo político destructivo. Y si fracasa, será a costa de mucha sangre, mucho sudor y muchas lágrimas para millones de personas .

Y es que la llegada al oficio más poderoso de la tierra del nuevo líder global del nacional-populismo supone, como decía Zweig, “la irrupción de la brutalidad en la política”. "So help us God".

Una Cierta Mirada
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