En Francia, Europa salva un punto de partido

Las elecciones dejan un puzzle inédito y endiablado que no sería extraño que desemboque en alguna clase de reforma constitucional. Probablemente, la VI República está cerca

Foto: Emmanuel Macron, líder del movimiento En Marcha, celebra los resultados en París. (Reuters)
Emmanuel Macron, líder del movimiento "En Marcha", celebra los resultados en París. (Reuters)

En las encuestas previas a la primera vuelta, la hipótesis de una confrontación entre Macron y Le Pen era la más desfavorable para la candidata del Frente Nacional. La proyección hace unos días era de 60-40 a favor de Macron.

Ayer mismo los institutos de opinión ya se lanzaron a preguntar por la intención de voto en la segunda vuelta. Aparentemente, la distancia ha aumentado: El sondeo de Ipsos mostró un 62-38 y el de Harris un 64-36. Dada la precisión que –esta vez, sí- han tenido las encuestas, algo muy extraño tendría que suceder para que dentro de dos semanas Emmanuel Macron no sea el próximo presidente de la República Francesa.

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En esta elección se ha puesto en juego mucho más que el Gobierno de un país. Sobre la mesa, una opción definitoria y definitiva: si el proyecto de la Unión Europea tiene alguna posibilidad de seguir adelante o hay que bajar el telón. Como señaló el Washington Post, la de ayer era una votación mucho más trascendental que la del Brexit, porque se puede imaginar una Europa sin el Reino Unido, pero es inconcebible sin Francia.

Si el 7 de mayo se confirma la victoria de Macron, Europa habrá salvado un punto de partido (lo que no significa que se haya ganado el partido). Y lo habrá hecho en el escenario más complicado: Francia es el único país en el que hay dos populismos potentes, simétricamente eurófobos y reaccionarios: uno por la extrema derecha, el de Le Pen, y otro por la extrema izquierda, el de Melenchon. Ayer, 4 de cada 10 franceses apoyaron a uno de los dos. La epidemia está muy lejos de extinguirse.

Con las categorías tradicionales, la del 7 de mayo sería la competición entre una ultraderechista y un centrista liberal. Verlo así, a mi juicio, está desfasado y es inservible como análisis.

Lo cierto es que se está librando en occidente una batalla sin tregua entre dos concepciones del mundo, en la que el eje convencional de la derecha y la izquierda, tal como lo hemos manejado hasta ahora, ha quedado relegado a un segundo plano.

Hoy se discute entre europeísmo o eurofobia. Entre globalización o soberanías nacionales. Entre fronteras libres o clausuradas. Entre cosmopolitismo o nacionalismo. Entre sociedades integradoras de la diversidad o excluyentes. Entre ciudadanía o identidad. Entre libre comercio o barreras proteccionistas.

La actitud ante esas dicotomías marca la línea divisoria entre el progresismo y el conservadurismo con más claridad que la topografía política con la que estamos familiarizados. Esta confrontación se está reproduciendo en todo el mundo occidental, y hasta ahora habíamos perdido dos batallas importantísimas, en Estados Unidos y en el Reino Unido. Perder también a Francia sería conclusivo.

Macron y Le Pen representan cada uno de los dos modelos en su estado más puro. Son los dos candidatos más opuestos entre sí de todos los que compitieron ayer. Si, como siempre, hubieran pasado a la segunda vuelta el representante de la derecha clásica (Fillon) y el de izquierda clásica (Hamon), sería una elección confusa y de perfiles borrosos. Sin embargo, un Macron-Le Pen es clarísimo, no hay espacio para la ambigüedad: todo el mundo sabe lo que cada uno de ellos representa y lo que está en juego en esa decisión, que es muchísimo.

Marine Le Pen, líder del Frente Nacional, celebra los resultados en Henin-Beaumont. (Reuters)
Marine Le Pen, líder del Frente Nacional, celebra los resultados en Henin-Beaumont. (Reuters)

Ciertamente, es un shock que los dos fuerzas políticas que han sostenido a la la V República francesa hayan quedado eliminadas a la primera. Pero para ser justos, admitamos que se trata de circunstancias distintas. El centro-derecha sufrió un accidente al tropezar con su propio candidato, ganador de unas primarias y posteriormente delatado como corrupto. Lo del Partido Socialista es mucho más grave, porque es estructural. Hamon, otro rutilante ganador de primarias, fue abandonado por el 75% de los ciudadanos que hace solo cinco años apoyaron a François Hollande. Probablemente ayer firmó no sólo su defunción política personal, sino también la de su partido.

Recuperando a Benedetti, podría decirse que el problema de los partidos tradicionales es que les cambiaron las preguntas. Y su fracaso es doble, porque no sólo se han encontrado ayunos de respuestas, sino que ni siquiera han sabido luchar por mantener vigentes sus propias preguntas –que, pese a todo, siguen siendo relevantes para mucha gente. Sólo ofrecen desconcierto y desconexión de la realidad.

[Le Pen no es hija del liberalismo]

Esta segunda vuelta planteará a Francia un delicado problema de gobernabilidad. En un par de meses se celebrarán las elecciones legislativas. Macron es un líder sin partido y Le Pen tiene sólo dos diputados en la actual Asamblea Nacional, y es difícil que consiga muchos más. Gane quien gane el 7 de mayo, tendrá que inventarse una mayoría parlamentaria que sólo podrán proporcionarle los perdedores de las presidenciales. Un puzzle inédito y endiablado que no sería extraño que desemboque en alguna clase de reforma constitucional. Probablemente, la VI República está cerca.

Impresiona especialmente el descalabro socialista. La “hamonización” es aún peor que la pasokización. Habrá que comprobarlo, pero tengo para mí que el PSF es el primer gran partido socialdemócrata europeo que se va por el desagüe para no regresar.

Francois Fillon, tras conocerse los resultados. (Reuters)
Francois Fillon, tras conocerse los resultados. (Reuters)

No es casualidad que la única respuesta efectiva al populismo la estén dando gentes que no están en los partidos socialdemócratas. En Austria tuvo que ser un líder verde, Van der Bellen, quien plantó cara y derrotó al candidato presidencial de la extrema derecha. En Holanda también fue la Izquierda Verde quien dio alguna ilusión al campo progresista ante el derrumbamiento del socialismo histórico. En Francia ha tenido que aparecer un hermafrodita ideológico como Macron para doblegar a las dos versiones del populismo. Y en el Reino Unido, que vota dentro de dos meses, sólo los liberal-progresistas mantienen en alto la bandera del europeísmo ante el vergonzoso repliegue del carcalaborismo corbyniano.

Dentro de veinte años habrán nacido expresiones políticas del progresismo capaces de representarlo en los parlamentos y en los gobiernos; pero no serán ya los partidos socialdemócratas que escribieron páginas llenas de dignidad y de progreso en la segunda mitad del siglo XX. Estos, me temo, han emprendido el camino de su jubilación histórica, como en el campo de la derecha le sucedió antes a la democracia cristiana.

Pero vayamos, como predica Simeone, partido a partido. Tal como se puso el patio en el negro año de 2016, era crucial para el mundo civilizado que un europeísta ganara en Francia. Aún hay que rematar la faena el 7 de mayo, pero todo indica que ayer la cosa quedó más o menos encauzada. Qué sofocos, oiga.

Una Cierta Mirada
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