A propósito de Alfonso Guerra: en el nuevo PSOE no se hacen prisioneros

El cese del socialista como presidente de la Fundación Pablo Iglesias ha provocado una conmoción en el partido, del que forma parte decisiva de su historia

Foto: El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, junto a Alfonso Guerra, en su última etapa como diputado en el Congreso. (EFE)
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, junto a Alfonso Guerra, en su última etapa como diputado en el Congreso. (EFE)

'Quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro'.
George Orwell

Para el público en general ha sido una noticia más, pero en el interior del PSOE la abrupta destitución de Alfonso Guerra como presidente de la Fundación Pablo Iglesias –la única responsabilidad partidaria que le quedaba– ha producido una conmoción. El pesado silencio que ha seguido al anuncio solo muestra la naturaleza del clima que se respira en ese partido desde el 21 de mayo, Día de la Victoria. Aunque pronto se romperá el silencio: aguarden al sonoro y nada inocuo homenaje que los socialistas andaluces harán a Guerra este domingo, en presencia de quien lo ha puesto en la calle.

Para muchos es una decisión incomprensible e inexplicable, que se lee como una venganza alicorta por la posición de Guerra en las primarias. En realidad, no es que no tenga explicación, es que no se puede explicar, que es lo peor que puede pasarle a una decisión política.

No sé si Pedro Sánchez conoce la frase orwelliana, pero está claro que la comparte y aplica. Cuando los socialistas adquirieron la casa en que murió Pablo Iglesias para establecer allí su sede, respetaron la fachada pero demolieron el resto del edificio y levantaron uno nuevo. Mantener la marca y cambiar el producto, ese es el sentido último del proyecto de Sánchez. Y el objetivo, hacer de la 'Reconquista' un hecho irreversible, no sujeto a contingencias orgánicas ni electorales.

Para ello son precisas dos operaciones quirúrgicas. Por un lado, vaciar al partido de su organicidad, enervar los mecanismos de control y de decisión colectiva para instaurar el modelo cesarista en el que solo existe la relación directa entre el caudillo y las bases. Por otro, proceder al borrado de la memoria, lo que exige diluir o emborronar el recuerdo de sus principales referentes. Sería algo así como inocular el Alzheimer en el PSOE. Por este segundo camino se llega rápidamente a Guerra y a la explicación de su cese.

Como se hizo anteriormente con la casa de Pablo Iglesias, el sentido último del proyecto de Sánchez es mantener la marca y cambiar el producto

La Fundación Pablo Iglesias no es un 'think tank' al uso. Su misión no es servir de laboratorio ideológico ni renovar el pensamiento socialdemócrata. Se dedica sobre todo a preservar, fijar y dar esplendor a la historia del partido político más veterano de España y uno de los diez más longevos del mundo. Tiene mucho sentido que esa tarea la encabece Alfonso Guerra, entre otras razones porque su biografía forma parte, y no menor, de esa historia.

La forma de ejecutar el cese y el perfil del sustituto demuestran que no se busca renovar y revitalizar la Fundación Pablo Iglesias, sino decapitarla primero –derribando al icono– y después meterla en vía muerta. Para esa encomienda, Tezanos es valor seguro (en esta clase de episodios siempre aparece un Bruto).

Hay otros aspectos simbólicos en la figura de Alfonso Guerra que la hacen singularmente incómoda para la actual nomenclatura:

Pedro Sánchez reconquistó el poder cabalgando sobre el mito de 'La Militancia', esa criatura legendaria que en la nueva ortodoxia populista debe ser nombrada en singular y con mayúsculas. Pero de todos los dirigentes vivos del PSOE, Alfonso Guerra es quien ha representado por encima de cualquier otro la identificación emocional con los militantes. Felipe González y después, a su manera, Zapatero, tuvieron el proyecto y el liderazgo; pero la gran mayoría de los cuadros socialistas hoy mayores de 50 años aprendieron eso que llaman “cultura de partido” a la sombra de Guerra (los escasos restantes lo hicieron combatiendo a Guerra, en todo caso referencia inexcusable).

El colectivo es consciente de que, sin él, el PSOE que regresó a rastras del exilio jamás habría llegado a ser la organización política más eficiente que ha conocido la democracia española. Ese privilegiado vínculo militante que Guerra poseyó –y que probablemente conserva– lo convierte en un odioso punto de comparación en la hora de la refundación.

Desde una innegable firmeza ideológica llevada en ocasiones más allá de la rigidez, Alfonso Guerra representó una forma de hacer política opuesta a la del 'noesnoísmo' sanchista.

Es sabido que la Constitución tuvo siete padres (los ponentes) y dos comadronas, Alfonso Guerra y Fernando Abril. Ellos dos tutelaron el proceso de principio a fin y juntos fueron resolviendo todos los atascos de los que los juristas no sabían salir. Sin Abril y Guerra, esta Constitución no habría nacido.​

Guerra es quien ha representado por encima de cualquier otro la identificación emocional con los militantes. La 'cultura de partido' se gestó con él

Sin renunciar a sus convicciones, a la hora de la verdad, Guerra fue un izquierdoso antifranquista que operó como el principal negociador constitucional con los herederos de la dictadura; un anticomunista que se hartó de armar pactos con los comunistas; un jacobino al que nacionalistas vascos y catalanes siempre consideraron su interlocutor más fiable; y un ateo anticlerical que en el primer gobierno socialista dirigió y engrasó la relación con la Iglesia Católica hasta el punto de que los obispos –que del poder saben más que nadie– solo querían hablar con él.

Arquitecto del PSOE moderno y aparejador de la democracia, como percibió bien el golpista Tejero cuando sacó del hemiciclo a los principales dirigentes del país (Suárez, Gutiérrez Mellado, Felipe González, Santiago Carrillo) e incluyó en el lote a Alfonso Guerra. En el caso del PSOE no había que liquidar a uno, sino a dos.

El socialista Eduardo Madina, en la sede del partido en Ferraz. (EFE)
El socialista Eduardo Madina, en la sede del partido en Ferraz. (EFE)

Supongo que la situación que ha conducido a apartar de un empujón a Guerra para colocar en su lugar a un subalterno con alma de tal es la misma que ha llevado a Eduardo Madina a la conclusión de que este microclima no le deja espacio para desarrollar una acción política digna y productiva. O la que convenció a Javier Fernández de que había llegado para él la hora de apearse. Habrá más, porque está visto que en el nuevo PSOE no se hacen prisioneros.

El Partido Socialista ha experimentado un prolongado proceso de deterioro de su capital humano que, a mi juicio, está en la raíz de casi todos sus males. La diferencia está en que, lo que durante años se debió a la incuria, ahora tiene un designio y se ejecuta de forma programada.

Cuentan las noticias que Pedro Sánchez intentó vestir la mona ofreciendo a Guerra la presidencia de honor de la Fundación Pablo Iglesias. Obtuvo la respuesta esperada, porque esta vez tenía enfrente a un tipo con un agudo sentido del honor.

Una Cierta Mirada
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