No era el día

Es desquiciado plantear una comparecencia en el Parlamento​ como la segunda vuelta de una actuación judicial

Foto: El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (Reuters)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (Reuters)

El 1 de agosto de 2013, Mariano Rajoy se vio obligado por primera vez a comparecer ante el Congreso para hablar de la corrupción del PP. Él suele confesar en privado que aquel fue uno de los peores días de su vida. Desde entonces, la escena se ha repetido 'ad nauseam', pero el guion es siempre idéntico. Tomen todos los debates con Rajoy sobre corrupción de estos cinco años —incluido este—, barájenlos y verán que son perfectamente intercambiables en planteamiento, nudo y desenlace, sin que el momento ni el contexto los afecten. Eso ha terminado por dar a estos debates un aire espectral de irrealidad que hoy se ha notado más que nunca.

Como otras veces, Ana Oramas puso el punto de mayor sensatez. ¿Está justificado exigir a Rajoy que dé explicaciones y se haga responsable de la corrupción masiva en su partido? Sí, lo está. ¿Era este el día para hacerlo? Claramente, no. Toda la sesión ha estado atravesada por ese choque entre lo justificado y lo extemporáneo; el acierto de Rajoy —o el desacierto de sus contrarios— ha sido lograr que lo segundo prevalezca sobre lo primero.

En política no basta con que una acción sea justa. Además tiene que ser útil, oportuna, pertinente y viable. Y con la que está cayendo y la que va a caer, empezar este curso repitiendo por enésima vez la cansina ceremonia en que se exige a Rajoy que se autoinculpe y se vaya por lo de Gürtel puede ser justo, pero no cumple ninguno de los otros cuatro requisitos. Esta sesión no ha sido útil, ni oportuna, ni pertinente ni viable en términos de avanzar hacia su objetivo.

Esta sesión en el Congreso no ha sido útil, ni oportuna, ni pertinente ni viable en términos de avanzar hacia su objetivo

Además, es desquiciado plantear una comparecencia en el Parlamento como la segunda vuelta de una actuación judicial. Como nos quedamos insatisfechos con tu declaración en la Audiencia Nacional, te vamos a traer al Parlamento para hacer contigo lo que jueces, fiscales y abogados no supieron o no quisieron. No cabe mayor confusión sobre la función de los distintos espacios institucionales, entre lo que es un testigo en el estrado y un presidente en la tribuna.

Tiene razón Mariano en que algún día tendremos que determinar en qué punto liquidamos lo poco que queda de la presunción de inocencia. Pero debe recordar que él mismo y su partido contribuyeron copiosamente a esta restauración inquisitorial de la que ahora son víctimas pero antes fueron verdugos.

El balance de la mañana es que Rajoy no ha salido del debate más dañado por la corrupción de lo que ya estaba, y que esta ritualización de estériles intercambios de bolas de estiércol solo ayuda a que se abra paso el tedio, que es lo que le pasa al género gore cuando se abusa de la dosis o se elige mal el momento. Los promotores de la sesión, Podemos y el PSOE, no han tenido precisamente su jornada más gloriosa.

Rajoy no ha salido del debate más dañado, y esta ritualización de estériles intercambios de bolas de estiércol solo ayuda a que se abra paso el tedio

Se ha confirmado el extraño perfil de esta legislatura. Por un lado, el Gobierno carece de una base parlamentaria que lo sostenga establemente. Solo ha conseguido montar una precaria mayoría presupuestaria, pero nada parecido a una mayoría de gobierno, ni siquiera a un pacto de legislatura. Sus socios ocasionales, Ciudadanos y el PNV, sienten la necesidad de recordárselo con frecuencia, y qué mejor tema para hacerle sentir la soledad que la corrupción.

Por otro, está claro que sí existe una mayoría de rechazo al PP, pero no una mayoría para un Gobierno alternativo. Hay más de 175 diputados que desearían ver a Rajoy fuera de La Moncloa, pero eso no es suficiente para cimentar otro Gobierno.

Añadan a eso nuestro peculiar sistema de exigencia de responsabilidades políticas. Como ha señalado Aitor Esteban, si en España existiera el mecanismo del 'impeachment', hace tiempo que se habría puesto en marcha por este asunto, sobran motivos para ello. Pero lo que existe es la moción de censura constructiva, que descansa sobre el exigente principio de que no hay rey muerto si no se dispone de un rey puesto. La frustración que ello produce en la oposición conduce a sustituir el 'impeachment' por sesiones periódicas de tortura parlamentaria al presidente, con un efecto decreciente.

Pablo Iglesias, antes de su intervención. (EFE)
Pablo Iglesias, antes de su intervención. (EFE)

Hay un problema adicional para la oposición. En la situación actual, todo empuja a fortalecer al Gobierno más que a desestabilizarlo. El escenario está dominado por la amenaza del terrorismo yihadista, la insurrección secesionista en Cataluña y una situación internacional alarmante. La economía tampoco ofrece mucho espacio para hacer oposición, dada la clara mejoría de los datos y la renuncia a las políticas de recorte social. Y en su afán por no ofrecer flancos, el Gobierno ha reducido al mínimo su producción legislativa. Así que solo queda cabalgar sobre la corrupción, con el riesgo de cometer torpezas extemporáneas y contraproducentes como esta.

Tan a desmano ha venido este pleno que si Mariano Rajoy hiciera un repentino acto de contricción y presentara la dimisión hoy mismo, casi todos los que se lo han vuelto a exigir lo verían como una grave irresponsabilidad en las circunstancias presentes. Nos guste más o menos este presidente, lo que menos necesita España en este momento es una crisis de gobierno.

Conscientes de la inutilidad del debate, para no perder por completo la mañana los oradores han aprovechado para remar 'pro domo sua': Rajoy presumiendo de éxito económico, Robles haciendo corporativismo judicial y reivindicando casi con angustia el sentido del Estado del PSOE de Pedro Sánchez, Iglesias tratando de ejercer como líder fáctico de la oposición (aunque esta vez Mariano no le ha devuelto la pared), Rivera insistiendo en sus reformas pendientes y recordando al Gobierno que no puede dar por descontado su apoyo, y Tardà soltado una soflama independentista.

Si Rajoy presentara la dimisión hoy mismo, casi todos los que se lo han vuelto a exigir lo verían como una grave irresponsabilidad

Por cierto, el atrabiliario portavoz de ERC ha dado la noticia del debate: después de todo, resulta que la razón de que quieran irse de España es que… ¡están hartos de corrupción! Es casi tan escandaloso como escuchar al portavoz de Bildu hablar de prácticas mafiosas y de la 'omertá'.

Aunque lo más tierno de todo es ver a Mariano Rajoy quejándose amargamente de que le aplican la ley del embudo. Él, el mayor virtuoso en la práctica del embudo que ha conocido la política española. En sus propias palabras: ¡oigan, por favor, un poco de nivel!

Una Cierta Mirada

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