Pobre España, pobre Cataluña

En los últimos diez años hemos encadenado una crisis económica destructiva; una crisis política con el funesto séquito de dos años de bloqueo; y ahora, esto

Foto: Ilustración: Raúl Arias.
Ilustración: Raúl Arias.

Empecemos este primer día de la semana más peligrosa para la democracia española constatando de nuevo la inmensa culpa histórica de los dirigentes del nacionalismo catalán. Muy especialmente la del infausto Artur Mas, que fue quien prendió esta hoguera. Se han cargado el autogobierno de Cataluña; han fracturado dramáticamente a su país en un cisma social que se prolongará durante generaciones; han descapitalizado a una de las regiones más prósperas de Europa poniéndola al borde de la recesión y jugueteando alocadamente con el corralito. Y en su desesperada galopada hacia el abismo parecen dispuestos a inmolarse, no sin antes prender fuego a Cataluña. La historia no les perdonará.

Son Puigdemont y sus aliados los que han provocado esta reacción traumática del Estado. Se empeñaron en conseguir el 155, y ya lo tienen. Rajoy se ha resistido a ello hasta el último día, porque es consciente de los enormes problemas que tendrá para llevarlo a la práctica. Y no digamos los socialistas, que en mes y medio han tenido que transitar del noesnoísmo, la plurinacionalidad y la alianza con Podemos al casamiento forzoso con la derecha para sostener al Estado. Me temo que difícilmente resistirán el tirón hasta el final (ayer ya comenzaron a romperse por el eslabón más sensible, el PSC).

Todo lo que se dijo que nunca ocurriría está ocurriendo, y ahora entramos en los días más peligrosos. Durante una semana, el Gobierno de Puigdemont mantendrá intacto su poder. Ya sabe lo que lo que le espera, y es capaz de cualquier cosa. Nos hemos cansado de confiar en que en algún momento tendrían un rapto de sensatez y darían un paso atrás, y ellos siempre han optado por la fuga hacia delante. ¿Por qué habrían de actuar de otra forma ahora, que ya tienen el precipicio a la vista?

Mariano Rajoy (c), preside la reunión extraordinaria del Consejo de Ministros. (EFE)
Mariano Rajoy (c), preside la reunión extraordinaria del Consejo de Ministros. (EFE)

Es seguro que cuando el próximo viernes el Senado apruebe la propuesta del Gobierno todo estará peor que hoy. En estos días asistiremos a una rebelión preventiva, que probablemente incluirá la formalización de la DUI en el Parlament, el blindaje de los mecanismos de control político de los Mossos d’Esquadra (sin descartar enfrentamientos entre cuerpos policiales), acciones de autosabotaje institucional en los organismos que el Estado se propone poner bajo su control y disturbios callejeros cada vez más próximos a la violencia.

Pasado ese momento, habrá llegado el de hacer operativas las exigentes medidas acordadas. La flecha está lanzada pero hacerla llegar a su destino será un infierno, ya lo verán. Primero, porque los cesados no abandonarán voluntariamente los cargos ni los despachos, habrá que sacarlos de ellos por las malas. Segundo, porque eso de gestionar Cataluña desde los ministerios es mucho más difícil hacerlo que decirlo: se trata de reorientar y hacer funcionar una maquinaria administrativa hostil, plagada de comisarios políticos, contaminada por un largo proceso de selección y depuración ideológica y adiestrada en el arte de desobedecer y burlar todo lo que proceda de Madrid.

¿Qué está dispuesto el Gobierno a hacer para conseguir que el 155 se aplique y no resulte en un nuevo fiasco como el del 1 de octubre? ¿Hasta dónde está preparado para llegar, y hasta cuándo seguirá contando con el apoyo de sus circunstanciales aliados políticos y con la cobertura de la justicia? El fracaso es un riesgo real, pero ya no puede ser una opción aceptable. No sin pagar el precio del descrédito definitivo del Estado de derecho y, probablemente, de caer en una nueva recesión económica, tan cruel como la anterior.

La flecha está lanzada pero hacerla llegar a su destino será un infierno. Los cesados no abandonarán voluntariamente cargos ni despachos

Luego está el asunto de las elecciones. Estoy deseando equivocarme pero pienso que responder a la DUI (Declaración Unilateral de Independencia) con una CUE (Convocatoria Unilateral de Elecciones) es una pésima idea. Confiar en que de ahí nacerá la solución es una variante del pensamiento mágico , o si lo prefieren, la versión bondadosa de la posverdad.

El boicot a esas elecciones está asegurado. Los soberanistas, Colau incluida, jamás aceptarán como legítima una convocatoria realizada por “las fuerzas de ocupación” al amparo de una legislación de excepción que no admiten ni reconocen. Pueden ignorarla, lo que llevaría a una competición fantasmagórica entre Ciudadanos, el PSC y el PP, con una participación escuálida y un resultado inútil. O pueden contraatacar con su propia convocatoria electoral, contraponiendo las elecciones del 155 con las constituyentes de la República catalana. Así llegaríamos al absurdo perfecto: dos órdenes legales, dos elecciones paralelas, dos parlamentos y dos gobiernos. Eso no lo supera ni Maduro.

Cualquiera que conozca este tipo de conflictos sabe que las elecciones suceden después del acuerdo de paz, no en medio de la batalla; y que para servir de algo tiene que ser aceptadas por todas las partes. Si no es así, se convierten en un arma más de combate, gasolina para el incendio. Por no hablar del riesgo cierto de que, en el caso de participar, los independentistas las ganen y salgan fortalecidos.

Carles Puigdemont. (Reuters)
Carles Puigdemont. (Reuters)

Hará bien el presidente del Gobierno en resistirse cuanto pueda a la presión de sus socios para acelerar ese paso. Como mínimo, antes habrá que asegurarse de que la primera fase (control de la administración catalana, normalización institucional y restablecimiento de la legalidad) está completada, y analizar sus efectos.

En fin, más vale que nos vayamos acostumbrando a convivir con algunas ideas difíciles:

Que afrontamos un conflicto largo y tortuoso (no hablo de meses, sino de años), que probablemente incluirá brotes violentos.

Que ciertamente la prioridad es sofocar la rebelión y restablecer la autoridad del Estado democrático y el imperio de la ley, y eso hará inevitable el uso eficiente de la fuerza.

Que en su momento (nunca antes de haberse completado lo anterior) habrá que entrar en una negociación política que será larga y dura, uno de cuyos resultados deseables debería ser la convocatoria de unas elecciones aceptadas por todos.

Algunos empezamos a albergar el temor de que las tres décadas prodigiosas vividas entre 1977 y 2007 sean un paréntesis en la triste historia de España

Que no es razonable hacer recaer todo esto en un gobierno ultraminoritario, abrumado por su propia debilidad, con un PSOE que vive el apoyo como una condena de la que suspira por liberarse cuanto antes.

Pobre España. En los últimos diez años hemos encadenado una crisis económica destructiva, que ha arruinado la vida a una generación y empobrecido a todas; una crisis política con el funesto séquito de dos años de bloqueo; y ahora, esto: una crisis de convivencia en la que, como dice El Roto, lo único garantizado es el suministro de odio para una larga temporada.

Adolfo Suárez dijo al dimitir: “No quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España”. Hoy, algunos empezamos a albergar el temor de que las tres décadas prodigiosas vividas entre 1977 y 2007 resulten ser un paréntesis en la triste historia de España. Hay muchos empeñados en conseguirlo.

Una Cierta Mirada
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