Cómo afrontar el 21-D: justicia justa y política inteligente

En una crisis de Estado como la que vivimos, la única respuesta válida es, como diría Rubalcaba, la que sea a la vez firme e inteligente. Si es firme pero no inteligente, fracasará

Foto: Foto: EFE.
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Es la primera vez en 40 años que el nacionalismo catalán se ve fuera del poder. Desde el regreso de Tarradellas no ha pasado un día sin que el nacionalismo tuviera el mando (en la época del tripartito CiU fue oposición, pero ERC fue gobierno). Valerse del poder es la única forma de hacer política que han conocido; sacarlos de él es como sacar a un pez del agua. Esta angustia de verse fuera de las instituciones ha sido determinante en la decisión, humillante para ellos, de concurrir a las elecciones del 155.

En esta carrera del 21-D que han aceptado a la fuerza, corren un riesgo potencialmente letal: convalidar las elecciones de Rajoy y, además, perderlas. Boicotear la convocatoria les habría evitado lo primero, pero se habrían autocondenado a la intemperie. Ganar justificaría el sapo gigantesco que están haciendo tragar a sus partidarios. Pero participar para perder les supondría un daño político y moral irrecuperable, y ellos lo saben. Participar los hace cornudos; perder los haría, además, apaleados.

Participar para perder les supondría un daño irrecuperable, y ellos lo saben. Participar los hace cornudos; perder los haría, además, apaleados

Para prevenir ese escenario tétrico, necesitan resolver tres problemas: primero, cómo restablecer y volver a imponer su marco discursivo sobre el significado de las elecciones. Segundo, cómo movilizar en las urnas a un electorado que hoy probablemente se siente abatido y desconcertado ante el incompetente fracaso de sus líderes. Y tercero, cómo romper la baraja en el caso de que no logren ninguno de los dos anteriores y la derrota pase de posibilidad a certeza.

En mi opinión, nada en la actual relación de fuerzas les favorece. Sólo pueden conseguir esos objetivos si el Estado o los partidos constitucionales se lo facilitan con sus errores (no sería la primera vez). Vamos por partes:

Restablecer el marco. En su patética rueda de prensa de Bruselas, Puigdemont repitió una frase clave: nosotros aceptaremos el resultado de las elecciones, pero el Estado tiene que decir si lo aceptará también. Es inocultable que tras esas palabras está el intento de convertir la votación del 21-D en un nuevo referéndum. Si perdemos, admitiremos que hay que aplazar la independencia; pero si ganamos jugando en el campo y con las reglas del adversario, la DUI habrá quedado definitivamente refrendada y podremos seguir adelante con ella. Lo que Junqueras ha llamado “usar las elecciones para validar la República”.

El mayor error que puede cometer el constitucionalismo en esta campaña es entrar en ese juego y alimentar el juego plebiscitario, aunque sea verbalmente. El 21 de diciembre no se vota sobre la independencia ni sobre la República ni sobre la DUI, esa pantalla ya ha pasado. Son unas elecciones autonómicas y de ellas, gane quien gane, sólo puede salir un gobierno autonómico y un parlamento autonómico. Cualquier otra cosa –por ejemplo, algunos planteamientos frentistas- es suministrar al independentismo el oxígeno que ahora le falta.

Movilizar. La historia dice que en las elecciones autonómicas de Cataluña el nacionalismo siempre se ha beneficiado de una mayor participación de sus fieles y de la abstención de los no nacionalistas. Pero tras este terremoto político, los precedentes valen de poco. Aparentemente, la situación de partida es la contraria: un electorado nacionalista frustrado por el fracaso del 'procés' y tentado de desentenderse de unas elecciones que, para ellos, nacen de una derrota. Y un electorado no nacionalista más motivado que nunca, definitivamente desinhibido y que, tras haberse quitado la mordaza, vive el momento como una ocasión única para sacudirse el yugo.

Descartada la euforia, la única forma de reactivar la movilización en el espacio nacionalista es mediante el miedo o el sentimiento de agresión.

Un electorado nacionalista frustrado por el fracaso del 'procés' y tentado de desentenderse de unas elecciones que, para ellos, nacen de una derrota

El miedo vendría de que prevaleciera en el campo constitucional un discurso con resonancias revanchistas, el del “a por ellos” y el escarmiento ejemplar. Me consta que hay sectores –incluso dentro del Gobierno- a los que cuesta retener para que no se lancen por ese camino. Supongo que aquí es pertinente recordar el tremendo error de Mayor Oreja y Redondo en 2001 en el País Vasco, que con una estrategia de ese tipo provocaron una reacción defensiva de cierre de filas en el nacionalismo y brindaron a Ibarrretxe una victoria resonante en unas elecciones que tenía perdidas.

La reactivación del victimismo como motor electoral podría venir de actuaciones judiciales que adquirieran más apariencia de persecución y venganza que de justicia. Algunas de las cosas que dice y hace el muy imprudente y lenguaraz fiscal general del Estado ayudan poco. Una dieta de silencio por su parte sería saludable para todos.

Preparar la retirada. No duden de que todos los querellados e imputados –quizá, con la excepción del propio Puigdemont- ocuparán lugares de honor en las candidaturas independentistas. Una orden de prisión masiva en medio del proceso electoral brindaría una coartada imbatible al secesionismo para deslegitimar las elecciones ante el mundo, romper la baraja y abandonar la competición. Imaginen los titulares: el Estado español encarcela a los principales candidatos nacionalistas antes de las elecciones. Si una carga policial torpemente decidida y peor ejecutada bastó para enturbiarlo todo el 1 de octubre, no quiero ni pensar en el vendaval impugnatorio que se desataría en este caso.

Si se considera que la participación de los independentistas el 21-D es una prioridad estratégica –puede haber quien no lo vea así-, conviene no abrirles una vía de escape tan fantástica, que muchos les exigirían pero que usarían sin duda en el caso de que las encuestas les pinten bastos.

No se puede ignorar que una vez que se han convocado las elecciones, todo lo que ocurra en estos 50 días queda inevitablemente contaminado de campaña y tiene consecuencias sobre el voto. Lo que se aplica también a la acción y a los tiempos de la justicia.

Esto no supone que abogue por ninguna clase de impunidad. Los delincuentes tienen que pagar por lo que han hecho. La justicia debe ser siempre justa, pero no necesariamente ciega. Al revés, conviene que mantenga los ojos bien abiertos para reconocer el entorno y no producir un efecto contrario al que busca, que es el fortalecimiento del Estado de derecho y el debilitamiento de sus enemigos.

En una crisis de Estado como la que vivimos, la única respuesta válida es, como diría Rubalcaba, la que sea a la vez firme e inteligente. Si es firme pero no inteligente, fracasará. Y renunciar a la firmeza puede que parezca hábil, pero no sería inteligente y fracasaría también.

Nadie dijo que esto fuera sencillo, ni siquiera cuando el adversario actúa tan estúpidamente como los independentistas durante la última semana.

Una Cierta Mirada

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