El naufragio del 'procés' y el éxito de la operación 155

El 'procés' se ha perdido no solo porque llevara en sus entrañas la semilla del fracaso, sino porque la operación 155 ha funcionado

Foto: El expresidente de la Generalitat catalana Carles Puigdemont interviene durante el acto que 200 alcaldes independentistas celebraron en Bruselas. (EFE)
El expresidente de la Generalitat catalana Carles Puigdemont interviene durante el acto que 200 alcaldes independentistas celebraron en Bruselas. (EFE)

Hay pocas dudas de que asistimos al final del 'procés' tal como lo concibieron Artur Mas y sus aliados al convocar las elecciones de septiembre de 2015. Recordemos de qué se trataba: primero, una votación formalmente autonómica pero materialmente plebiscitaria. Segundo, la construcción de las llamadas “estructuras de Estado” y, en paralelo, la desconexión con el ordenamiento jurídico español. Finalmente, la proclamación formal de la república independiente de Cataluña, que inmediatamente echaría a andar y recabaría el reconocimiento internacional.

Según esa hoja de ruta, la república ya llevaría varias semanas funcionando, el Parlament estaría redactando una constitución, se habría decretado la primera leva de reclutas del ejército catalán y se estaría tramitando el ingreso del nuevo Estado en las Naciones Unidas y su asiento en el Consejo Europeo.

Esa es la historia —salvo lo de la leva— que contaron entonces a los catalanes. Pero si mediante una elipsis narrativa damos un salto al momento actual, vemos una imagen bien distinta:

La república, abortada el mismo día en que quiso nacer. El 'president', fugado. Medio Govern también fugado y el otro medio en prisión. Juana de Arco (perdón, Forcadell), prejubilada de la política y atendiendo ya únicamente a los consejos de su abogado. La Generalitat, intervenida y gestionada desde los ministerios de Madrid. Los partidos independentistas, participando sumisamente en unas elecciones autonómicas convocadas por Rajoy. Convergència, el partido-régimen, firmando su destrucción (su sucesor, el PDeCAT, se va por el desagüe sin haber llegado a concurrir como tal a unas elecciones).

La Generalitat, gestionada desde los ministerios. Los partidos independentistas, participando en unas elecciones convocadas por Rajoy

Si nos hubieran mostrado este escenario no hace dos años sino hace dos meses, habríamos respondido que tales cosas no podrían ocurrir sin desatar el apocalipsis en Cataluña.

Para asombro de todos, nada apocalíptico está sucediendo. No ha habido ni un conato de violencia desde la intervención. La resistencia brilla por su ausencia, apenas una manifestación rutinaria que se olvidó al día siguiente. Las calles están en paz. La Administración funciona con normalidad: es más, los funcionarios del Gobierno central y los de la Generalitat colaboran con fluidez, creando un hábito de trabajo en común que vendrá muy bien para el futuro. Los partidos políticos se afanan en sus alianzas y estrategias electorales. Los Mossos d’Esquadra garantizan el orden sin tensiones aparentes. Y la Justicia sigue su curso.

Los propios dirigentes independentistas han expedido el certificado de defunción del 'procés'. Forcadell explica al juez que la DUI fue simbólica, hay que ver cómo se ponen ustedes por una broma; ERC admite que Cataluña no estaba madura para la república y que nunca existieron las famosas estructuras de Estado, y el fugitivo Puigdemont confiesa que la secesión no era el único camino posible. Marta Rovira viaja a Bruselas y se sincera: participando en estas elecciones las estamos legitimando, así que más nos vale ganarlas. Junqueras y Puigdemont se sabotean mutuamente por el sillón presidencial y Colau se aprovecha ladinamente de las ausencias forzadas para ocupar el centro de la escena soberanista.

La secretaria general de ERC y número dos de la lista para el 21-D, Marta Rovira, atiende a los medios tras la reunión mantenida con el presidente de la Generalitat cesado, Carles Puigdemont. (EFE)
La secretaria general de ERC y número dos de la lista para el 21-D, Marta Rovira, atiende a los medios tras la reunión mantenida con el presidente de la Generalitat cesado, Carles Puigdemont. (EFE)

Presentaron las elecciones de 2015 como un plebiscito arrollador sobre la independencia. Acuden a estas reclamando recuperar las instituciones del autogobierno, las mismas que ellos mismos destruyeron en su alocado galope. ¿Cabe mayor admisión de un proyecto malogrado?

Tras todo ello late la constatación, ya generalizada, de que la independencia de Cataluña es radicalmente inviable en este momento histórico. Este es el balance inapelable de estos dos meses de vértigo, y marcará el futuro próximo cualquiera que sea el resultado del 21-D. Jamás debieron gastar en salvas la bala de plata de la DUI. Funcionaba como mito, pero se pulverizó al entrar en contacto con la realidad.

El 'procés' se ha perdido no solo porque llevara en sus entrañas la semilla del fracaso, sino porque la operación 155 ha funcionado. No me refiero únicamente a la activación de un artículo de la Constitución, sino al conjunto de acciones y reacciones mediante las que la democracia se ha defendido del desafío que amenazó su subsistencia:

El discurso del Rey, que pasará a la historia como el punto de inflexión de este drama. Además, la respuesta judicial imparable. La unidad de los partidos constitucionales en torno a un Gobierno minoritario y gravemente cuestionado. La reacción, tardía pero disuasoria, de las empresas catalanas. El despertar de un movimiento constitucional en Cataluña que ha emergido y ya no volverá a sumergirse. La firmeza de la Unión Europea y de la comunidad internacional en defensa de uno de sus miembros. La rebelión, ya era hora, de la izquierda de toda la vida ante el chantaje emocional del nacionalismo.

Decir que el 'procés' ha naufragado y que la operación 155 ha tenido éxito no equivale a presumir que la crisis haya quedado atrás o que el conflicto de Cataluña esté resuelto. Solo que se ha abortado el golpe de mano y que ahora toca actuar sobre el fondo del problema a partir del nuevo escenario posterior al 21-D; lo que solo era posible si previamente se sofocaba la insurrección.

Decir que el 'procés' ha naufragado y que la operación 155 ha tenido éxito no equivale a presumir que la crisis haya quedado atrás

Es el momento de retomar la reflexión sobre el doble empate insoluble que define este problema: el nacionalismo catalán no tiene fuerza para imponer la independencia, pero sí para ganar elecciones y gobernar. Cataluña no tiene fuerza para romper unilateralmente con España, pero sí para crear una grave crisis de Estado con riesgo de enquistarse y devenir crónica.

Siempre habrá en Cataluña un nacionalismo poderoso, socialmente enraizado y con tentaciones rupturistas. No se trata de empeñarse en que eso desaparezca, sino de conseguir que la cúpula política del nacionalismo adapte su estrategia a la realidad y se disponga a defender sus ideas dentro de la legalidad democrática. En ese propósito es esencial la reconstrucción de un nacionalismo con vocación institucional y desacoplado del populismo subversivo. Porque se quiera o no, se van a necesitar interlocutores fiables a ambos lados del conflicto.

Quizá deberíamos empezar admitiendo que este Estatut ha quedado definitivamente inservible como marco jurídico del futuro. No estaría mal empezar la nueva andadura poniendo en marcha el mecanismo consensuado para su reforma —asociada o no a una reforma de la Constitución, que se augura mucho más problemática—.

Lo más probable es que tras el 21-D haya una mayoría parlamentaria y un Govern nacionalistas. El desafío para ellos será encontrar un sentido a esta nueva etapa de gobierno, asumiendo que la aventura del 'procés' concluyó y no es recuperable. Si no están dispuestos a ello, tienen dos posibilidades igualmente frustrantes: intentar volver al punto de partida —lo que indefectiblemente producirá el mismo resultado o peor— o acudir a la consulta del psicoanalista de Ibarretxe.

Una Cierta Mirada

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