Torra y la metástasis moral del nacionalismo catalán
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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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Torra y la metástasis moral del nacionalismo catalán

La condescendencia con la barbarie ideológica es la muestra concluyente de la metástasis moral de la clase política nacionalista en Cataluña tras el insensato 'procés'

Foto: Manifestación en Barcelona. (EFE)
Manifestación en Barcelona. (EFE)

Si en su lúgubre toma de posesión Torra hubiera formulado el convencional compromiso de lealtad constitucional, estaríamos ante un perjurio. Está muy claro que no tiene la menor intención de respetar la Constitución ni de ser leal al Estado, que, pese a ello, lo ha designado como su representante en Cataluña.

Me pregunto cuáles son exactamente, en este momento, las competencias del presidente de la Generalitat. La coexistencia entre un presidente oficialmente proclamado con la ausencia de un Gobierno y una Administración intervenida por el 155 no puede sostenerse razonablemente más allá de unos días. O alguien se baja de la burra y se da paso a un Govern al que se pueda reconocer, o hay que revocar el nombramiento de Torra y regresar a la situación anterior.

Foto: Carles Puigdemont (2º izq) y su sucesor, Quim Torra (3º dcha), suben a un ascensor junto al empresario Josep Maria Matamala (1º izq) tras dar una rueda de prensa en Berlín. (EFE) Opinión

Como de costumbre, Mariano Rajoy se ha encomendado al Tribunal Supremo para que le resuelva la papeleta inhabilitando a los presuntos delincuentes —presos y fugitivos— que Torra pretende incorporar a su Gobierno. Pero si cree que con ello se habrá resuelto algo, se engaña una vez más.

Más allá del tenor literal de la resolución del Senado, en el espíritu de aquella decisión se relacionaba su final con la normalización institucional en Cataluña. Al menos, con el inicio de esa normalización. Pero debemos hacernos a la idea de que no habrá normalidad posible con Torra. Su misión es que no la haya. Como dice Fernando Savater, no lo han puesto ahí a pesar de lo que piensa, sino precisamente por lo que piensa. Puigdemont no lo eligió por sus ignotas dotes de gobernante, sino por sus acreditadas ideas gorilescas y su vocación golpista. Este individuo es cualquier cosa menos un hombre de paz.

Así pues, no cabe llamarse a engaño: legalmente, quizás haya que levantar el 155. Pero seamos conscientes de que ello no abrirá el camino hacia la normalidad, sino, en el mejor de los casos, hacia la cronificación de la anomia y el aumento diario de la crispación. Cada semana lanzarán una provocación, siempre al límite de la ley. Si el Estado se la traga, lo celebrarán como un triunfo de la república. Si la frena, lo exhibirán como una muestra de la opresión. Lo peor sería acostumbrarnos a convivir durante años con esa situación.

Pero, a mi juicio, los dos mayores obstáculos para que el Estado responda adecuadamente al desafío separatista no están hoy en Cataluña, sino en la política española.

placeholder El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, durante la presentación de la plataforma 'España Ciudadana'. (EFE)
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, durante la presentación de la plataforma 'España Ciudadana'. (EFE)

El primero es la lucha electoral prematura que se ha desatado en el interior del bloque constitucional. Una contienda doblemente venenosa: porque quiebra la imprescindible unidad y porque produce un estrabismo político que altera las prioridades del momento.

Cuando Albert Rivera escenificó en el Congreso su ruptura con Rajoy por la aplicación del 155, demostró tener más y mejor información que el Gobierno sobre lo que sucedería en Cataluña en los días siguientes. Pero también que su prioridad actual no es ayudar al Gobierno a hacer frente al desafío, sino acelerar su cabalgada demoscópica y desangrar aún más al PP, echándole encima a su propio electorado (el obsceno acto de exaltación patriótica de ayer merece comentario aparte).

Sánchez y Rajoy anunciaron cinco acuerdos sobre Cataluña, pero sospecho que en esa reunión se habló mucho más de Rivera que de Torra. El verdadero acuerdo —pronto se vio— fue asociarse frente al intruso, sindicando momentáneamente sus declinantes acciones en una 'joint venture' de defensa mutua frente a la escalada de Ciudadanos.

placeholder Pedro Sánchez, en una rueda de prensa ofrecida en la sede del PSOE. (EFE)
Pedro Sánchez, en una rueda de prensa ofrecida en la sede del PSOE. (EFE)

De ahí el escandaloso ninguneo de ambos al partido que, guste o no, lidera a las fuerzas constitucionales en Cataluña. Sánchez, en su diligente estreno como copiloto de Mariano, hasta le hizo el favor de tirar una coz a Aznar, ocultando que quien prendió fuego al tema catalán desde la oposición no fue el antiguo presidente sino el actual, su nuevo aliado.

Obsesionados por el adversario electoral del próximo año, los tres partidos descuidan la obligación común de hacer frente al enemigo institucional de la próxima semana.

Para suicidios, ninguno tan absurdo como el que protagonizan los dos partidos tradicionales del nacionalismo catalán

También entorpece la acción contra el separatismo la extrema debilidad política del Gobierno, atrapado por su dependencia del PNV para ganar unos meses más de vida. Si Sánchez quisiera contribuir de verdad a fortalecer al Gobierno en esta crisis de Estado, sacaría a Rajoy de esa mazmorra negociando una abstención en la votación presupuestaria.

Pero para suicidios, ninguno tan absurdo como el que protagonizan los dos partidos tradicionales del nacionalismo catalán. ¿Qué queda del mítico 'gen convergente' que algunos aún evocan pese a la evidencia de que el PDeCAT es un guiñapo? ¿Y qué quedará de ERC cuando Puigdemont y Torra consumen su propósito de dictar un Decreto de Unificación Independentista que se lleve por delante la histórica sigla? De Junts pel Sí en 2015 a Junts per Catalunya en 2017; y de ahí, ya lo verán, a Junts per la República en 2019 (incluso antes, si Torra anticipa las elecciones).

Esquerra es para Puigdemont lo que Falange fue para Franco: le ha suministrado la armazón ideológica y la clase de tropa, para ser finalmente absorbida en el Movimiento Nacional, el partido único que Puigdemont incuba en Berlín y su sicario ejecutará en Barcelona. Incluso tiene a Junqueras, su José Antonio Primo de Rivera, convenientemente neutralizado en una cárcel enemiga para que no estorbe.

Esta condescendencia con la barbarie ideológica es la muestra de la metástasis moral de la clase política nacionalista

Quizá lo más desmoralizador, como ha señalado Sol Gallego-Díaz, es la sumisa mansedumbre con que políticos y partidos nacionalistas de larga trayectoria democrática han aceptado ponerse a las órdenes de un prefascista cavernario como Torra sin que nadie haya expresado siquiera el amago de un desacuerdo.

Desde Miquel Roca a Artur Mas, pasando por el propio Junqueras o el espectro viviente de Jordi Pujol, esta es la hora en que no se ha escuchado una sola voz procedente del antiguo nacionalismo democrático que rechace las atrocidades del centurión totalitario al que un orate en fuga ha entregado la Generalitat de Cataluña.

Esta condescendencia con la barbarie ideológica es la muestra concluyente de la metástasis moral de la clase política nacionalista en Cataluña tras el insensato 'procés'. Una metástasis que está a punto de extenderse —si es que no lo ha hecho ya— a dos millones de personas. ¿Habrá alguien que lo evite? Y sobre todo, ¿es ya tarde para evitarlo?

Quim Torra Mariano Rajoy Artur Mas Tribunal Supremo Generalitat de Cataluña
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