Elecciones o cuestión de confianza

Sánchez logró armar una mayoría de censura, pero carece de una mayoría de gobierno. Y si la tuviera, ello resultaría aún más inquietante, dada la naturaleza de sus componentes

Foto: El jefe del Ejecutivo, Pedro Sánchez, en el Congreso. (EFE)
El jefe del Ejecutivo, Pedro Sánchez, en el Congreso. (EFE)

“Si Rajoy no aprueba los Presupuestos y no anticipa las elecciones, yo le exigiré que, por obligación con la ciudadanía y por responsabilidad institucional, se someta a una cuestión de confianza”.

Pedro Sánchez, 5 de marzo de 2018

Este es un Gobierno legítimo, pero no es un Gobierno normal.

Su legitimidad de origen proviene de la ley, y hacen mal el PP y Ciudadanos al cuestionarla. La moción de censura es un mecanismo constitucional que esta vez ha usado al PSOE, pero mañana podría usar cualquier otro. El Gobierno de Rajoy nació de una votación parlamentaria (la investidura), y de otra votación parlamentaria (la censura) ha nacido el de Sánchez. A quien no le guste, que proponga reformar la muy equívoca 'moción de censura constructiva' —que, como se ha visto, de constructiva tiene poco—.

Su anomalía es congénita y es política, y deriva de todas las circunstancias que lo condicionan. Una es temporal: Sánchez llega al poder tras media legislatura malograda y a punto de desatarse el torbellino electoral en varios frentes. Otra es aritmética: un Gobierno de extrema minoría, que solo dispone del apoyo estable de una cuarta parte del Congreso. El partido del Gobierno tiene 53 diputados menos que el primero de la oposición, que, además, controla el Senado.

La tercera es ontológica —y si me apuran, moral—: nació y pretende subsistir sobre una mayoría en la que más de la mitad de sus integrantes se sitúan fuera de la Constitución; y 17 de ellos vienen de promover una sublevación institucional desde dentro del Estado, pero contra el Estado. Una antinomia que debería ser insalvable para el partido que durante más tiempo ha gobernado España con esta Constitución.

El propio Sánchez admitió esa anomalía al presentar su moción de censura: “No podemos desconocer” —dijo entonces— “las excepcionales circunstancias en que se debate esta moción, que obligan a entender la aritmética parlamentaria, tan compleja, como un factor decisivo en el desempeño del Gobierno que surja de ella”. Lo que le llevó a formular un compromiso olvidado 24 horas después: “Mi Gobierno va a entender como uno de sus principales cometidos la construcción de un consenso para convocar las elecciones generales”. Incluso dijo haber ofrecido a Ciudadanos un acuerdo para fijar de antemano la fecha de esa convocatoria (Rivera, una vez más falto de reflejos, lo desdeñó).

El Gobierno de Sánchez nació y pretende subsistir sobre una mayoría en la que más de la mitad de sus integrantes se sitúan fuera de la Constitución

Sánchez logró armar una mayoría de censura, pero carece de una mayoría de gobierno. Y si la tuviera, ello resultaría aún más inquietante, dada la naturaleza de sus componentes. De ahí su absurdo empeño en asegurar que no ha pactado nada con nadie. Si no hay pactos, mal asunto para la estabilidad del Gobierno; si los hay, peor para la del Estado.

Sin embargo, desde el primer minuto de su existencia montó un artefacto de política-ficción, un aparatoso decorado de cartón piedra para crear la falsa impresión de un Gobierno poderoso y duradero, cargado de la autoridad política que dan las grandes mayorías y con un amplio horizonte temporal para actuar.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a la vicepresidenta, Carmen Calvo. (Reuters)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a la vicepresidenta, Carmen Calvo. (Reuters)

Centenares de nombramientos en el BOE, unos cuantos a medio camino entre el sectarismo y el nepotismo: organismos enteros puestos patas arriba. Pomposos anuncios de leyes y reformas estructurales imposibles de culminarse —ni siquiera de iniciarse— en las actuales condiciones políticas. La agitación del pasado, convertida en espectáculo encubridor de la impotencia ante el futuro. Un presidente que no escatima en la exhibición, por momentos obscena, de los atributos ornamentales del poder. Todo 'fake'.

No puede ser normal que la subsistencia del Gobierno de España dependa del capricho de un fugitivo de la Justicia cuyo objetivo declarado es la quiebra territorial del país. La actual estrategia de Puigdemont pasa por dos ejes: imponer su caudillaje sobre el nacionalismo y desestabilizar al Estado por la doble vía de condicionar a su Gobierno y de infamar al Rey. Ya es grave que semejante orate maneje a su antojo la política y las instituciones de Cataluña; pero es intragable que se permita perdonar la vida al Gobierno de la nación dictándole sus condiciones. El desequilibrio esencial que lastra el famoso diálogo con la Generalitat es que Torra no necesita a Sánchez, pero Sánchez sí necesita a Torra.

No puede ser normal que la subsistencia del Gobierno dependa del capricho de un fugitivo de la Justicia cuyo objetivo es la quiebra territorial

Lo cierto es que España lleva ya tres años sin un Gobierno que merezca tal nombre. Un año de bloqueo, dos de pseudogobierno parapléjico de Rajoy y otros dos más de Gobierno-escaparate, ultraminoritario, de Sánchez. En resumen, un lustro perdido entre la parálisis mariana y la vacua hiperactividad pedrista.

En la democracia parlamentaria —que no es la plebiscitaria—, el Gobierno es esclavo de la mayoría parlamentaria que lo sostiene. La parvularia ilusión, que acompañó a quienes lo jalearon en su nacimiento, de que la acción de este Gobierno no se vería contaminada por la naturaleza subversiva de sus apoyos, se evapora por días. ¿O es que el discurso de Sánchez sobre Cataluña sería el mismo (lleva cinco distintos en dos años) si hubiera llegado al poder con el apoyo, por ejemplo, de Ciudadanos?

La existencia del Gobierno en este tipo de democracia se asienta sobre lo que los tratados de derecho constitucional llaman 'la confianza del Parlamento'. Si esta no existe, debe nacer otro Gobierno u otro Parlamento. Sánchez demostró que Rajoy no tenía la confianza del Parlamento, pero está muy lejos de demostrar que él la tenga. Y ahora se dispone a gobernar a golpe de decreto-ley, lo mismo que él recriminó a su antecesor, con razón.

La inestabilidad crónica que sufre el país desde octubre de 2015 y la insoportable dependencia de los independentismos solo tendrá solución cuando unas elecciones alumbren un Gobierno —que necesariamente será de coalición— apoyado en una mayoría sólida y fiable. La de Sánchez no es ninguna de las dos cosas, ni sólida ni fiable. Por eso, lo que él llamó "normalización” para justificar el retraso de la convocatoria no normaliza nada, sino al contrario: profundiza la anormalidad y sigue demorando todo lo importante.

Pedro Sánchez demostró que Rajoy no tenía la confianza del Parlamento, pero está muy lejos de demostrar que él la tenga

Si Sánchez pretende, como asegura, incumplir su compromiso inicial y agotar la legislatura, debe demostrar que dispone de la confianza del Parlamento. Para ello también existe un mecanismo constitucional: someterse a una cuestión de confianza, la que él exigió a Rajoy hace solo tres meses. Si la gana, tendrá todo el crédito que necesita para gobernar dos años más. Si no tiene posibilidad de ganarla, lo único congruente es desmontar el decorado y llamar a elecciones. Con sus palabras: por obligación con la ciudadanía y por responsabilidad institucional.

Además, en este momento podría ganarlas (las elecciones, no la cuestión de confianza). Pero la experiencia demuestra que la condición humana es casi siempre más poderosa que la razón política. Nunca hay que perder de vista a la condición humana cuando se interpreta la política.

Una Cierta Mirada

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