La relación con Sánchez, según Torra: "Gestionar el mientras tanto"

¿Cabe imaginar mejor escenario para el irredentismo que celebrar una campaña electoral en paralelo con el juicio del 1-O? La ruptura con el líder del PSOE y su Gobierno estará servida

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), y el de la Generalitat, Quim Torra. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), y el de la Generalitat, Quim Torra. (EFE)

Todo el mundo habla de la ola de calor. Pero para calor político, el que va a hacer en Cataluña durante este otoño. Los independentistas son felones, pero no embusteros. Siempre cuentan con antelación lo que se proponen hacer, incluso lo ponen por escrito; y a continuación lo cumplen exactamente como lo anunciaron, ante el sorprendente asombro de muchos. Así llevamos varios años, antes con Rajoy y ahora con Sánchez: “¡Qué barbaridad han hecho, esto lo rompe todo!”. Naturalmente, oiga, ¿es que usted no se lee sus papeles o es que no se quiere enterar?

Cualquiera que quiera saber lo que sucederá en Cataluña en los próximos meses, según el plan de Puigdemont, solo tiene que leer con atención la entrevista que ayer publicó 'La Vanguardia' con su presidente vicario. Leerla y creérsela, porque en ella están todas las claves.

El Gobierno de Sánchez parte de un doble error de criterio: por una parte, confiar en que para los independentistas exista una vía de normalización que pase por la permanencia de Cataluña como una comunidad autónoma del Estado español, con todas las modificaciones estatutarias o constitucionales que se quiera. Por otra, creer que la pista central del conflicto en este momento es la de la relación entre el Gobierno de España y el de Cataluña.

Sonrisas y cordialidad en el primer encuentro entre Sánchez y Torra

Torra se encarga de despejar cualquier duda al respecto. La única normalización que concibe es la que conduce a la independencia a través de un referéndum de autodeterminación. Puesto que no hay otro desenlace admisible, todo se orienta a crear las condiciones que hagan posible una segunda intentona, esta vez con más garantías de éxito que la anterior. Eso incluye utilizar para tal fin la nueva circunstancia política española.

En cuanto a la relación con el Gobierno, el propio Torra la define con una frase que lo explica todo: para él, todo este juego de encuentros institucionales, comisiones bilaterales, negociaciones sobre recursos y competencias y la operación diálogo se reduce a ”cómo gestionar el mientras tanto” (sic). Es una pista lateral, una pieza instrumental. En ningún momento han considerado seriamente la hipótesis de que la solución de este conflicto vaya a salir de una mesa de negociación con el Gobierno central. Para ello, habría que encajar la secesión en la Constitución española, y eso es un imposible metafísico.

En ningún momento han considerado seriamente la hipótesis de que la solución de este conflicto vaya a salir de una mesa de negociación con el Gobierno

Para Puigdemont, todo se juega en Cataluña. Sánchez no es protagonista de su película, a lo sumo un actor invitado cuya aparición en escena le ha venido bien para completar su estrategia. Probablemente, hace dos meses no contaba con tener en sus manos la estabilidad del Gobierno de España ni con que sería tan sencillo disolver el bloque constitucional.

“Gestionar el mientras tanto”, no olviden esta frase clave. Se refiere a esperar que aparezca la ventana de oportunidad (nunca he sabido diferenciar una ventana de oportunidad de una oportunidad a secas) para lanzar el segundo desafío al Estado, que arrancaría con una convocatoria de elecciones en Cataluña en el momento justo que garantice una mayoría incontestable del independentismo. En su análisis, eso debilitaría decisivamente al Gobierno español ante la UE, que lo forzaría a abrir la vía del referéndum; en su defecto, podría reabrirse la vía unilateral con más fortaleza que nunca.

Para ello, necesita que en Cataluña se produzcan varias cosas:

Lo primero, romper el empate entre el constitucionalismo y secesionismo. Para el nacionalismo hegemónico (perdón por la redundancia), lo más traumático del otoño del 17 no fue la aplicación del 155, sino la movilización masiva, tras décadas de silencio, de la mitad de la sociedad catalana que quiere seguir en España. Nunca más, se dijeron en cuanto recuperaron el poder.

Se trata de que el españolismo regrese a las catacumbas de las que nunca debió salir, por las buenas o por las malas. Lo van consiguiendo: una convocatoria como la del 8 de octubre en Vía Layetana sería hoy un fracaso rotundo. La política de Sánchez resulta funcional a esos efectos, mientras dure. Iceta habla mucho más con Torra que con Arrimadas.

Lo segundo, deshacer también el empate en el seno del nacionalismo, imponiendo la hegemonía de Puigdemont y disolviendo los viejos partidos en un único movimiento acaudillado por él. Puro espíritu convergente, el 'desiderátum del pujolismo'. Torra lo explica también: cuando llegue el momento, propondrá “primarias unitarias republicanas para construir una candidatura ganadora”. Con ERC descabezada (Junqueras y Forcadell en la cárcel, Rovira en Suiza), solo se trata de generar la presión emocional suficiente para que esa resulte una oferta que no se pueda rechazar sin exponerse a las iras del honrado pueblo soberanista.

Su principal instrumento de trabajo es el calendario: los fastos del otoño catalán. Se ha adelantado el debut: el 17 de agosto, toca escrache al Rey

Y lo tercero, arrasar en las municipales. Quedarse con todas las alcaldías importantes de Cataluña; pero sobre todas, con la Barcelona. “Es vital ganar la capital del país”, dice Torra. Y añade: “Se ha visto durante el 155 lo importante que habría sido tener una voz independentista al frente de Barcelona”. Colau vale como mal menor, pero no basta. Controlando el Gobierno de Cataluña, el Parlament, el grupo parlamentario en el Congreso —y con él, la agenda y la vida del Gobierno español— y el calendario electoral, solo les falta el Ayuntamiento de Barcelona para tener en su mano todos los resortes del poder.

Su principal instrumento de trabajo es el calendario: los fastos del otoño catalán. Se ha adelantado el debut: el 17 de agosto, toca escrache al Rey. El 6 de septiembre, conmemoración del golpe parlamentario que derogó la Constitución y el Estatuto y aprobó las leyes de desconexión. El 11 de septiembre, la Diada, la marea amarilla dedicada monográficamente a los presos. El 1 de octubre, aniversario del glorioso referéndum. El 27, recuerdo de la declaración de independencia y del 155. A partir de ese día, Torra recupera la capacidad legal de convocar elecciones cuando su jefe lo disponga.

… Y entre fasto y fasto, con la temperatura por las nubes (y el Gobierno español en las nubes), llega el momento culminante: el juicio en el Supremo a los líderes del 'procés'. ¿Cabe imaginar mejor escenario para el irredentismo que celebrar una campaña electoral en paralelo con ese juicio? O quizás, esperar a la sentencia… Si esta sale como se espera, la ruptura con Sánchez y su Gobierno estará servida.

¿Les parece muy especulativo? Dejemos hablar a Torra:

P. ¿El juicio del 1-O es la clave de la legislatura?

R. Es una de las claves, evidentemente. Me imagino que nadie entendería que aceptásemos sentencias de escarmiento como si nada.

P. ¿Quiere decir que se daría por acabada la legislatura?

R. Quiere decir que sería un momento, efectivamente.

Una Cierta Mirada

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