En 12 meses, de la revolución al hastío
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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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En 12 meses, de la revolución al hastío

Los engaños que durante el último año han movido a la clase política han provocado que la sociedad española, y también la catalana, haya transitado de la excitación al aburrimiento

Foto: Una bandera independentista catalana ondea frente a la sede de la Comisión Europea. (EFE)
Una bandera independentista catalana ondea frente a la sede de la Comisión Europea. (EFE)

Según el panel de El Confidencial, el 49% de los españoles cree que el problema de Cataluña está hoy peor que hace un año (solo el 14% aprecia mejoría). El 61% augura que las cosas irán aún a peor en los próximos meses, frente a un magro 14% que pronostica que la situación mejorará. Y pese a la operación diálogo II, el 59% no cree posible llegar a una solución negociada.

Hace un año, se desató en Cataluña una insurrección institucional promovida desde la Generalitat. El 1 de octubre, el Gobierno de España fue burlado y desbordado, la turba se apoderó de la calle amparada por la policía de Trapero (teóricamente encargada de mantener el orden y en realidad protectora del desorden), y 48 horas más tarde estábamos ante una espiral prerrevolucionaria que obligó al Rey a salir a la palestra en defensa de la Constitución amenazada y a que hubiera que activar todos los resortes del Estado para frenar el golpe.

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Finalmente, la sublevación se sofocó. Sus cabecillas responderán ante la Justicia por sus delitos o están abocados a ser fugitivos de por vida. Al Govern amotinado lo cesó el BOE y nadie se atrincheró en ningún despacho. Tras muchas —demasiadas— dudas se aplicó el temido 155, y la Administración intervenida funcionó como una seda durante varios meses. Y los que proclamaron la república independiente de su casa se avinieron a participar en unas elecciones autonómicas convocadas desde La Moncloa.

Aparentemente, los hechos objetivos chocan con la sensación mayoritaria de que todo ha ido a peor. Pero lo cierto es que el sentimiento de derrota se apodera de los constitucionalistas. Sobre todo de los que habitan en Cataluña, ayer movilizados y hoy poseídos por el desaliento, atemorizados como nunca y con una desoladora sensación de abandono, sintiendo que, resulte lo que resulte, a ellos los entregarán —los han entregado ya— como prenda.

No están mejor los ánimos en el bando secesionista, donde hay una guerra civil entre dirigentes, nadie se fía de nadie, la república es un fantoche y la independencia una quimera, mientras lo único que mantiene el chiringuito abierto es la esperanza de una sentencia condenatoria que reavive la llama de la revuelta. Los de la estirpe de Torra no ven el juicio que viene como una amenaza, sino como una lancha salvadora.

Se ha constatado que el Estado puede impedir que los separatistas desmembren Cataluña de España, pero no que gobiernen aquel territorio a su antojo

Desde aquel 1 de octubre, ambos bloques se han fracturado y todo está atravesado por el engaño. Los separatistas se creyeron el cuento de que habían hecho un verdadero referéndum y no un pucherazo ignominioso que solo les sirvió para contarse por enésima vez: dos millones y ni uno más. Y el Gobierno de Rajoy fingió haber impedido algo cuando en realidad perdió el control de la situación en un fracaso operativo que estuvo a punto de desembocar en una catástrofe política.

Desde entonces, el principal factor de bloqueo de este conflicto es que ninguno de los actores se sincera ante sí mismo ni ante su público. En el Palau de Sant Jaume se confunde al pueblo de Cataluña con las partidas de la porra que en las próximas semanas practicarán a placer el vandalismo. Y en La Moncloa se reviste de avance histórico hacia La Solución el hecho de que envíen a un subdirector general a una reunión multilateral.

Se ha constatado que el Estado puede impedir que los separatistas desmembren Cataluña de España, pero no que gobiernen aquel territorio a su antojo. Estos, por su parte, ejercen allí el poder de forma implacable (si Cataluña fuera un Estado de la Unión Europea, la valoración democrática de su Gobierno no sería mejor que la de Polonia o Hungría), pero no pueden consumar la ruptura de España.

El independentismo ya se equivocó gravemente una vez cuando creyó que la debilidad de un Gobierno era la del Estado de derecho

Este equilibrio ha dado lugar a una especie de trueque feudal entre Torra y Sánchez: yo simulo rebelarme todos los días sin traspasar groseramente la raya de la rebelión real, a cambio de que tú no metas las narices en mis dominios. Yo te sostengo en el Parlamento de Madrid a cambio de que tú pagues religiosamente cuantas facturas te vaya presentando. Te permito aparentar que negociamos constructivamente a cambio de que hagas oídos de mercader a mis bravatas camorristas. Y sígueme el juego en esto: quienes impiden que la paz se abra camino no somos los políticos, sino los jueces. La ley como problema, ese es el nuevo hallazgo de la desinflamación.

Recientemente, han encontrado un señuelo común para sus respectivos auditorios, llamado Quebec. El penúltimo engaño consiste en escamotear que la relación de Cataluña con España no se parece en nada a la de Quebec con Canadá: ni en lo político, ni en lo histórico ni en lo constitucional. Que lo que allí ocurrió estaba autorizado por la ley, mientras aquí está expresamente excluido. Y que el pueblo de Quebec aún está pagando el precio de aquella aventura (más caro lo habría pagado de haber triunfado la independencia).

Cada uno engaña a su parroquia. Torra y los suyos mienten a los catalanes haciéndoles creer que mediante la presión se puede lograr que el Estado español acepte un referéndum de independencia, cosa que es metafísicamente imposible. Y Sánchez embauca a quienes lo siguen con la fantasía de que los independentistas estarían dispuestos a regresar a la senda de la autonomía votando un nuevo Estatuto o recuperando los artículos que el Tribunal Constitucional anuló (de nuevo, los jueces como culpables).

placeholder Pedro Sánchez y Quim Torra, durante la reunión mantenida en el Palacio de la Moncloa. (EFE)
Pedro Sánchez y Quim Torra, durante la reunión mantenida en el Palacio de la Moncloa. (EFE)

Se toleran mutuamente el engaño jugando con la semántica: vocablos como referéndum, autogobierno o acuerdo significan cosas opuestas en boca de uno y en la del otro, y ambos lo saben.

El independentismo ya se equivocó gravemente una vez cuando creyó que la debilidad de un Gobierno era la del Estado de derecho. Sánchez yerra cuando confunde la lucha intestina por la hegemonía nacionalista con una discrepancia sobre la cuestión de fondo que los une, que es y ya siempre será la ruptura con España. Por desgracia, en Cataluña el nacionalismo no separatista ha sido exterminado y esta generación no lo verá resucitar.

Un ejercicio colectivo de sinceramiento. Un Gobierno sólido en Madrid y otro en Cataluña que al menos sea leal al principio de legalidad. Líderes responsables y creíbles. Esas son las condiciones preliminares para que esto deje de ser un juego de trileros de segunda división y comience la política de verdad, la que tanto reclaman y tan mal practican.

Por todos los engaños, se comprende que desde aquel 1 de octubre la sociedad española, y también la catalana, haya transitado de la excitación de la revolución inminente al hastío infinito que hoy nos invade. Quién sabe, quizá por el hastío venga la solución.