Iglesias y Sánchez, amigos para siempre (por ahora)

Lo que ayer firmaron Iglesias y Sánchez viene a hacer las veces, con cuatro meses de retraso, del acuerdo de legislatura que no existió en el origen de este Gobierno

Foto: Pablo Iglesias y Pedro Sánchez bajan por la carrera de San Jerónimo. (EFE)
Pablo Iglesias y Pedro Sánchez bajan por la carrera de San Jerónimo. (EFE)

Lo que ayer firmaron Iglesias y Sánchez es mucho más que un acuerdo sobre los Presupuestos de 2019. Viene a hacer las veces, con cuatro meses de retraso, del acuerdo de legislatura que no existió en el origen de este Gobierno.

Es, sobre todo, un pacto político que los vincula con independencia de la suerte que corra el proyecto presupuestario. Si los nacionalistas o el Senado bloquearan la aprobación de esas cuentas, muchos en el Gobierno sentirían alivio, porque es tarea diabólica cuadrar la plataforma electoral de Podemos (que es el contenido dominante de las 50 páginas del documento firmado) con lo que demandan a la par Bruselas y la racionalidad económica. Pero los Presupuestos son solo el pretexto: el acuerdo político perdurará con o sin ellos, porque se sustenta en un lógica más conectada con la estrategia de poder que con cualquier criterio de política económica.

[Consulte aquí el documento completo del acuerdo]

Este acuerdo formaliza un bloque gubernamental de 155 escaños, una alianza fundada en que Sánchez satisface la exigencia de cogobierno que formuló Iglesias y este compromete su apoyo estable para lo que reste de legislatura. Es lo más parecido a un Gobierno de coalición que puede darse en la circunstancia actual.

Tras el 'shock' de la aparición de Podemos en 2014, la perplejidad inicial dio paso a un combate a vida o muerte. Podemos incubó la fantasía no ya de rebasar al PSOE, sino de enviar a la centenaria sigla al desván de la historia. Y los socialistas quisieron convencerse de que, pasado el susto del sorpaso, pronto recuperarían la hegemonía de la que se sienten propietarios por derecho natural. Era la época en que uno pactaba investiduras con Rivera y el otro escupía cal viva desde el escaño, quién los ha visto y quién los ve.

Sánchez satisface la exigencia de cogobierno que formuló Iglesias y este compromete su apoyo estable para lo que reste de legislatura

Ahora estamos en la fase de la aceptación recíproca del nuevo equilibrio. El PSOE de Sánchez ya sabe que le toca cohabitar en el espacio de la izquierda, y se conforma con ser 'primus inter pares' siempre que su jefe siga en La Moncloa (objetivo 2030). Iglesias ha asumido al fin que el modelo no es Grecia sino Portugal. Ya que no asaltar el cielo, sí que le pongan en él una amplia y confortable habitación con vistas.

Una vez que Podemos ha aceptado el papel de socio privilegiado pero subalterno en la nueva coalición, necesita maximizar la rentabilidad de la inversión. Ello implica, aquí y ahora, exhibir una influencia desmesurada en las decisiones del Gobierno. En este 'remake' celtibérico de 'El ala oeste', Sánchez se mira en el espejo y ve a un rejuvenecido presidente Bartlet, Iglesias pretende ser el Aaron Sorkin español y algún reputado asesor famosea interpretando el personaje de Leo McGarry.

Una vez que Podemos ha aceptado el papel de socio privilegiado pero subalterno en la coalición, necesita maximizar la rentabilidad de la inversión

La segunda condición de Iglesias para que esta operación parezca ganadora ante los suyos es convertir a corto plazo la influencia en poder real, y hacerlo a todos los niveles. La programación es clara: primero, Gobierno de coalición en Andalucía, le guste o no a Susana. Después, gobiernos compartidos en todos los ayuntamientos y comunidades autónomas en que den los números. Finalmente, el Gobierno de coalición en España caerá como fruta madura y se habrá cerrado el círculo (si por el camino consiguen también resucitar el tripartito en Cataluña, miel sobre hojuelas).

Probablemente, Sánchez comparte el plan. Por eso es esencial para ambos que las cosas se desarrollen precisamente por ese orden y que las generales sean la últimas del ciclo.

Sánchez tiene una ventaja decisiva sobre Rajoy: a él no lo pueden echar con una moción de censura, porque ningún candidato alternativo agruparía los votos necesarios. Así que, en el peor de los casos, todo lo que tiene que hacer es mantener el Parlamento congelado hasta que llegue el momento. El monopolio de fijar el momento es lo único que no negociará con Iglesias ni con nadie —ni siquiera con su propio partido—. Todo lo demás está en el mercado.

La convocatoria electoral no está ligada a los Presupuestos, ni a una ruptura de los independentistas, ni a la economía ni a que aparezcan 10 escándalos o haya que dar 100 bandazos más. Nada que ver con el interés del país. Las elecciones llegarán mañana o dentro de 20 meses, pero ello dependerá únicamente de una contingencia personal. Pedro lo sabe y Pablo también, este pacto es para ambos una especie de cinturón de seguridad para pasar mejor las curvas que vienen.

Si el plan completo llegara a consumarse, la consecuencia sería el restablecimiento en la política española de una suerte de bipartidismo complejo. Se consolidarían dos polos enfrentados y completamente incomunicados entre sí: la derecha de PP y Ciudadanos y la izquierda del PSOE y Podemos. En las elecciones solo se decidiría cuál de los dos bloques suma un voto más que el otro para gobernar (en el caso de la izquierda, con la muleta de los nacionalistas) y cómo se reparten las fuerzas en el interior de cada uno.

La bipolaridad extrema y el exterminio de la transversalidad es el núcleo de la estrategia de conservación del poder diseñada por Sánchez y (ahora) compartida por Iglesias. Esa vía quizá clarifica la lucha por el poder, pero condena al país a la frustración de todas las reformas que requieren consensos amplios, que son todas las importantes. Con la política de trincheras (a la que tampoco hacen ascos desde el otro lado), podemos despedirnos durante mucho tiempo de cosas como una reforma política en serio, una salida concertada a la crisis catalana, la salvación del sistema de pensiones, el pacto educativo o la transformación del modelo energético, entre otras de trascendencia similar. Pero todo eso, ¿a quién le importa?

Como suele suceder con los productos políticos de laboratorio, los mayores obstáculos vienen del factor humano. El primero se presentará en Andalucía, con dos dirigentes territoriales que se detestan mutuamente y sienten lo mismo, personal y políticamente, por sus respectivos líderes nacionales. A Susana Díaz le repele la idea de gobernar con Podemos y a Teresa Rodríguez la de verse despachando todos los días con su mayor enemiga. Aunque puede que no les quede otra: seguro que Pedro Sánchez habrá celebrado más que nadie el arriesgado veto 'ad personam' de Ciudadanos a la investidura de Díaz.

El segundo obstáculo, y no precisamente menor, es que Pedro y Pablo se profesan una sólida desconfianza, ambos con razón. Para los de su especie lo definitivo es siempre provisional y la traición espera a la vuelta de la esquina. Por eso este pacto los ha hecho amigos para siempre… por ahora.

Una Cierta Mirada

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