El superdomingo de mayo y el poder absoluto de Sánchez sobre el PSOE

El sanchismo triunfador ocupa en solitario el escenario socialista. La polifonía de otros tiempos ha dado paso al monólogo consentido. Ya no hay dos PSOE

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)

No hay que hacer mucho caso a lo que Sánchez o sus portavoces autorizados emitan cada día sobre la fecha de las próximas elecciones. De los 7.300 millones de habitantes del planeta, solo uno tiene la capacidad de convocar elecciones generales en España. Sánchez está dispuesto a exprimir ese placer hasta la última gota. Cualquiera que sea la fecha elegida, no se permitirá el menor asomo de duda sobre el carácter radicalmente unipersonal de la decisión.

Si finalmente aciertan quienes auguran un superdomingo electoral el 26 de mayo, juntando en una misma jornada las elecciones territoriales, las nacionales y las europeas, ese sería el acto supremo de dominio del 'César vincitore' sobre su partido. Obligar a los candidatos socialistas de 8.000 municipios y 13 comunidades autónomas a ligar su destino al de Pedro Sánchez no es trago menor. Es probable que se impongan otros argumentos fuertemente disuasorios de esa decisión, pero la tentación es poderosa.

El superdomingo de mayo y el poder absoluto de Sánchez sobre el PSOE

Albert Rivera y los suyos repiten últimamente que pactarían con el PSOE, pero no con el sanchismo. La rebuscada antinomia sugiere la existencia de un doble sujeto político: por un lado estaría el PSOE (se supone que el del pasado, incluida la primera versión del sanchismo, con el que Rivera firmó un acuerdo de gobierno) y por otro su núcleo dirigente actual, que ya no sería el PSOE propiamente dicho aunque siga usando la sigla.

Desde la otra orilla, Teresa Rodríguez emite el mismo mensaje de fondo, pero cambiando los papeles: se puede pactar con el PSOE de Pedro Sánchez, pero no con el susanismo. Pablo Iglesias utiliza un razonamiento parecido para justificar 'ex post' por qué no apoyó al primer Sánchez (que entonces estaría ligado aún al "PSOE malo", el de Felipe González y sus continuadores) y sí al segundo, felizmente liberado de aquel vínculo.

Ambos discursos, el de Cs y el de Podemos, coinciden en diagnosticar una quiebra entre la trayectoria histórica del PSOE y su dirección actual

Ambos discursos, el de Ciudadanos y el de Podemos, coinciden en diagnosticar —unos para lamentarla y otros para celebrarla— una quiebra entre la trayectoria histórica del PSOE y su orientación actual, cuyo punto de inflexión se situaría en el regreso de Sánchez a la secretaría general tras su éxito en las primarias de mayo del 17. Un triunfo que permitió al hoy presidente romper el cordón umbilical y hacer todo lo que jamás habría hecho alguien ligado a la cultura del partido que refundó Felipe González.

La distinción entre "el PSOE de antes" y el de Pedro Sánchez tiene fundamento. Tanto en lo político como en lo orgánico, cuesta creer que uno y otro sean el mismo partido. Lo que sucede es que esa distinción ya no es pertinente en la práctica. La antinomia quedó resuelta en favor de una de las partes; y, suceda lo que suceda en el futuro inmediato, no se revitalizará. El PSOE del 78 capituló tras una batalla cruenta por sobrevivir a su última criatura; sus rescoldos carecen de vitalidad para hacer otra cosa que sumirse en la melancolía o adaptarse al producto que emergió victorioso de aquella batalla.

Es cierto que durante tres años —de julio del 14 a mayo del 17— el Partido Socialista vivió una guerra civil interna (una más en su larga historia). En ella chocaron frontalmente el modelo de partido institucional que enlazaba con el "espíritu de Suresnes" y el modelo cesarista y populista que desde el principio trató de implantar Pedro Sánchez, no tanto por motivos ideológicos, sino por la pulsión de sacudirse la tutela de quienes le entregaron el poder sin conocerlo y dos semanas más tarde ya se habían arrepentido.

Es cierto que durante tres años —de julio del 14 a mayo del 17— el Partido Socialista vivió una guerra civil interna (una más en su larga historia)

El momento culminante del enfrentamiento fue aquel sangriento comité federal del 1 de octubre del 16, cuando millones de ciudadanos atónitos asistieron en directo al espectáculo de la policía separando físicamente a unos socialistas de otros para evitar males mayores. Desde aquel día, ambos bandos supieron que esa sería una guerra de sometimiento. El hecho de que la batalla final la libraran los dos protagonistas de aquella carnicería no hizo sino confirmar el desenlace fatal: sin transacción posible, unos tendrían que arrodillarse para que prevalecieran los otros.

La batalla se planteó en dos frentes: por un lado, la resistencia a confundirse con la emergente izquierda populista y a gobernar con el apoyo del secesionismo. Por otro, la concepción de un partido orgánico, gobernado por principios de democracia representativa, frente al modelo plebiscitario, en el que solo es operativa la relación directa entre el líder y las bases.

En medio, dos elecciones generales con fracaso, una investidura fallida, un año de bloqueo 'noesnoísta' y una abstención traumática para evitar el suicidio de las terceras elecciones.

Finalmente hubo vencedores y vencidos, y los primeros impusieron su ley sin contemplaciones. Todos los que en su día fueron puntos de discordia han quedado unilateralmente resueltos: se ha llevado adelante el proyecto de convergencia estratégica con Podemos. Se ha desmontado el efímero frente constitucional para habilitar un gobierno respaldado por el nacionalismo independentista; y se ha procedido al vaciado orgánico del partido, cuyos antiguos órganos de control y decisión han pasado a ser ornamentales.

Pablo Iglesias en un encuentro en Alcorcón. (EFE)
Pablo Iglesias en un encuentro en Alcorcón. (EFE)

Todo ello ha sucedido sin que los perdedores de las primarias muestren el menor vestigio de resistencia. La conquista del Gobierno terminó de asentar al nuevo régimen, consolidar la sumisión y acallar cualquier voz discrepante.

El succionado de la sigla por el líder es tan intenso que Susana Díaz se ha sentido obligada, en contra de todo lo que aconsejan la razón electoral y la tradición política, a hacer casi desaparecer la marca de su campaña, y plantearla en clave personalista.

Solo por inercia puede seguirse hablando de "los barones del PSOE" como un contrapoder relevante y operativo. Los antiguos barones, dirigentes territoriales con mando en las decisiones nacionales, ya no existen como tales. Unos han devenido en cortesanos, otros se conforman con que se les permita sobrevivir confinados en sus territorios y algunos, como el siempre digno Javier Fernández, enfilan el camino de la retirada al exilio interior.

No hay dos PSOE, ya no. El sanchismo triunfador ocupa en solitario el escenario socialista. La polifonía de otros tiempos ha dado paso al monólogo consentido. No hay dos almas en pugna: en todo caso, un objeto valioso al que se le ha quitado el alma. Si del PSOE que conocimos queda o no algo más que el rótulo, supongo que será una apreciación subjetiva.

Una Cierta Mirada

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