Sánchez, entre la imprudencia y la impostura

Un repaso a su desempeño permite hallar un patrón de comportamiento: iniciativas vistosas seguidas de sonoras rectificaciones, frenazos aparatosos o, frecuentemente, de la nada

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)
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La imprudencia es un rasgo característico del Gobierno de Pedro Sánchez. Un repaso a su desempeño, aparentemente errático, permite hallar un patrón de comportamiento: iniciativas vistosas seguidas de sonoras rectificaciones, frenazos aparatosos o, frecuentemente, de la nada. En psiquiatría se describe como “pauta estable de comportamiento inestable”; y el refranero habla de “arrancadas de caballo brioso y paradas de burro manso”.

Todos los accidentes que ha sufrido este Gobierno se los ha fabricado él mismo. Primero, por subestimar su precariedad —o sobrevalorar su fortaleza—. Pero, sobre todo, por una sobredosis de audacia mezclada con un déficit de previsión. El rastro de los seis últimos meses es el de un rosario de anuncios espectaculares para los que nadie pensó en el segundo paso. El segundo paso, esa pesadilla que persigue a los demagogos.

Sin embargo, hay otro rasgo más profundo y aún más definitorio de su 'modus operandi': la impostura como principio estratégico.

En su primer buen discurso como líder de la oposición, Pablo Casado repitió la archiconocida frase de Lincoln: se puede engañar a todos durante algún tiempo y a algunos durante todo el tiempo, pero no es posible engañar a todos todo el tiempo. Pedro Sánchez se ha propuesto demostrar que el presidente americano no tenía razón. La osadía del intento fascinó a muchos y creó el espejismo de que quizá lo conseguiría. Hasta que los andaluces votaron y se evaporó el encantamiento.

Por citar solo algunos ejemplos de su periodo de gobierno, comenzó engañando al Parlamento al prometer que si ganaba la moción de censura convocaría elecciones. A partir de ahí, se sucedieron los engaños en todas las direcciones.

Engañó a los partidos de la oposición ofreciendo un diálogo que nunca practicó. Esta es la hora en que solo ha concedido un encuentro formal con el líder del PP y ninguno con el de Ciudadanos, y no porque hayan faltado motivos. El presidente más débil de la democracia es el más unilateral en sus decisiones. Todas las vías de consenso transversal están clausuradas.

Fue engañosa la formación de un Gobierno llamado “bonito”, más efectista que efectivo. Un equipo diseñado no para gobernar como equipo, sino para deslumbrar primero y enervarse después.

Engañó a los independentistas que le prestaron sus votos, alimentando ilusiones de “soluciones políticas” que sabía impracticables. Y a sus presos, haciéndoles concebir esperanzas infundadas de indultos o benignas peticiones de penas.

(Dice Borrell que en Cataluña no ha funcionado la política del ibuprofeno. Parece mentira que haya que recordarle, precisamente a él, que el ibuprofeno se receta para catarros y cefaleas, no para las septicemias).

Ha engañado reiteradamente a sus socios de Podemos: con el anzuelo de entregarles el poder en la televisión pública (aún sigue ahí la administradora única), con la escenificación en La Moncloa de un acuerdo presupuestario adornado con el logotipo del Gobierno de España y el de un partido político. Con promesas de cogobiernos presentes y futuros de las que se librará a la primera oportunidad.

Lo de los PGE es la historia de un multiengaño que continúa. Más de siete versiones contradictorias ha formulado sobre sus intenciones al respecto

Engaña cuando anuncia aparatosos proyectos legislativos, precursores de grandes transformaciones, que exceden con mucho la capacidad de un Gobierno ultraminoritario en una legislatura moribunda, y expiran al día siguiente de su alumbramiento. ¿Cuántas reformas constitucionales se han sacado a la palestra sin consultar a los partidos sin cuyo voto no puede siquiera iniciarse el procedimiento?

Trató de engañar a todos con un pacto trilero sobre el Consejo General del Poder Judicial que solo consiguió desprestigiar a la institución y dejar bloqueada para mucho tiempo su obligada renovación.

Lo de los Presupuestos es la historia de un multiengaño a varias bandas, que continúa. Más de siete versiones contradictorias ha formulado el presidente sobre sus intenciones al respecto. Hoy los presento, mañana no. Hoy los vinculo a las elecciones, mañana los disocio de ellas. Hoy me invento impuestos, mañana me olvido de ellos. Ha tratado de camelar a la Comisión Europea con cifras 'fake' de aumento del gasto y control del déficit que, naturalmente, no han colado. La evidencia empírica es que todo lo que anuncia Sánchez sobre los Presupuestos tiene la vigencia de un soplo.

Ha engañado a su partido haciéndole creer que su connivencia con los independentistas no afectaría a la marca común ni a sus expectativas electorales. Hoy tiene un ejército de candidatos municipales y autonómicos aterrorizados por que en mayo les apliquen una dosis de la receta andaluza.

Con el asunto de Franco ha tratado de enredar incluso a la Iglesia católica, que es como hacerle un truco de magia al mismísimo Houdini.

La base teórica de esta práctica es la constatación de que, en el tiempo de la posverdad, la penalización por la mentira es efímera

La base teórica de esta práctica es la constatación de que, en el tiempo de la posverdad, la penalización por la mentira es efímera, y que la forma más eficaz de desviar la atención de un fraude es presentando rápidamente otro. Donald Trump ha demostrado ser el maestro mundial en eso.

Pero ocurre que, a veces, un solo hecho inesperado rasga la cortina entera y deja al descubierto el tinglado de la farsa. Las elecciones andaluzas del 2-D han hecho emerger corrientes de fondo subterráneas y han cambiado de golpe el escenario político español. Pronto empezaremos a medir la dimensión de su onda expansiva.

Andalucía ha puesto a Sánchez —y con él a su partido— ante un dilema insoluble. Lo que necesitaría hacer para intentar salvar las elecciones arruina sus planes para la próxima investidura; y si persiste en preservar los votos nacionalistas que necesitará en la investidura, podría estar cargándose las elecciones. Su discurso del miércoles indica que, como es habitual, en la duda se opta por salvar el primer obstáculo y aplazar el segundo.

Si el del miércoles hubiera sido el primer discurso de un Pedro Sánchez inédito, reconfortaría escuchar cosas como que “el referéndum es la mejor vía para dividir a un país”, o la denuncia de “quienes ensanchan o reducen sus márgenes ideológicos en función del contexto y la negociación”. En su boca, tan sensatas afirmaciones suenan a burla.

Ya pueden asesores y analistas entretenerse con especulaciones topográficas (“si este se desplaza tres centímetros a la derecha y el otro dos a la izquierda, aquel podría ocupar cinco centímetros más de centro”). Finalmente, el voto es ante todo una cuestión de confianza. Y el problema de este presidente —del que ha contaminado a su silente y sumiso partido— es que si mañana proclamara haber descubierto la píldora que cura el cáncer, encontraría la indiferencia un tanto irritada de los pacientes y la incrédula sonrisa de los oncólogos. Es lo que sucede cuando, como dice Ignacio Camacho, se confunde la política con la homeopatía y el personal ya te ha pillado el truco.

Una Cierta Mirada
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