Alfonso Guerra, entre la nostalgia y la profecía

Transformado ya para partidarios y detractores en emblema vivo de la democracia española, Guerra entrega un libro militante, como todo lo que ha hecho en su vida

Foto: Alfonso Guerra y Felipe González
Alfonso Guerra y Felipe González

Cuando el Rey nombró a Adolfo Suárez presidente del Gobierno, Alfonso Guerra era el responsable político de 'El Socialista', órgano del entonces ilegal PSOE. El 10 de julio de 1976, el periódico clandestino apareció con un editorial de portada en el que afirmaba: "Aunque parezca paradójico, puede resultar útil el nombramiento de un presidente del Gobierno que no fue protagonista de la Guerra Civil, sin un pasado político relevante, que procede del Movimiento y que, por conocerlo perfectamente, puede ser un buen arquitecto para derribar las instituciones del régimen".

El texto reclamaba al nuevo presidente "la apertura de negociaciones con la oposición para la creación de un nuevo sistema político que garantice la las libertades a todos los ciudadanos de España". Y se atrevía a concluir con una advertencia terminante: "Si esta tarea no se cumple, la próxima crisis no será de Gobierno, sino de régimen. Y la Corona será la principal protagonista de esa crisis".

Nadie más —aparte de los que estaban en el secreto— consideró entonces que la llegada de Suárez al poder fuera una oportunidad y no un inmenso error, condenado a un fracaso tan seguro como temprano. De hecho, no se encuentra ninguna publicación democrática de aquel momento, legal o ilegal, que no recibiera con desolación lo que se interpretó unánimemente como un triunfo del búnker franquista.

Sorprende la lucidez y la madurez del texto (en el que colaboró, como en su recuperación de hoy, José Rodríguez de la Borbolla) proviniendo de un joven dirigente antifranquista, con toda la sobrecarga ideológica de la izquierda de la época, desprovisto de información sobre lo que se cocía en los centros del poder político y armado únicamente de intuición y capacidad de análisis.

Guerra entrega un libro militante, como todo lo que ha hecho en su vida. En este caso es un acto de militancia "en defensa de la Constitución"

43 años más tarde, tras una peripecia política intrincada y apasionante y transformado ya para partidarios y detractores (muchos han sido ambas cosas en distintos momentos del recorrido) en emblema vivo de la democracia española, Guerra entrega un libro militante, como todo lo que ha hecho en su vida. En este caso es un acto de militancia "en defensa de la Constitución", aquella que él ayudó como pocos a venir al mundo.

Hay que suponer que si a estas alturas se siente obligado a comparecer en defensa de la Constitución es porque la percibe en grave peligro, porque uno de los rasgos del personaje es que lo que dice o hace puede ser más o menos acertado, pero jamás superfluo.

Periódico 'El Socialista', 10 de julio de 1976
Periódico 'El Socialista', 10 de julio de 1976

La lectura del texto, a medio camino entre el relato y el alegato —como corresponde a un hombre de acción que piensa, aunque él se empeñe en invertir los términos— trae a la memoria una parte del aroma de Stefan Zweig en su inolvidable 'El mundo de ayer'. Contiene a la vez un lamento nostálgico por un tiempo que pasó para no volver (en este caso, una concepción de España y de la acción política arrasada por la furia de los mediocres) y una profecía estremecedora sobre el futuro de nuestra democracia. "En todas las catástrofes derivadas de la intransigencia política", afirma en la entrevista que le hace Javier Caraballo, "nadie pensaba en el desastre quince días antes. Cuando estalla el enfrentamiento, se propaga a velocidad de vértigo".

¿A qué desastre se refiere? Según Guerra, "la democracia se está deslizando hacia una dictadura con elecciones, una dictadura votada. Se elige al dirigente, pero este se encuentra liberado de contar con los demás para tomar las decisiones". El cesarismo, ese tumor maligno que es la esencia del nacionalpopulismo, lo detecta también en su propio partido. En este caso, el lamento se torna en la indignación de quien ve la obra de su vida convertida en un guiñapo irreconocible.

Guerra señala a los principales responsables: unas élites políticas (lo de élites es un decir) que han desarrollado aversión al consenso y consideran toda cesión como una derrota; la ofensiva combinada del populismo, dispuesto a derribar la democracia representativa, y el nacionalismo, dispuesto a acabar con España como realidad nacional; los estragos sociales de la crisis económica; y sobre todo, el acobardamiento de los dirigentes de la izquierda que renuncian a sostener la institucionalidad democrática y entregan a la derecha el monopolio de la defensa del orden constitucional. El inaceptable retroceso ante lo que llama, en expresión afortunada, "los partidos termiteros".

Alfonso Guerra posee un agudo apego a lo institucional (que trasladó a la construcción de su partido como aquella formidable maquinaria política que fue y ya no será), una acendrada desconfianza jacobina hacia la centrifugación territorial del poder y una insalvable distancia emocional con el mundo del dinero, que es el único de los poderes fácticos con el que jamás logró entenderse. Esos ejes de su pensamiento se transparentan en todas las páginas de su libro.

Es difícil no compartir su visión de la Constitución de 1978 como algo que vale mucho más que un mero instrumento jurídico. Esta Constitución, sostiene Guerra, fue, en términos históricos, "un acta de paz, un armisticio; el cierre de una guerra civil, de una dictadura y de dos siglos de enfrentamientos entre españoles". Demolerla supone reabrir el cisma español, y quienes buscan ese resultado saben muy bien a dónde deben ahora dirigir sus torpedos: a la unidad nacional y a la monarquía parlamentaria.

Por eso, todo el libro es un alegato contra las fuerzas nacionalistas y una protesta contra quienes les abren paso por oportunismo suicida. A la luz del actual conflicto de Cataluña. Guerra llega a una conclusión desoladora: jamás podremos volver a confiar en los nacionalistas. Los creímos en el momento constituyente, admite, y quizá no debimos hacerlo: los nacionalistas llevan la deslealtad en la sangre y siempre estarán preparados para traicionar cualquier pacto constitucional que se alcance con ellos, como acaban de hacer en Cataluña.

Jamás podremos volver a confiar en los nacionalistas. Los creímos en el momento constituyente, admite, y quizá no debimos hacerlo

Su error (esta parte es mía) fue que en el otoño de 2017 confundieron la debilidad de un Gobierno con la del Estado, y por eso el día 12 tienen una cita en el Tribunal Supremo. Quizá tampoco deberían confundir ahora la debilidad entreguista de este otro Gobierno, el de Sánchez, con la voluntad de la sociedad española (incluidos millones de catalanes) de seguir siendo las dos cosas: sociedad y española.

El libro no puede evitar ser también personal y sentimental, como el personaje mismo. A veces de forma explícita y a veces más oblicua, incluso inconsciente. Como el fragmento en que, con el pretexto de relatar una conversación con Adolfo Suárez, deja caer de pasada una frase con otro destinatario: "Comprendí que la amistad no es otra cosa que una negociación siempre inconclusa de dos soledades". Acabáramos, fue eso.

Una Cierta Mirada

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