La vejez prematura de Podemos

Podemos es un caso de progeria política. Aquella avasalladora formación que hace cuatro años puso patas arriba la política española arrastra los pies para contener su decadencia

Foto: El líder de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)
El líder de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)

La progeria es una rara enfermedad genética que acelera el envejecimiento de los niños y los convierte físicamente en ancianos antes de llegar a la adolescencia. Además de un pronóstico de vida corta, los niños afectados por ella padecen lo peor de ambos mundos: sufren los achaques de la vejez, pero carecen de la sabiduría, la experiencia y el cuajo que esta proporciona. Son viejos por fuera y niños por dentro.

Podemos es un caso de progeria política. Aquella avasalladora formación que hace cuatro años puso patas arriba la política española arrastra los pies para contener su decadencia. Hoy se hace difícil reconocer en el destartalado partido de Pablo Iglesias al heraldo restallante de la nueva política.

En sus primeras elecciones generales (diciembre de 2015), Podemos y sus confluencias obtuvieron 5,2 millones de votos sin contar aún con Izquierda Unida. Gran parte de sus votantes venían del PSOE: el 40% había votado a Rubalcaba en 2011 y, probablemente, muchos más respaldaron a Zapatero en 2008. El sorpaso parecía cuestión de meses. Y de ahí, a conquistar el cielo.

Podemos empezó a actuar como un partido viejo casi nada más pisar las alfombras de las Cortes

Podemos empezó a actuar como un partido viejo casi nada más pisar las alfombras del Palacio de las Cortes. En las dos investiduras de Pedro Sánchez (considerando como tal la moción de censura), Pablo Iglesias hizo sendos negocios ruinosos; y si dan los números, todo apunta a que en la tercera se consumará la bancarrota.

En la primera, le deslumbró la perspectiva de una segunda elección en la que, sumando sus fuerzas con las de Garzón, rebasaría sin duda al viejo partido. No lo consiguió y, además, comenzó a devolver al PSOE una porción de votantes que no comprendieron aquella maniobra que apuntaló a Rajoy. Pese a la tormentosa peripecia de los socialistas durante la legislatura, nunca más el sorpaso ha vuelto a estar cerca.

En la segunda ocasión, entregó el poder a Sánchez a cambio de nada. Ni obtuvo poder ni recuperó votos. Tras la moción de censura, las pérdidas hacia el PSOE se hicieron torrenciales. El propio Iglesias favoreció esa deriva con dos errores fatales:

El primero, aceptar convertirse en fuerza subalterna. Con su vocación por las dicotomías polarizadoras, adiestró a sus seguidores en una visión maniquea que solo admite dos situaciones comprensibles: estás en el poder o estás contra el poder. El caso es que ahora mismo Podemos ni manda ni combate al que manda. Lo que, además de desconcertar a su personal, conduce a la pregunta más relevante en la hora de la decisión de voto: ¿para qué sirve exactamente Podemos, aquí y ahora? La respuesta obvia es que, básicamente, sirve para sostener a Sánchez en el poder. De sorpasista a comparsa.

El segundo error fue instalarse en la dicotomía más perjudicial para sus intereses. Antes era la casta contra el pueblo, siendo el PSOE parte de la casta; o los de abajo contra los de arriba, siendo Podemos el único valedor legítimo de los de abajo. Dos embustes funcionales en un discurso populista.

Llegó Andalucía, emergió Vox e Iglesias cayó de lleno en la trampa, llamando a la resistencia antifascista. Quien no crea estar en la España de 1934 combatiendo contra la CEDA lo rechazará por anacrónico y peligroso. Quien lo crea sentirá el impulso de fortalecer a aquel que está en condiciones de derrotar al monstruo faccioso de las tres cabezas. Ese, hoy, se llama Sánchez. Así pues, todo lo hecho y dicho por Iglesias en la fase final de la legislatura contiene un llamamiento al voto útil de la izquierda para el PSOE. Lo malo para él es que le están haciendo caso: en los dos últimos meses, medio millón de sus votantes han vuelto al campo socialista, y la riada continúa.

Añadan una posición equívoca y un discurso delicuescente, dictado por Colau, sobre el conflicto de Cataluña. Solo el 11% de los votantes de Unidos Podemos desea que se reconozca el derecho de autodeterminación. Frente a ellos, un 59% prefiere un Estado autonómico como el actual, quizá con más competencias para las comunidades; y un no despreciable 22% optaría por recortar o eliminar las autonomías. En la cuestión clave, Iglesias ha abrazado una causa 'inconfortable' e incomprensible para su propio electorado.

Por si los errores estratégicos no fueran suficientes, asistimos al fracaso con estrépito de Podemos como partido. Se quiso combinar la construcción de un partido nacional con una confederación de confluencias que, en la práctica, implicaba ausentarse de grandes zonas del territorio. Tras las confluencias de Cataluña, Valencia y Galicia, vino la andaluza de Teresa Rodríguez; y tras ella, la madrileña de Carmena y Errejón. El PSOE —o cualquier otro partido nacional— se puede permitir un PSC, pero no cinco. Ahora viene la dispersión de las confluencias, que huyen de la quema.

Finalmente, se montó una organización vertical, carente de organicidad y de todo procedimiento no cosmético de toma colectiva de decisiones. Todo el poder se concentró en la cúpula, ocupada por una pareja peronista (Juan y Evita, Néstor y Cristina) que no oculta sus planes autosucesorios. Y ello se acompañó de una práctica implacable de purgas a los disidentes, empezando por los socios fundadores. En una organización de génesis asamblearia, el mensaje de “tú a Siberia y yo a Galapagar” contiene todos los elementos de una implosión como la que se ha producido.

El resultado de tanto despropósito es que Unidos Podemos comenzó la legislatura con un 21% del voto y, en el actual promedio de las encuestas, está en el 14% y bajando. La friolera de 1,7 millones de votos extraviados por el camino. Fue tercero cómodo y, si continúa la progresión de Vox, está en riesgo de quedar quinto.

Tras las elecciones de 2015, sus votantes puntuaban a Iglesias con un 7,5 sobre 10. Hoy logra apenas el aprobado raspado de los suyos

La crisis de liderazgo de Podemos es inocultable. Tras las elecciones de 2015, sus votantes puntuaban a Pablo Iglesias con un 7,5 sobre 10. Hoy logra apenas el aprobado raspado de los suyos y un suspenso contundente del resto. Cuanto más manda, menos lo quieren.

Quizás Errejón tenía razón cuando contemplaba con recelo que Podemos se convirtiera en un partido. O quizá sabía con quién se jugaba los cuartos. ÉL VUELVE, se anuncia ahora. Lo que está por demostrar es que sea una buena noticia.

Pablo Iglesias y sus compañeros de aventura son la demostración viva de la distancia existente entre la politología y la política. Mientras, la progeria de Podemos avanza, imparable. Dicen los médicos que es un mal genético para el que no existe tratamiento conocido.

Una Cierta Mirada
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