La noche loca del domingo 26

Dicen que agrupar tres o cuatro elecciones en un día es un ahorro. A mí me parece un disparate político y operativo

Foto: Foto: EFE
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No está siendo especialmente lucida –ni lúcida- la actuación de la Junta Electoral. Viene encadenando una sucesión de decisiones confusas, torpes y, con frecuencia, difíciles de comprender para el ciudadano común. No es buen síntoma que el árbitro se convierta en el protagonista del partido. Quizás convendría asegurarse de que los miembros de ese órgano, además de saber de derecho, sepan también algo de elecciones.

En su descargo hay que decir que los jugadores no se lo han puesto fácil. Además de las marrullerías de costumbre, esta vez se han empeñado en crear situaciones inéditas para las que, a falta de precedentes, ha habido que improvisar. Me temo que se ha hecho con más desacierto que acierto.

Pero la culpa principal es del legislador. Nuestra LOREG (Ley Orgánica del Régimen Electoral General) es una castaña antediluviana que funcionó en los tiempos de la cultura analógica y del bipartidismo, pero reveló todos sus agujeros e incongruencias cuando vinieron Internet y la fragmentación política.

El PSOE y el PP perpetraron en 2011 una reforma parcial de la Ley que la empeoró consistentemente. Muchas de las situaciones absurdas que hemos vivido en estas campañas (el lío de los debates, la iniquidad del voto rogado, el puntilloso control de vallas y banderolas mientras las redes sociales son una selva sin control, el pertinaz secuestro de las encuestas en la última semana) provienen de aquella cacicada normativa que no tuvo otro propósito que amartillar el control de los aparatos partidarios sobre el proceso electoral.

España tiene un bien ganado prestigio por la rapidez y eficiencia de sus recuentos electorales. Pero la noche del 26-M nos devolverá a aquellas primeras elecciones de la democracia en que nos íbamos a la cama a las 4 de la madrugada sin terminar de conocer el resultado.

Su usted ha tenido la desgracia de que lo designen para formar parte de una mesa electoral, despídase de su familia al salir de casa, porque tardará en volver a verla. Tendrá que presentarse en el colegio electoral a las ocho de la mañana. Soportará doce horas de votación en las que cada elector tendrá que depositar sus papeletas en tres urnas, lo que hará que todo resulte más lento y premioso. Con el problema añadido de que esta vez los censos no coinciden: hay quienes pueden votar en una urna pero no en las otras dos, y viceversa. Así que habrá que verificar a cada votante tres veces.

Luego vendrá el infierno del recuento. Primero, las europeas: leer y mostrar las papeletas una a una, esperar que no haya dudas o reclamaciones, redactar el acta y transmitirla. Para colmo, esta vez hay dos administraciones electorales: el ministerio del Interior para europeas y municipales, y la Comunidad autónoma para las autonómicas.

Después, mismo proceso para la urna municipal. Y después, la autonómica. Si reside en Baleares o Canarias, aún le quedará el recuento de los cabildos insulares. Si su mesa es grandecita (pongamos de 1.000 electores, que abundan en el centro de las capitales), con suerte terminará cerca del amanecer.

Si es usted un ciudadano interesado, no cuente con disponer de un mapa completo del resultado electoral hasta la hora en que, en la noche de los Oscar, se entregan los premios mayores. Y si es un profesional de los medios de comunicación, prepárese y prepare a su auditorio para una barahúnda inconexa de datos parciales apelotonándose durante horas.

Dicen que agrupar tres o cuatro elecciones en un día es un ahorro. A mí me parece un disparate político y operativo; pero al menos este podría atenuarse si el legislador se pusiera a la tarea con un poco de sentido común. Menos mal que Sánchez no hizo caso a quienes le reclamaban un Superdomingo, que habría sido un supercaos.

Una Cierta Mirada
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