La trampa de la investidura consentida

Los caminos fáciles: se abstiene Ciudadanos, se abstiene ERC, y todos felices. Yo nunca he votado a un partido para que se abstenga, sobre todo en las cuestiones trascendentales de la nación

Foto: Sánchez y Rivera. (EFE)
Sánchez y Rivera. (EFE)

El Partido Socialista obtuvo en las elecciones un 29% del voto popular y un tercio de los escaños del Congreso. Por ser la primera minoría de la Cámara, el Rey propuso a su líder como candidato a la investidura. Pedro Sánchez adquirió así el derecho de solicitar la confianza del Parlamento para presidir el Gobierno. Pero ello le impuso también la obligación política de construir una mayoría parlamentaria capaz de sostenerlo. No un amontonamiento circunstancial de votos para pasar la investidura, sino una verdadera mayoría estable de gobierno.

De entonces acá, el líder socialista actúa como si el encargo del Rey fuera ya un nombramiento. Ha transformado el legítimo derecho de intentarlo en prerrogativa consolidada (“o gobierna el PSOE o gobierna el PSOE”, “España ha decidido que gobiernen los socialistas” y otras altaneras consignas de ese jaez). Y ha transmutado su obligación personal de alcanzar la mayoría en un imperativo categórico de concedérsela para los demás partidos. Con ello, desborda la primera parte del encargo y se sacude la segunda.

Ningún Parlamento democrático se siente obligado a entregar incondicionalmente su confianza a quien solo dispone de un tercio de los escaños. Y ningún aspirante a gobernar queda dispensado de componer mediante acuerdos la mayoría parlamentaria que no consiguió en las urnas.

Sánchez es el único candidato viable, pero ello no le autoriza a tumbarse a la bartola y reclamar que le den el problema resuelto. Al contrario, el hecho de que solo él pueda hacerlo agrava aún más su compromiso proactivo de ofrecer al país un Gobierno sostenible y evitar el desastre institucional de otra legislatura fallida. Si se repiten las elecciones, la culpa no será de quienes perdieron sino de quien ganó y solo quiso o supo administrar su insuficiente victoria mediante el chantaje.

Se trata de que Sánchez se gane el apoyo del Parlamento, no de que este se convierta en confortable felpudo para que él entre en la Moncloa bajo palio; 123 escaños entre 350 no dan para un Gobierno en solitario, por mucho que Sánchez y sus voceros se empeñen en vender esa falacia y encuentren compradores.

123 escaños no dan para un Gobierno en solitario, por mucho que Sánchez y sus voceros se empeñen en vender esa falacia y encuentren compradores

Se compara la situación actual con la de 2015, pero se omite que lo primero que entonces hizo Rajoy fue ofrecer un acuerdo de gobierno al Partido Socialista; y en segundo lugar, a Ciudadanos. Nada de eso, ni parecido, ha hecho Sánchez hasta ahora. Ni siquiera respecto a su supuesto socio preferente, al que viene tratando más bien como servicio doméstico y sometiéndolo a humillaciones diversas hasta que doble la cerviz.

La trampa de la investidura consentida

Coincido con quienes opinan que, con este Parlamento, la solución natural, estabilizadora, tranquilizadora para la mayoría de la sociedad y políticamente más saludable vendría de un Gobierno compartido entre socialdemócratas y liberales. Un Gobierno cómodamente mayoritario, reformista, europeísta e inmaculadamente constitucionalista, capaz de impulsar acuerdos transversales para las grandes reformas paralizadas durante más de un lustro por la nefasta cultura del noesnoísmo, y coherente con la política de ambos grupos en Bruselas y en Estrasburgo.

Cualquier otra solución es peor: el Gobierno del PSOE en solitario condena al país a la inestabilidad crónica, y el pacto PSOE-Podemos nos instala definitivamente en la polarización de bloques que todo lo bloquean y en la política de tierra quemada.

Otra solución es peor: el Gobierno del PSOE en solitario condena al país a la inestabilidad crónica, y con Podemos nos instala en la polarización

Es lógico, desde esta posición, reclamar a Sánchez que tome la iniciativa de proponer a Ciudadanos un acuerdo de concertación socialdemócrata-liberal. Solo si la oferta fuera seria y Rivera la rechazara sin prestarse siquiera a explorarla tendría sentido el diluvio de reproches que recibe de quienes tutelan desde fuera la estrategia de Ciudadanos y le señalan el buen camino. Pero la propuesta no ha existido, y, al parecer, nadie la echa de menos. Se diría que, para algunos, la responsabilidad de hacer presidente a Sánchez recae más en Albert Rivera o Pablo Iglesias que en el propio Sánchez.

Se da por hecho que la base programática del próximo Gobierno vendrá del entendimiento entre el PSOE y Podemos, con coalición o sin ella. Será una síntesis entre la izquierda institucional y la radical-populista. A la vez, se exige al partido liberal que ponga sus votos a disposición de tal artefacto. Si entiendo bien a algunos preceptores y prescriptores de Ciudadanos, se espera que Rivera entregue la presidencia del Gobierno a Pedro Sánchez… para que gobierne de la mano de Pablo Iglesias. En interés nacional, por supuesto.

Los defensores del bisagrismo como misión histórica de Ciudadanos omiten el pequeño detalle de que la vocación de los llamados 'partidos bisagra' es participar en gobiernos alternativos, no apoyar coaliciones ideológicamente escoradas que los excluyan. Nadie exigiría a los liberales alemanes que faciliten un Gobierno entre el SPD y la izquierda radical de Die Linke. Sería una inmolación absurda.

Es coherente que desde el espacio socioliberal se demande al PSOE que intente una aproximación seria a Ciudadanos. Y que desde el centro derecha evolucionado se reprochara a Rivera, en su caso, una negativa cerril. Lo que no se comprende es que se omitan todos esos pasos y se acepte sin más el derecho natural de Sánchez a formar el Gobierno que le dé la gana y la obligación de que los demás se presten a hacerle el pasillo.

“Para que no dependa de los independentistas”, se dice. O “para que no haya que repetir elecciones”. Nada de eso es obligatorio: aliarse de nuevo con el secesionismo o hacer colapsar la legislatura serían decisiones voluntarias de Sánchez, de las que solo él y su partido deberían responder.

Aliarse de nuevo con el secesionismo o hacer colapsar la legislatura serían decisiones voluntarias de Sánchez, de las que solo él debería responder

Antes de llegar a eso tiene a su disposición varias alternativas razonables. Por ejemplo, llamar mañana a Rivera y proponerle una coalición respaldada por 180 diputados. Si lo hace, muchos lo aplaudiremos; y si recibe un portazo por respuesta, empezaré a compartir las recriminaciones más o menos paternalistas que recibe el líder de Ciudadanos. Lo otro es invertir la carga de la prueba y dar por buena la falacia sanchista del derecho supuestamente adquirido a gobernar como se le antoje con 123 diputados.

Es cierto que la gestión estratégica de la dirección política de Ciudadanos viene siendo un desastre sin paliativos, pero eso queda para otro artículo (en breve, en estas mismas páginas). Los caminos fáciles: se abstiene Ciudadanos, se abstiene ERC, y todos felices. Pero yo nunca he votado a un partido para que se abstenga, sobre todo en las cuestiones trascendentales de la nación. ¿Usted sí?

Una Cierta Mirada
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