El nuevo bloque de poder y la investidura ecuménica de Pedro Sánchez

Lo más asombroso es que se intente culpar a la derecha de una operación estratégica cuya responsabilidad corresponde, de principio a fin, a la dirección del PSOE

Foto: Ilustración: Raúl Arias.
Ilustración: Raúl Arias.

En dos jornadas electorales, ha quedado establecido el mapa del poder político en España para los próximos cuatro años. A simple vista, el balance es abrumadoramente favorable para el PSOE. Tendrá el Gobierno de España y nueve de las 17 presidencias autonómicas, además de participar en el gobierno de otras dos (País Vasco y Cantabria). Contará también con la mayoría de las principales alcaldías y con muchas diputaciones provinciales. Aun sin Andalucía y Madrid, será la mayor acumulación de poder institucional en manos socialistas desde 1983.

Lo notable es que Sánchez ha construido este imponente entramado de poder en un escenario de gran fragmentación política y partiendo de un resultado electoral paupérrimo comparado con los de Felipe González. Contado en votos, este es el mejor resultado de la era sanchista, pero sigue siendo peor que el de todos sus antecesores.

Mucho poder con pocos votos: un misterio solo aparente. Lo que en realidad se ha producido en 2019 es la emergencia en España de un nuevo bloque de poder, constituido por la alianza estratégica del PSOE con la izquierda radical-populista de Iglesias y Garzón y con todo el universo de los nacionalismos, incluidos los abiertamente secesionistas. No es propiamente el Partido Socialista quien ha obtenido tan enorme cuota de poder, sino la conjunción social-populista-nacionalista de la que Pedro Sánchez es arquitecto y primer accionista. La obra se inició hace un año en la moción de censura y ha culminado en los pactos subsiguientes a las elecciones de 2019.

El coordinador federal de IU, Alberto Garzón (c), junto al candidato de Unidas Podemos, Pablo Iglesias (i). (EFE)
El coordinador federal de IU, Alberto Garzón (c), junto al candidato de Unidas Podemos, Pablo Iglesias (i). (EFE)

El candidato Sánchez deberá la presidencia del Gobierno a los apoyos de Unidas Podemos (izquierda radical-populista), PNV (nacionalista), Compromís (izquierda nacionalista) y PRC (regionalista); y a las probables abstenciones, que equivalen a un voto positivo, de ERC (independentista, con sus principales dirigentes pendientes de sentencia por rebelión) y Bildu (extrema izquierda independentista y sucesora de Herri Batasuna). Ese será su sostén parlamentario para la investidura y, lógicamente, deberá seguir siéndolo para toda la legislatura.

Salvando al pintoresco populista cántabro, esa distinguida colección de socios tiene dos rasgos en común: en distintos grados, todos ellos mantienen una relación conflictiva con la unidad de España y una actitud impugnatoria hacia la Constitución de 1978. A lo que hay que añadir, en algunos casos, posiciones ideológicas claramente extremistas.

Rubalcaba no podrá ver cumplida su predicción distópica: el monstruo de Frankenstein ha pasado de la fase experimental a la realidad consumada

El panorama se completa con el repaso de los gobiernos autonómicos que contarán con presidencia o presencia socialista. Solo en dos, Extremadura y Castilla-La Mancha, el PSOE gobernará con sus propias fuerzas. Para montar los demás, ha reclutado a todas las fuerzas territorialmente centrífugas y vocacionalmente destituyentes de los parlamentos autonómicos. Rubalcaba, visionario creador del concepto, no podrá ver cumplida su predicción distópica: el monstruo de Frankenstein ha pasado de la fase experimental a la realidad consumada, y se dispone a gobernar España y la mayor parte de sus territorios durante los próximos cuatro años.

Así pues, pueden distinguirse ya cuatro periodos en la historia de nuestra democracia: el del consenso constituyente (1977-1982); el del bipartidismo, con hegemonías alternas de PP y PSOE hasta 2015; un confuso tiempo de desorden entre las elecciones de 2015 y la moción de censura de 2018, con la insurrección catalana en medio, y el bibloquismo que arrancó con la llegada de Sánchez al poder y se consolidó en las elecciones de 2019.

A partir de ahora, a un lado queda la coalición de derechas del PP, Ciudadanos y Vox, dispuesta a ejercer de contrapoder sin tregua ni concesión alguna. Al otro, en posición dominante, el trípode del socialismo alternativo de Sánchez, el populismo radical de Podemos y todos los nacionalismos peninsulares e insulares. Como dice Celaá, todos los votos son buenos para alimentar al convento y a caballo regalado no le mires el diente.

La portavoz del Gobierno en funciones, Isabel Celaá. (EFE)
La portavoz del Gobierno en funciones, Isabel Celaá. (EFE)

El triunfo estratégico de Sánchez es indiscutible, su plan de conquista del poder ha funcionado. Lo inquietante son sus consecuencias. El nuevo bloque de poder construido por Sánchez, enfrentado al de la derecha (con Ciudadanos ya abiertamente reconvertido y Vox admitido de hecho), aboca al país al cisma paralizante. Otorga una influencia desmedida a las fuerzas hostiles al sistema. Y convalida políticamente las alianzas con cualquier elemento subversivo que ponga sus escaños en el mercado.

Quizás el de Navarra sea el caso más paradigmático del oscuro territorio en el que nos adentramos. No intentaré mejorar —no se puede— el preciso diagnóstico de Zarzalejos sobre la trascendencia de que el Partido Socialista se ponga a disposición del proyecto de 'euskaldunización' del territorio foral. Añadiré una reflexión escuchada a alguien que conoce a fondo, desde hace mucho tiempo, los entresijos del socialismo vasco: “Existe una corriente en el PSE —me decía— que apuesta por liberar cuanto antes a Bildu del recuerdo de ETA, reconocer a ese partido como una fuerza democrática más del sistema —por tanto, como interlocutor admisible a todos los efectos— y, a medio plazo, tomarlo como aliado natural (ahora se dice socio preferente) en el espacio de la izquierda, soltando las amarras con el PNV”. La operación de Navarra y la posible abstención 'gratuita' de Bildu en la investidura de Sánchez, precedidas de ciertas cenas navideñas con fotografía incluida, adquieren un sentido singular a la luz de ese análisis. Salvando las distancias, no está tan lejos de lo que una parte del PSC aspira a hacer con ERC.

La socialista María Chivite (d) felicita al nuevo presidente del Parlamento de Navarra, Unai Hualde (i), de Geroa Bai. (EFE)
La socialista María Chivite (d) felicita al nuevo presidente del Parlamento de Navarra, Unai Hualde (i), de Geroa Bai. (EFE)

Con todo, lo más asombroso es que se intente culpar a la derecha de una operación estratégica cuya responsabilidad corresponde, de principio a fin, a la dirección del PSOE. La delirante historia según la cual Sánchez se vería forzado a entregarse a Iglesias, Junqueras y Otegi a causa de la intransigencia de la derecha es una de las milongas más absurdas que he escuchado últimamente. Si realmente se hubiera deseado otra clase de mayoría, todo se habría hecho de otra forma desde el principio (desde el día de la moción de censura, para ser precisos).

En el marco que establece el oficialismo, no se admite duda sobre la adhesión de Podemos. Por las buenas o por las malas, Iglesias tendrá que conformarse con firmar el programa común y con la limosna de cargos que le den. Y para facilitar eso sin que tengan que abstenerse los independentistas, máxima presión en todo el campo para que Ciudadanos se inmole. Ya puestos, sugiero que todos, desde el PP a Bildu, le hagan al candidato el pasillo del campeón y así asistiremos, por primera vez en esta democracia, a una investidura verdaderamente ecuménica.

Una Cierta Mirada
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