Investidura sin acuerdo, el posible regalo envenenado de Iglesias

Han pasado 115 días desde las elecciones, pero apenas pueden contarse seis de negociación efectiva para formar Gobierno: los que pasaron entre el 18 de julio y la votación del día 25

Foto: Pablo Iglesias pasa frente a Pedro Sánchez en el debate de investidura. (EFE)
Pablo Iglesias pasa frente a Pedro Sánchez en el debate de investidura. (EFE)

Han pasado 115 días desde las elecciones, pero solo pueden contabilizarse seis de negociación efectiva para la formación de un Gobierno: los que transcurrieron entre la noche del 18 de julio (cuando Sánchez abrió la puerta a una coalición con Podemos con la única condición de que Pablo Iglesias no se sentara en el Consejo de Ministros) y la votación del 25. Ese día se materializó algo que los socialistas siguen sin admitir: que quien solo tiene un tercio de la Cámara no puede imponer su voluntad a los otros dos tercios.

Tras aquella derrota, Sánchez ha malgastado casi la mitad del plazo disponible sin hacer nada útil para construir una mayoría de gobierno. Muchos juegos de manos y trucos de magia barata, mucha retórica efectista, demasiado abuso de los instrumentos institucionales para la propaganda de partido, algunas maniobras en la oscuridad para dividir al presunto socio, pero nada que se parezca a una auténtica negociación parlamentaria de gobierno.

El protocandidato está desplegando exactamente el mismo plan que condujo al primer aborto. Apostar por una única fórmula —el apoyo directo de Podemos e indirecto de los independentistas—, con exclusión de todas las demás que la aritmética de este Parlamento permitiría. Usar el tiempo como herramienta de asfixia colectiva. Descargar la responsabilidad sobre todos los demás, escaqueando la propia. Y someter al aliado imprescindible a un diluvio de improperios y humillaciones, esperando ablandar su voluntad por esa vía o, en su defecto, hacerle cargar con la cólera del frustrado electorado de la izquierda.

Hoy se reúne de nuevo el Consejo de Ministros, transmutado en comisión ejecutiva del PSOE (y su portavoz, en vocera partidaria). Hay al menos tres falacias muy gruesas en el discurso oficialista que volveremos a escuchar.

Pedro Sánchez.
Pedro Sánchez.

La primera es pretender que el único socio posible es la izquierda radical. Lo será porque usted lo ha querido. La mayoría Frankenstein no es un hecho inexorable derivado de las urnas, sino el resultado de una elección política del jefe del Partido Socialista. Para inculpar a otros del bloqueo, tendría que haber explorado alianzas alternativas, cosa que no ha hecho ni por asomo.

Ahora bien, esa decisión tiene la consecuencia de entregar a Podemos la gobernabilidad de España y el destino de la legislatura. Que haya o no Gobierno, que se repitan o no las elecciones, depende ya exclusivamente de Pablo Iglesias. Resulta inquietante que, en vísperas de una recesión económica y de un nuevo estallido del conflicto de Cataluña, el futuro inmediato del país esté en manos de un partido que procede de extramuros del sistema y que habita en la línea fronteriza de la Constitución.

La segunda falacia es la del supuesto valor decisorio de la abstención del PP y/o de Ciudadanos. Por suerte o por desgracia para ella, la derecha es una mera espectadora que no pinta nada en esta fiesta. Con el apoyo directo de Podemos e indirecto de ERC, su abstención sería innecesaria; y sin el voto de Podemos, sería inútil. El único dilema realmente existente es acuerdo con Iglesias o elecciones.

Albert Rivera. (EFE)
Albert Rivera. (EFE)

La tercera consiste en señalar como interlocutor único y socio necesario a un partido con el que, a la vez, se manifiestan discrepancias insalvables en cuestiones de Estado y hacia el que se exhibe y proclama una relación de absoluta desconfianza. La coincidencia en las cuestiones de Estado (las que tienen que ver con el fundamento de la nación) y la confianza recíproca son dos requisitos inexcusables de cualquier alianza de gobierno. Faltando eso, todo lo demás es ocioso. Leyendo el último comunicado del PSOE, asombra que esté dispuesto a gobernar con semejante compañía.

Pablo Iglesias descolocó a Pedro Sánchez cuando respondió a su agresión pública dando paso a su presentida sucesora. Ello metió al socialista en la negociación que nunca quiso, la de un Gobierno de coalición. Luego Pablo cometió la imprudencia de pedir carta con seis y media, y todo se desbarató.

Ahora podría hacer algo parecido. Aparentemente, su situación es endiablada. El Gobierno de coalición está descartado. Firmar un pacto de legislatura quedando fuera del Gobierno sería, además de una rendición humillante, una forma absurda de atarse las manos para cuatro años, con todos los inconvenientes de pertenecer al bloque gubernamental y ninguna de sus ventajas. Iglesias conoce ya demasiado bien a Sánchez para caer en esa trampa. Y encaminarse a unas elecciones es para Podemos —y, probablemente, para toda la izquierda— un riesgo temerario.

Queda la investidura sin acuerdo. Iglesias podría dar a Sánchez sus votos para la investidura unilateralmente, a cambio de nada. Sin ningún acuerdo ni negociación, pero sin ningún compromiso que se prolongue un minuto más allá de la votación. Se explicaría únicamente por evitar al país el trauma de una repetición electoral y por cerrar el paso a la derecha.

Para ello, ni siquiera necesitaría reunirse con el socialista, puesto que no habría nada que negociar. Le bastaría con anunciar públicamente la decisión y hacer saber al jefe del Estado que, si volviera a proponer a Sánchez como candidato, este tendría los 42 votos favorables de Unidas Podemos (ERC tardaría muy poco en anticipar su abstención, cerrando así todas las salidas).

Iglesias entregaría a Sánchez lo que más desea, el Gobierno en solitario. Pero sería el plato completo: rigurosamente en solitario. Tras votarlo, lo dejaría solo en toda la extensión del concepto, con sus 123 legionarios frente a toda la Cámara.

A partir de ahí, vendría el suplicio. Sin poder contar con la derecha para nada, el Gobierno tendría que acudir a la ventanilla de Podemos para cada votación, pagando facturas propias de una joyería de la Quinta Avenida hasta acordarse con nostalgia del maldito Gobierno de coalición.

Pablo Iglesias, en una entrevista en televisión. (EFE)
Pablo Iglesias, en una entrevista en televisión. (EFE)

Iglesias quedaría libre para defender su programa íntegro y fustigar al Gobierno ante cada acto que huela a debilidad ideológica o a transacción con la realidad. Ya avisamos —dirá— que cuando los socialistas gobiernan en solitario siempre terminan traicionando al pueblo. Con la recesión que viene y algunas decisiones que habrá que tomar, pretextos no le faltarán.

Ione Belarra, portavoz adjunta de UP, lo advirtió este miércoles. Parece que UP está dispuesto para una boda por todo lo alto o para que el PSOE pruebe el sabor ácido de la soledad, pero no para concubinatos ventajistas. ¿Podría aceptar Sánchez un encargo del Rey para gobernar en esas condiciones? Si no lo aceptara, quedaría como Cagancho.

Ignoro si ese es el plan de Iglesias, pero hacerlo sería un regalo envenenado y una pérfida venganza. Además, quedaría como un acto de generosidad política. Sería también un desastre para el país, pero eso ya está descontado en todo caso.

Una Cierta Mirada
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