El paraíso de los impostores

Imaginen a un candidato político a unas elecciones que, ante cualquiera de los mayores problemas del país —la crisis del sistema de pensiones, por ejemplo—, decidiera decir la verdad

Foto: Pedro Sánchez, durante su intervención en el comité federal del PSOE. (EFE)
Pedro Sánchez, durante su intervención en el comité federal del PSOE. (EFE)

Imaginen a un candidato que, ante cualquiera de los mayores problemas del país —la crisis del sistema de pensiones, por ejemplo—, decidiera decir la verdad. “Este es un problema muy complejo para el que no hay solución a corto plazo. Es posible asegurar la renta de los pensionistas actuales, pero no la de los ancianos futuros, que serán decenas de millones. La generalización del empleo precario, el envejecimiento de la población y las tensiones migratorias ciegan los caminos para hacer sostenible el sistema. Por no hablar de la dificultad de alcanzar los consensos necesarios para una reforma seria. Haremos todo lo posible para prolongar la vida del sistema público de pensiones, pero en algún momento habrá que replantear el modelo entero. En todo caso, ningún partido por sí solo tiene la solución, y el que afirme lo contrario miente”.

Si además trasladara ese mismo discurso de la verdad a otras cuestiones trascendentales (el conflicto de Cataluña, el cambio climático, la reforma del sistema político y tantos otros), su fracaso electoral estaría asegurado.

Cabe recordar la archiconocida frase de Lincoln, pero solo para constatar su no vigencia. Hoy se puede engañar a todo el mundo durante todo el tiempo, aunque no a todos con el mismo cuento. Cada clientela necesita su propio fraude.

A la evidente demanda de mentiras en el mercado político corresponde la sobreoferta de ellas. El relato ha sustituido a la idea. Como los niños que exigen un cuento mientras se duermen, esta sociedad infantilizada no desea verse ante el espejo de la realidad, sino que le pinten un dibujo a su medida. Tiene que ver con el desengaño de la política como una herramienta útil: ya que ustedes los políticos no resolverán el problema, al menos no me lo pasen por la cara. En su lugar, cuéntenme cualquier cosa que me dé una coartada para volver a votarles sin sentirme estúpido.

Por eso los impostores triunfan como nunca. Los llamamos populistas, por aquello de dar una pátina intelectual al concepto, pero su verdadero nombre en castellano es embusteros y proliferan en todos los espacios políticos. Es un fenómeno universal.

En nuestro corral doméstico, Pedro Sánchez es el Messi de la impostura. Otros la practican por necesidad o conveniencia; a él le sale de dentro, es su estado natural. Por eso se le ve tan cómodo empalmando patrañas.

Pedro Sánchez, en un acto del PSOE. (EFE)
Pedro Sánchez, en un acto del PSOE. (EFE)

Comenzar un ciclo electoral prometiendo un Gobierno de izquierdas y terminarlo buscando un entendimiento con el PP. Transitar en un suspiro de la plurinacionalidad al 'arribaespaña'. Interpretar sucesivamente al rebelde con causa, al líder izquierdista de todas las revoluciones pendientes y al estandarte del 'establishment'. Engatusar a Podemos con cantos de sirena unitarios mientras se urde su aplastamiento y se fomenta su quiebra interna. Machacar a los que en el PSOE defendieron que no es sensato gobernar con el radical-populismo y los secesionismos y que España necesita concertaciones políticas trasversales en el espacio constitucional, para terminar predicando exactamente eso. El gran bloqueador vendiendo potingues para el desbloqueo. Solo se empieza a entender al personaje cuando se asume que su lógica nunca es la del acuerdo, sino la del sometimiento.

En relación con el embrollo catalán, ha cambiado la zanahoria por el palo sin mediar otra cosa que una investidura fracasada, una sentencia pendiente y una elección que viene torcida. En realidad, Sánchez no tiene ni idea —nadie la tiene— de cómo resolver el maldito conflicto. Defendió el diálogo como pócima milagrosa mientras necesitó los votos independentistas para tomar el poder y conservarlo, y ahora esgrime el garrote porque viene una sentencia que crispará a la sociedad en vísperas electorales, y esta vez quiere ser él quien haga el discurso del Rey.

Ojalá fuera Sánchez el único impostor. Si se proyecta como una serie la trayectoria de Pablo Iglesias desde que irrumpió (nunca mejor dicho) en la política española, se ve que cada episodio es autónomo y que el hilo narrativo consiste en que no lo hay, salvo la malsana obsesión de entrar en contacto con los sótanos del poder. Después de Sánchez, es el político que más personajes distintos ha interpretado en los últimos cinco años. Ahora manotea para camuflar que el experimento de Podemos como partido ha entrado en ruina catastrófica y que lo único que le queda es bunkerizarse en el espacio tradicional de la izquierda anti-PSOE.

En el campo de la izquierda hace su aparición estelar Íñigo I el Deseado, el candidato más chic para tertulianos y cenáculos, dispuesto a medrar sobre el fracaso ajeno. Su discurso de presentación contiene una mezcla empalagosa de los verdes alemanes, Bernie Sanders y el peronismo kirchnerista que trae de fábrica. Le falta explicar cuáles serían sus diferencias de fondo, ideológicas y programáticas, con el partido que fundó y al que acaba de reventar desde dentro por puro despecho.

Hablando de imposturas, tampoco está mal la de Albert Rivera. Cuando se esfumó la fantasía macroniana de Ciudadanos, cambió la mercancía en dos semanas y se quedó tan ancho. Donde se anunciaba en origen un producto hecho de moderación, higiene democrática, modernidad y transversalidad política para acabar con la peste de los bloques, emergió un jabalí de la derecha más áspera, nuevo adalid de la polarización y el bibloquismo. Ciudadanos ya solo es el PP de los menores de 50 años, a la espera de que la biología haga su trabajo y le entregue el relevo.

Albert Rivera, durante una reunión de Ciudadanos. (EFE)
Albert Rivera, durante una reunión de Ciudadanos. (EFE)

Según las encuestas, la mitad de sus votantes habría deseado un acuerdo de gobierno con el PSOE y la otra mitad desearía una alianza electoral con el PP. Tras la doble negativa, el principal problema de Rivera será explicar para qué sirve Ciudadanos aquí y ahora.

Pablo Casado consumó en el PP una operación similar a la de Sánchez en el PSOE. Se encaramó al poder interno cabalgando sobre la frustración, exterminó todo lo que oliera a pasado o a discrepancia (llevándose por delante la experiencia de gobierno de un partido de gobierno), ensayó un discurso de pureza conservadora a ultranza… Para terminar abrazado al pragmatismo mariano y preparándose para disfrutar apaciblemente del nuevo escenario bipartidista que se avecina, no sin antes desangrar de votos a sus dos presuntos aliados, Ciudadanos y Vox.

El embuste de Santiago Abascal consistió en presentarse como el Trump o el Salvini español. En realidad es un burócrata criado en el aparato del PP, que aprovechó en el momento preciso “la ira del español sentado” de la que habló Lope de Vega, el cabreo atávico del celtíbero de edad y clase medias cuando los cambios fulminantes de la realidad escapan a su comprensión. Lo suyo es el último coletazo del nacional-catolicismo. Es probable que en España termine por aparecer con fuerza la ultraderecha xenófoba, pero no será con este liderazgo de jabón Lagarto y estropajo.

Hablando de impostores, qué decir de los dirigentes del independentismo catalán. A su lado, Boris Johnson es un gigante de la transparencia y de la verdad. Se estudiará durante mucho tiempo el alud de falsedades con las que intoxicaron a la sociedad catalana y la condujeron al borde del precipicio (no se descarta que den el paso siguiente). Ahora les toca hacer compatible la mística del carácter pacífico de su insurrección con el patrocinio del terrorismo de baja intensidad.

La pésima noticia es que todos los descritos, en mayor o menor grado, son productos electoralmente ganadores. Algo tendremos todos que ver en ello, porque las papeletas de voto no vuelan solas y las urnas no las llenan ellos.

Una Cierta Mirada
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