El 'procés' ha muerto, viva la revolución

Ha fallecido el 'procés' del modo más cruel: a manos de sus cachorros más salvajes, que finalmente descubrieron que sus cobardes tutores los habían engañado miserablemente

Foto: Manifestantes, durante los altercados del viernes en Barcelona. (EFE)
Manifestantes, durante los altercados del viernes en Barcelona. (EFE)

Los sucesos de una semana de fuego y furia han servido para rubricar el acta de defunción del proceso independentista, al menos en el formato ideado por sus inventores: el tránsito imaginariamente feliz, pacífico y amigable del autogobierno dentro de España a la república independiente de Cataluña. La secesión con anestesia, el parto sin dolor que terminó en aborto. Más que una fantasía, un cuento chino.

Ha fallecido el 'procés' del modo más cruel: a manos de sus cachorros más salvajes, instruidos desde la infancia en el desprecio a la ley y a la democracia, amaestrados como energúmenos para servir de fuerza de choque, que finalmente descubrieron que sus cobardes tutores los habían engañado miserablemente.

El 'procés' ha muerto, viva la revolución

La furia destructiva que se ha apoderado de las calles de Barcelona tras la sentencia no va contra el Tribunal Supremo ni contra el Estado español. Su verdadero destinatario es el 'establishment' político del nacionalismo en todas su versiones: la de ambos lados de la plaza de Sant Jaume, la de Waterloo y la de Lledoners. El que les vendió un paraíso republicano inexistente y a continuación se tragó el 155 entero, mendigando una negociación a cambio de conservar su porción de poder. Su epítome es la imagen de Rufián —el jabalí de pega transmutado en estadista de pega— expulsado del aquelarre por los jabalíes de verdad. En su huida, el timador decía cínicamente a una cámara algo así como “me da igual, yo ahora vivo en Madrid”.

La furia destructiva que se ha apoderado de las calles de Barcelona tras la sentencia no va contra el Tribunal Supremo ni contra el Estado español

La gran diferencia entre el otoño catalán del 17 y el del 19 es que en el primero había un objetivo político, aunque fuera ilusorio. Aquellas masas salieron a la calle porque creyeron lo de la autodeterminación, la independencia y la república. No queda nada de eso, y ya todos lo saben. Por eso ahora hemos asistido a la explosión de una rabia desnortada, la descarga iracunda de la frustración, la exhibición vengativa de todo el veneno que sus presuntos líderes les inocularon para manipularlos mejor. Nos hicisteis fieras, pues aquí tenéis fiereza: os podéis meter vuestro 'procés' por donde os quepa, porque ahora somos nosotros los amos de la calle, y vamos a reventarla.

Con la defunción del 'procés', se marchitó también su mística. Se acabó la imagen 'hippy' de las 'manis', la impostada unidad del independentismo, la idea de que una Cataluña gobernada por gente como Torra sería un paraíso republicano. Se desmanteló todo vestigio de institucionalidad respetable: ni el llamado Govern es un Gobierno, ni el 'president' se parece a un gobernante, ni el Parlament actúa como una verdadera Cámara legislativa. Se acabó también el chollo de determinar quién gobierna en España. Tras el 10 de noviembre, ni siquiera Pedro Sánchez se atreverá a contar de nuevo con ellos para encaramarse al poder (¿o sí?).

Lo que ahora queda al desnudo es la lucha feroz por el control del nacionalismo. Sin entender eso, no se entiende nada. El aparente pragmatismo de ERC defiende el banquete de poder que le aguarda cuando gane las próximas elecciones (que, no se olvide, serán autonómicas o no serán). La misión de Torrent, Aragonès y compañía es evitar que suceda algo que ponga en peligro los sillones que ocuparán y el ingente presupuesto que manejarán.

Puigdemont, por el contrario, es como un Sansón carlista de Girona: antes derribar las columnas del templo que entregárselo a los filisteos de ERC. Si hay que perder la autonomía en aras de la independencia, hágase: el fugitivo de Waterloo prefiere mil veces el martirio de un 155 purificador a una Generalitat en manos de Junqueras y los suyos (además, los muy traidores derrotan cada día más claramente hacia un segundo tripartito, previo exterminio del moscón convergente).

El fugitivo de Waterloo prefiere mil veces el martirio de un 155 purificador a una Generalitat en manos de Junqueras y los suyos

Por otra parte, Puigdemont ha comprobado que un Gobierno en el exilio solo se justifica cuando no hay un Gobierno efectivo en el territorio. Descartado que él vuelva a mandar, su ideal sería ver a Abascal en la Moncloa y a los tanques por la Diagonal. En su defecto, un 155 permanente también le serviría, todo por la patria.

Ante tanta politiquería paleta disfrazada de épica, en estos días triunfa la estrategia de la CUP. No solo porque las dinámicas confrontativas fortalecen a los extremismos (también a Vox) sino porque todas sus tesis salen adelante, encarnadas ahora por el orate Torra. Ellos fueron los primeros en hablar con desprecio del 'procesismo' como un grano a extirpar. Ellos defendieron antes que nadie la desobediencia sostenida, la implementación de la república sin diálogos ni zarandajas, la quiebra de la legalidad sin disimulos, la toma de la calle y el choque frontal con el Estado. Por todo ello, serán premiados con varios escaños en el próximo Congreso de los Diputados.

Salvadas las diferencias del contexto histórico, la CUP y sus derivaciones desempeñan en la Cataluña de hoy el mismo papel que la FAI durante la Guerra Civil. Su objetivo no es la independencia sino la revolución (recomiendo releer las amargas reflexiones que Azaña dedicó en su obra maestra, 'La velada en Benicarló', a la traición de los nacionalistas y los anarquistas catalanes en la lucha contra el fascismo).

Todo este mejunje ha destrozado el decorado que los ingenieros de la Moncloa diseñaron con mimo para el 10-N. En su plan, la sentencia del Supremo provocaría un nuevo desafío institucional que, a su vez, permitiría a Sánchez emerger como enérgico defensor de la legalidad y de la integridad patria, pronunciar el discurso del Rey y poner a su cola a los partidos de la derecha. Ello llamaría a las urnas a la Mayoría Cautelosa (con mayúsculas en la versión original), y el nuevo De Gaulle entraría en la Moncloa bajo palio con más de 150 escaños en el bolsillo.

Pero en política el orden de los factores sí altera el producto. Tras la sentencia, el frente institucional del independentismo se inhibió de cometer actos manifiestamente ilegales, y en su lugar aparecieron la guerrilla urbana organizada, la violencia desatada, la huelga general revolucionaria y, finalmente, el pillaje tercermundista. El 'Gobierno bonito' se vio ante un quilombo odioso, un gigantesco problema de orden público que lo fuerza a aparecer como represor o como tolerante con la violencia. En ambos casos, veneno electoral.

Ahora Sánchez necesita desesperadamente que baje el suflé de los disturbios para rehacer su campaña. Si por el camino Torra se equivoca y lanza otra DUI o cosa parecida, miel sobre hojuelas, aún es tiempo para recobrar el guion previsto (por eso lo provoca con desplantes retransmitidos a todo el país).

Mientras tanto, como señala Ignacio Camacho, llegó la hora de usar el comodín de Franco. El Caudillo, al rescate.

Una Cierta Mirada
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