10-N: pese a la gran metedura de pata, vote constitucional

Por legítima que sea la cólera social hacia estos dirigentes mezquinos, no se resuelve un problema creando otro mayor. Convertir el voto de castigo en autopunitivo no es una buena idea

Foto: Los candidatos a la presidencia del Gobierno, (i-d) Pablo Casado, Pedro Sánchez, Santiago Abascal, Pablo Iglesias y Albert Rivera. (EFE)
Los candidatos a la presidencia del Gobierno, (i-d) Pablo Casado, Pedro Sánchez, Santiago Abascal, Pablo Iglesias y Albert Rivera. (EFE)

No se puede anticipar hoy con precisión el resultado de estas elecciones. Pero disponemos ya de información suficiente para saber con certeza que provocarlas ha sido el acto más irresponsable cometido en la política española desde 1977. Sus efectos nocivos serán extensos y profundos, y no es seguro que puedan repararse en un futuro visible.

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Dinamitar una legislatura antes de que empiece a caminar; malograr un Parlamento recién elegido que ofrecía varias combinaciones posibles para formar un Gobierno estable con mayoría absoluta; maltratar el voto de 26 millones de personas como si los votantes estuvieran obligados a obedecer el designio de los políticos y no al revés. Todo eso sería muy grave en cualquier lugar, momento y circunstancia.

Pero lo es aún más cuando se da el agravante de la reincidencia. Quienes han conducido el país a esta situación hicieron la misma jugarreta hace tres años. Quizás el que aquello quedara políticamente impune les ha hecho pensar que empalmar elecciones y cargarse parlamentos sin estrenar sale siempre gratis.

Hemos transitado de un Gobierno precario a otro aún más precario, y por el camino hemos pasado el 40% del tiempo con ejecutivos en funciones, capados en sus obligaciones esenciales y ocupados únicamente de sobrevivir y de preparar la próxima campaña electoral.

La cronificación del bloqueo político ha levantado en la sociedad una oleada impugnatoria que comenzó afectando a los dirigentes, después se extendió a sus partidos, alcanzó las instituciones y ya lesiona el crédito de la democracia representativa como el único sistema disponible para resolver de forma civilizada y eficiente los problemas de nuestro tiempo. Todo ello, en plena ofensiva nacionalpopulista en el mundo entero.

Tras la sentencia, llegó el momento crítico en que el secesionismo catalán trasladó el escenario insurreccional de las instituciones a las calles, pasando de la violencia moral del 'procés' a la violencia física del 'apreteu', con un presidente de la Generalitat comprometido políticamente —y quizás operativamente— con una banda de forajidos que preparaban acciones terroristas, y un Gobierno acosando a su propia policía. Buscar a propósito la coincidencia de las elecciones con esa coyuntura ha sido un desatino increíble, solo superado por el dislate de imaginar que podría obtenerse aprovechamiento electoral de semejante circunstancia.

Condenar España a la provisionalidad permanente —la que existe y la que nos espera— cuando todos los países se preparan para un nuevo invierno económico de duración y dimensiones desconocidas es algo peor que jugar con el voto del pueblo: es especular con el bienestar colectivo y con la precariedad vital de muchas personas. Según parece, lo importante no era constatar que 100.000 trabajadores más han perdido su empleo en el último trimestre, sino celebrar el debate televisivo unas horas antes de que se conociera el dato.

De estas elecciones saldrá un Parlamento mucho peor que el anterior. Habrá más extremistas que nunca; habrá más nacionalistas, y más radicalizados si cabe; las fuerzas potencialmente moderadoras sufrirán la presión disuasoria, en sus respectivos espacios políticos, de competidores exaltados que les impedirán salir de la política de barricada, y la gobernabilidad será poco menos que impracticable. No habremos terminado de contar los votos de las segundas elecciones y ya estaremos temiendo —algunos, quizás, esperando— que lleguen las terceras.

Esta convocatoria nace de la fabulación estratégica de que, creándose las condiciones necesarias, se impondría la pulsión de la gobernabilidad

Cuando se tapona deliberadamente el flujo institucional, pueden aparecer dos pulsiones sociales: la pulsión de la gobernabilidad, que invitaría a fortalecer los partidos con capacidad y experiencia de gobierno, o la pulsión del malestar, que induce a patear el tablero y, por el afán de castigar a los responsables del desaguisado, premiar a quienes buscan destruir el sistema. Los síntomas y los precedentes de otros países son poco alentadores.

Esta convocatoria insensata nace de la fabulación estratégica de que, creándose las condiciones ambientales necesarias, se impondría la pulsión de la gobernabilidad, dando paso a esa alucinación de gabinete denominada Mayoría Cautelosa (con mayúsculas, por favor). Ello muestra no solo una peligrosa propensión a convertir la política en un deporte de riesgo, sino una comprensión muy deficiente de lo que últimamente sucede en el mundo cada vez que los políticos se dedican a hacer juegos malabares con las urnas.

Hace falta estar muy ciego o vivir en las nubes para imaginar que la combinación explosiva de un bloqueo institucional, un descontrol del orden público ligado a un desafío contra la unidad territorial y la proximidad de una crisis económica puede resultar electoralmente rentable para un Gobierno. Especialmente, para un Gobierno de izquierdas.

Sería injusto señalar a Pedro Sánchez como el único culpable. Aquí todo el mundo ha jugado sus cartas más allá del límite de la prudencia

El responsable mayor de este disparate es Pedro Sánchez. Este político aventurero ha puesto a prueba demasiadas veces las costuras de la democracia. Lo hizo en su partido, al que ha dejado convertido en un irreconocible rebaño de cortesanos sumisos y 'hooligans' de la Jefatura. Ahora lo hace, por segunda vez consecutiva, con el país. Su mensaje es terminante: o gobierno yo, y lo hago en solitario, o aquí no gobierna nadie. Todo por una malsana incapacidad de compartir el poder.

Pero sería injusto señalarlo como el único culpable. Aquí todo el mundo ha jugado sus cartas más allá del límite de la prudencia. El PP soñaba con una segunda vuelta para recuperarse del batacazo de abril, y ahora vive la pesadilla de Vox comiéndole por los pies. Rivera apostó a fondo por lo que más decía detestar —una alianza del PSOE con Podemos y los independentistas— para engordar a placer desde una oposición de tierra quemada: el veredicto social le ha señalado y el domingo será él quien arderá en la hoguera. La codicia política de Iglesias lo llevó a sabotear un acuerdo posible en julio para apostar por una ganancia mayor en septiembre. Pasó el verano y el acuerdo se evaporó.

Todo lo que Vox obtenga este domingo se lo habrán regalado entre unos y otros. En este siglo de la globalización, nadie escarmienta en cabeza ajena

Mientras tanto, el 'alien' esperaba su ocasión. Sánchez lo alimentó durante meses para debilitar al centro derecha. Casado y Rivera le otorgaron la condición de socio respetable y sostén de sus gobiernos para hincharse de poder en los territorios. Pues ahí lo tienen: todo lo que Vox obtenga este domingo se lo habrán regalado entre unos y otros. En este siglo de la globalización, nadie escarmienta en cabeza ajena.

Por intensa y legítima que sea la cólera social hacia estos dirigentes mezquinos y cortos de vista, no se resuelve un problema creando otro mayor. Convertir el voto de castigo en autopunitivo no es una buena idea. Por muchos que hayan sido los errores de Rivera —han sido clamorosos—, no puede ser saludable sustituir a medio centenar de diputados de un partido liberal por otros tantos de la extrema derecha. Por detestable que resulte un tipo como Sánchez o insoportablemente liviano que parezca Casado, no conviene destruir a las dos fuerzas políticas de gobierno que tenemos, al menos mientras no haya algo fiable para sustituirlas.

Ya que ellos no son serios, seámoslo nosotros por ellos. Llegará el momento de obligarlos a responder por esta inmensa cagada. Pero el domingo, por favor, vote. Y vote constitucional en defensa propia, que no está el horno para bollos.

Una Cierta Mirada
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