Gobierno de unidad constitucional o Gobierno de Junqueras

Lo cierto es que, tras cuatro años de bloqueo, España suma a su crisis territorial y a la crisis económica que se avecina una crisis de gobernabilidad que se ha hecho crónica y ha echado costra

Foto: Foto: Reuters
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Hace medio siglo, España asombró al mundo transitando en paz de una dictadura feroz a una democracia ejemplar. Se necesitaron para ello toneladas de inteligencia política, de responsabilidad y de patriotismo. Hoy, el mundo asiste asombrado al increíble espectáculo de un país de la Unión Europea provocándose a sí mismo una crisis de parálisis constitucional sin otro motivo que la mezquindad, el egoísmo y la carencia absoluta de sentido del Estado de sus dirigentes políticos.

Las elecciones de ayer no tendrían que haberse celebrado. No había ni un solo motivo ligado al interés nacional que las justificara. Ni siquiera el interés partidario de quien las provocó estuvo bien servido con ellas. Además de malignas y desestabilizadoras para España, han sido una estupidez colosal.

Dicen que no hay que llorar sobre la leche derramada, pero en los próximos años nos hartaremos de añorar el Parlamento que los españoles elegimos el 28 de abril. Los libros de historia relatarán “La maniobra de Sánchez” como el más completo compendio de sectarismo, prepotencia, ceguera política y burricie estratégica que vieron los tiempos en un dirigente que se las da de hábil. El viejo dicho de ir por lana y salir trasquilado tiene desde hoy nombre y apellido en la política española.

Queriendo ganar una millonada de votos, los perdió. Pretendiendo asegurarse el poder para él solo, resulta que la del Gobierno monocolor es la única fórmula que queda descartada desde ya. Señaló a la derecha como al enemigo a batir y sólo han ganado votos y escaños los dos partidos más a la derecha del espectro político. Prometió estabilidad y ha conseguido una legislatura que nace herida de muerte. Planteó la elección como un plebiscito sobre su persona y le respondieron aclamando a Abascal como el nuevo héroe patrio.

Este será un Parlamento plagado de extremistas a ambos lados del hemiciclo. Hace sólo doce meses, España era citado como uno de los escasos países de Europa en los que no había prendido el virus de la ultraderecha nacionalpopulista. Hoy nos despertamos con la extrema derecha más poderosa del continente. En medio, una sarta de disparates hilvanada por aquel que nació como “gobierno bonito” y terminó intentando ganar unas elecciones a la desesperada a base de desenterrar muertos.

Se ha comprobado que Sánchez disputaba esta carrera con dos caballos. Con el PSOE trataba de comerse a Podemos y triturar a Ciudadanos. Con el segundo, Vox, de frenar al PP. Un millón de votos más que en abril: sin ese regalo que ha recibido Vox, el PP habría ganado claramente estas elecciones. Sánchez lo supo desde el primer momento y actuó en consecuencia. Esa fue la única parte del plan que le salió bien.

El suicidio de Ciudadanos

Claro que Casado y Rivera también pusieron su parte. No sale gratis regalar acciones de tu sociedad a quien pretende hacer saltar la banca y llevársela puesta. Quizá debieron pensar que si los partidos conservadores y liberales de Europa se abstienen de cualquier trato con la ultraderecha, por algo será. En el pecado llevan la penitencia: por pasarse de listos, Casado ha privado a su partido de una victoria que tuvo a su alcance y Rivera será el jubilado político más prematuro de la historia reciente, la primera víctima –no será la última- de la pretenciosamente llamada “nueva política”.

El lider de Ciudadanos, Albert Rivera. (EFE)
El lider de Ciudadanos, Albert Rivera. (EFE)

Lo del suicidio de Ciudadanos merece capítulo aparte. La estrategia de Rivera era tan sumamente sofisticada que, a partir de cierto punto, los votantes perdieron el hilo. Si rehúsas ser útil para formar gobierno y también para construir una alternativa de gobierno, si pides los votos únicamente para tener más votos, si aceptas con naturalidad que tu conveniencia táctica entre en colisión con el país en cuya bandera te envuelves, si apuestas porque suceda lo peor (el gobierno Frankenstein, por ejemplo) para medrar como plañidera de la patria herida, es difícil explicar para qué sirves. Hace tiempo que la gente se extravió en las vueltas y revueltas del riverismo; y eso, que es malo para cualquier partido, resulta letal para uno tan instrumental como Ciudadanos.

Rivera ha perdido 12.500 votos diarios durante los 190 días entre las elecciones de abril y las de noviembre: en total, 2,5 millones en seis meses. Un récord difícil de igualar, que quizá habría merecido algo más serio que anunciar en la noche electoral que al día siguiente convocarás a tu comité ejecutivo.

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No solo se ha poblado el Congreso de extremistas. También se ha centrifugado territorialmente. Hasta 17 partidos tomarán asiento en el hemiciclo, y solo 6 de ellos de ámbito nacional. Mientras en el Senado reina el bipartidismo, en el Congreso quien no tiene un partido con el nombre de su pueblo es un desgraciado. Como además todos esos votos son esenciales, nuestro Parlamento se parece más cada día a una casa de subastas.

Se discute la vigencia del régimen del 78, pero el de 2015 ha sido bien efímero. El orden político nacido hace cuatro años ha reventado sin haber sido capaz de alumbrar algo parecido a un gobierno que merezca tal nombre. Y con él, se constata el fracaso de una generación de dirigentes ineptos que aprendieron todo lo malo de sus mayores y nada de lo bueno.

Lo cierto es que, tras cuatro años de bloqueo, España suma a su crisis territorial y a la crisis económica que se avecina una crisis de gobernabilidad que se ha hecho crónica y ha echado costra. Ahora más que nunca, el Gobierno de España no puede quedar en manos de un tipo llamado Junqueras que acaba de ser condenado por sedición y solo vive para despiezar al país.

Hay tres caminos: el primero es empezar hoy mismo la precampaña de las terceras elecciones. El segundo, permitir que Sánchez se lo monte con Iglesias y Junqueras. El tercero, el único sensato, es admitir que estamos ante una emergencia y promover un gobierno de unidad constitucional –presidido por quien suscite consenso suficiente- respaldado por 218 diputados, con programa y duración tasados, para hacer las cosas que imprescindiblemente hay que hacer si no queremos irnos por el sumidero.

En esta situación, dar prioridad al problema de quién ejerce la oposición es absurdo, porque hay algo previo a resolver: quién gobierna. Y creo que tienen razón quienes sostienen que, en momentos como este, el mejor lugar en el que puede estar la oposición es en el Gobierno.

Una Cierta Mirada
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