El PSOE y la banda de los cuatro

Sánchez, Iglesias, Junqueras y Urkullu. PSOE, Podemos, ERC y PNV. Ellos forman el núcleo duro del bloque de poder que se instalará tras la investidura de Sánchez

Foto: El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez. (EFE)

“Hola, mintió él”. Es ya una pérdida de tiempo escandalizarse de la turbia relación de Pedro Sánchez con la verdad. Está asumido que sus mensajes valen para el instante en que se emiten y comienzan a caducar un minuto después. Pasado el tiempo del disimulo (para él) y del asombro (para los demás), lo práctico es incorporar al análisis, como un dato objetivo, que estamos ante un trapacero compulsivo cuya palabra vale tanto como un penique de latón.

Encelarse en sus infinitas contradicciones verbales puede, además, hacernos perder de vista que su comportamiento es mucho más lineal que sus palabras. Si se prescinde de la cacofonía discursiva del personaje y se atiende únicamente a su movimiento, se comprueba que hay en él una línea de continuidad que se ajusta a tres pautas sostenidas: como norte y guía, la afirmación de su poder personal. Como método, el sometimiento antes que el entendimiento. Como estrategia política, la confrontación bipolar izquierda-derecha y la alianza de la izquierda con todas las versiones del nacionalismo.

El PSOE y la banda de los cuatro

Así ha sido desde que apareció en el primer plano de la política, hace cinco años. Tras la derrota electoral de 2015, ya fantaseó con una amalgama de todas las izquierdas con todos los nacionalismos a la que la perspicacia de Rubalcaba bautizó como “la fórmula Frankenstein”, y su partido le interpuso una restricción preventiva: nada de pactos de gobierno con populistas y/o independentistas. Solo por esa limitación intentó testimonialmente, tras el renuncio de Rajoy, un acuerdo con Ciudadanos, sabiendo que no podía salir adelante sin el consentimiento de Iglesias.

Volvió a la carga tras las elecciones de 2016, provocando un cisma en el PSOE y poniendo el país al borde del precipicio de las terceras elecciones. Tras su segundo asalto a Ferraz, se juramentó para que nunca más su partido se interpusiera en sus propósitos, y fue neutralizándolo con la determinación con la que Bowman desconecta el HAL-9000 en la escena legendaria de Kubrick.

A la tercera, fue la vencida: en 2018 alcanzó el poder con un golpe de audacia y sus compañías favoritas. Tras las primeras elecciones de 2019, esa fue también la única alianza que contempló, frustrada por la negativa de Iglesias a concederle un Gobierno monocolor. Y al día siguiente del 10-N se abalanzó a cerrar fulminantemente el acuerdo con Podemos para cortar de raíz cualquier insinuación de un Gobierno transversal.

Quien ha girado por completo no ha sido Sánchez sino el Partido Socialista, ahora dispuesto a deglutir mansamente lo que hace tres años era indigerible

Los argumentos han cambiado mil veces y las combinaciones también, pero el designio de fondo siempre ha sido el mismo. Quien ha girado por completo no ha sido Pedro Sánchez sino el Partido Socialista, ahora dispuesto a deglutir mansamente lo que hace tres años le resultaba indigerible. Hay mucha más distancia entre la Susana Díaz de 2016 y la de 2019 que en Pedro Sánchez en las dos fechas. 'Vae victis'.

Lo que ahora viene es el triunfo de la banda de los cuatro: Sánchez, Iglesias, Junqueras y Urkullu. PSOE, Podemos, ERC y PNV. Ellos forman el núcleo duro del bloque de poder que se instalará tras la investidura de Sánchez. Los dos partidos de la izquierda española, aliados entre sí y maridados con las dos fuerzas hegemónicas del nacionalismo vasco y del secesionismo catalán. El hecho de que tres de los cuatro componentes de esa sociedad mantengan una relación conflictiva con la Constitución —y al menos uno de ellos la desafíe abiertamente— no es la menor de las preocupaciones que despierta ese contrato.

No es un pacto circunstancial, sino una opción estratégica de largo alcance. En España hay dos bloques políticos de ámbito nacional, la derecha y la izquierda, que están empatados desde que cayó el bipartidismo. El tercer bloque lo forma la constelación de partidos de vocación territorial, nacionalistas y regionalistas (incluso provincialistas) de derechas y de izquierdas. Ese es el escenario del bloqueo.

Hay dos vías posibles para un partido como el PSOE: la primera consistiría en abrir cauces de concertación con el centro-derecha constitucional para abordar las reformas aplazadas y afrontar la crisis económica que viene con amplias mayorías parlamentarias (amplias por el número y por la extensión del espacio político que cubrirían). Esa es la vía que hunde sus raíces en el pacto del 78 y que se acomoda más a la naturaleza central, institucional y reformista del partido que más tiempo ha gobernado España en esta democracia.

La otra vía consiste en romper el empate entre los dos grandes bloques mediante una convergencia duradera de la izquierda con los nacionalismos. Con todos ellos, sin distinciones ideológicas ni barreras de lealtad constitucional. Es la que Sánchez eligió desde el primer momento, la que impuso a su partido previamente domesticado y la que se propone culminar en las próximas semanas de la mano de su enemigo más íntimo, Pablo Iglesias.

No es cierto, como dice el secretario general del PSOE en la carta a sus militantes, que este pacto sea “el único camino para evitar el bloqueo”. El Parlamento del 28-A contenía al menos tres soluciones posibles. Liquidado Ciudadanos el 10-N, quedan dos. Pero esta es la única que él admite. La única que realmente ha admitido desde que se hizo con la jefatura de su partido. El fruto destilado del noesnoísmo.

La objeción inmediata a esta alquimia tóxica es que creará infinitos problemas y no solucionará ninguno importante. Ni siquiera el del bloqueo

En algún momento tendrá que plantearse la reflexión sobre lo que implica, en términos ideológicos, el matrimonio político de la izquierda clásica con el populismo radical y con la galaxia nacionalista. Para el Partido Socialista, supone una mutación genética aceptada sin rechistar en una organización histórica privada de su organicidad y sometida a taxidermia. Para Podemos, significa que su momento de decadencia electoral coincide con el de mayor poderío político: desde que se siente en el Consejo de Ministros, Iglesias tendrá en su mano la estabilidad del Gobierno y la duración de la legislatura. Para ERC, la increíble oportunidad de pilotar la secesión desde Cataluña y, a la vez, tener al Gobierno de España dependiendo de su apoyo para nacer y para subsistir. Para el PNV, más de lo de siempre: ese partido es como la curia vaticana, el juego del poder en estado puro.

Con todo, la objeción inmediata a esta alquimia tóxica es que creará infinitos problemas y no solucionará ninguno importante (salvo el del colchón de Sánchez). Ni siquiera el del bloqueo. Porque una cosa es desbloquear la investidura y otra desbloquear el país. Y con este Gobierno polarizador, este Parlamento partido en dos trincheras y la oposición de barricada que nos espera, la parálisis de España está garantizada para una larga temporada.

Una Cierta Mirada
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