Cruz de navajas: una sesión infecciosa en el Congreso

No solo está la infección del Covid-19. España padece también una prolongada infección política que mantiene la gobernación del país intubada y en estado comatoso desde hace un lustro

Foto: Sesión de este jueves en el Congreso de los Diputados. (EFE)
Sesión de este jueves en el Congreso de los Diputados. (EFE)
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No solo está la infección del Covid-19. España padece también una prolongada infección política que mantiene la gobernación del país intubada y en estado comatoso desde hace un lustro. La esperanza de que la primera sirviera de vacuna para la segunda ha tardado muy poco en disolverse.

Si quiere saber por qué España posee el récord mundial de impacto del coronavirus en relación con su población, vea íntegramente el debate de este jueves en el Congreso. Ahí encontrará una parte importante de la explicación. Si, por el contrario, prefiere mantener la serenidad y que la indignación no le consuma en su confinamiento, absténgase. Y si es usted un profesional de la sanidad, prohíbaselo tajantemente: el espectáculo puede acabar con su reserva de ánimo y energía.

Cruz de navajas: una sesión infecciosa en el Congreso

La sesión fue, de principio a fin, la misma exhibición coral de sectarismo, miopía y mezquindad que todas las anteriores celebradas en ese lugar desde 2015. La diferencia es que ahora no nos lo podemos permitir.

Teóricamente, se trataba de autorizar al Gobierno a prorrogar el estado de alarma, cuya necesidad es un hecho objetivo que nadie discute. Pero en la práctica fue el enésimo ajuste de cuentas entre la izquierda y la derecha, sin que a nadie importara quiénes apoyaron la propuesta (los dos partidos gubernamentales junto a la gran mayoría de la oposición) y quiénes negaron el apoyo (la extrema derecha y los independentistas que hicieron presidente a Sánchez).

Dio igual. Sánchez —y sobre todo su patibularia portavoz parlamentaria— atizó de lo lindo al PP, omitiendo el hecho de que ese partido se disponía a respaldar por tercera vez la concesión de poderes extraordinarios. Según parece, la consigna del día no era tender puentes o facilitar el diálogo, sino hacer una trinca a los gobiernos autonómicos del PP, cebándose singularmente con el de Madrid.

Los socialistas no quisieron percibir ningún matiz entre la ferocidad desestabilizadora de Vox, el apoyo crítico del PP y el discurso abiertamente colaborador de Ciudadanos. Siguiendo la costumbre, lo empaquetaron todo en la noción de 'la bancada conservadora' o en el más habitual de 'la derecha y la ultraderecha' para, una vez vestido el maniqueo, golpearlo a gusto. Ya se sabe, no permitas jamás que la realidad te estropee una buena etiqueta.

Fue llamativo el contraste entre la saña con que el Gobierno trató a los opositores que lo apoyaron (aunque fuera con un discurso crítico) y la exquisita obsequiosidad desplegada con quienes, formando parte de su mayoría parlamentaria, lo dejaron tirado.

También resultó notable —y nada accidental— que el día en que el Gobierno acudía al Parlamento a proponer un entendimiento, los dos portavoces del oficialismo, Echenique y Lastra, se disputaran el título del orador más provocador y navajero de la sesión (dejo aparte a Abascal, que en esa especialidad es imbatible). El podemita llegó a proclamar que “el PP está fuera de la Constitución”, sin duda para contribuir al acuerdo que dice propiciar su Gobierno. Y era cosa de ver al presidente Sánchez esponjándose de satisfacción y asintiendo enérgicamente mientras su Luca Brasi particular destripaba al partido que, supuestamente, está llamado a ser el invitado principal en la mesa del pacto.

Pablo Casado despreció de una patada la vaporosa propuesta presidencial de un acuerdo y ni siquiera se molestó en confirmar su inevitable asistencia a la reunión anunciada para la próxima semana (que, tal como la describió el convocante, más parece una montonera de elementos disímiles destinada a colgarse una medalla y seguir alimentando la confusión).

El jefe de la oposición escenificó el consabido mitin trufado de simplificaciones groseras, datos manipulados y acusaciones descalificadoras. No es riguroso imputar a este Gobierno pasividad ante la pandemia, como si Sánchez y sus ministros se hubieran tumbado a la bartola mientras millones de españoles se infectaban. El Ejecutivo viene pecando más bien de un activismo dislocado y desconcertado (en todas las acepciones del término), que delata el palmario desconocimiento de los mecanismos del Estado que padece la mayoría de sus miembros.

Si solo se tratara de vencer al virus, sería menos problemático para el PP comprometerse seriamente en una tarea conjunta. Pero sus dirigentes son muy conscientes de que tras la pandemia viene la depresión económica, que creará una bolsa gigantesca de malestar social; y que en esas situaciones los gobiernos pagan indefectiblemente la factura política. Si alguien pasa en estos días por la desértica calle Génova, escuchará la máquina calculadora de votos, funcionando sin cesar en la sede del PP. Se llama especulación, y queda muy feo cuando se nota tanto.

Lo demás fue un pandemónium absurdo del que solo pueden rescatarse dos discursos honestos: el muy racional de Edmundo Bal —qué pena que Ciudadanos no razonara así en abril del año pasado— y el dolorido de Ana Oramas, que volcó sobre la tribuna la amargura y la decepción de cualquier persona sensible. El resto fue, como en la canción, “falsedad bien ensayada, estudiado simulacro”. Nada que no hayamos visto hasta el hartazgo en el pasado reciente.

El caso es que si se escuchan con atención los discursos, en todos ellos aparecen elementos de veracidad, reflexiones sensatas, observaciones atinadas y propuestas dignas de estudio. Incluso a los más delirantes, como el portavoz de Bildu o el pirómano Abascal, se les escapó sin querer algo razonable. Pero esos momentos siempre quedan sepultados por un alud de demagogia. Es como si antes de subir a la tribuna se inyectaran una dosis de sectarismo en vena y esta fuera haciendo efecto a medida que el discurso avanza. Hay que concluir, pues, que no se trata de un problema de incapacidad para pensar y obrar con cordura, sino de falta de incentivos y de voluntad de hacerlo.

En conjunto, la impresión que produjeron ayer los dirigentes políticos fue la de un pelotón de bomberos avanzando hacia un incendio, con sus cascos y sus mangueras… cargadas de gasolina. El problema es que dentro del bosque en llamas estamos todos nosotros.

La magnitud de la tragedia se resume en un dato estremecedor: en el pico de la pandemia, un día de coronavirus produce en España tantas víctimas mortales como 50 años de terrorismo de ETA. Salvo momentos puntuales, durante todo aquel tiempo las fuerzas democráticas supieron encontrar la unidad para hacer frente al monstruo. Bastaría con que recuperen unos gramos de aquel espíritu unitario para que no nos invada el desaliento.

Una Cierta Mirada
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