¿Qué separa la calamidad de la catástrofe? La política

Ningún rincón del planeta se librará de esta pandemia ni de sus secuelas. Pero la universalidad de la amenaza no puede servir como burladero para los malos gobernantes

Foto: El Congreso de los Diputados, en su última sesión. (EFE)
El Congreso de los Diputados, en su última sesión. (EFE)
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Ningún rincón del planeta se librará de esta pandemia ni de sus secuelas económicas. Pero la universalidad de la amenaza no puede servir a los malos gobernantes como burladero tras el que escamotear su responsabilidad. Lo que para unos países será una calamidad, para otros resultará una completa catástrofe. Eso no sucede por casualidad ni por infortunio, tiene unas causas y es ineludible encontrarlas, reconocerlas y afrontarlas.

La pregunta terrible es por qué entre países vecinos, que comparten región geográfica y clima, con sistemas políticos y económicos semejantes, con la misma estructura de población y parecidos hábitos sociales, se están produciendo diferencias abismales en el impacto destructivo del coronavirus, que probablemente se reproducirán en una desigual intensidad de la recesión.

Tomemos cuatro comparaciones contundentes de países similares entre sí en cuatro zonas distintas del mundo:

Fallecidos

Por cada 100.000 habitantes

ESPAÑA

PORTUGAL

19.130

599

40,6

5,6

REINO UNIDO

ALEMANIA

12.868

3.569

20,4

4,3

ESTADOS UNIDOS

CANADÁ

30.980

1.010

9,5

2,7

BRASIL

ARGENTINA

1.760

111

0,8

0,2

¿Qué cosa sustancial distingue España de Portugal, el Reino Unido de Alemania, los Estados Unidos de Canadá y Brasil de Argentina para que, en igualdad teórica de condiciones de partida, el virus haya podido atacar algunos con mucha más saña que a sus pares? O formulado de otra manera, ¿qué maldita cosa tienen en común España, el Reino Unido, los Estados Unidos y Brasil, que los separa de sus vecinos y hace de ellos víctimas propiciatorias de la tragedia?

Es la política, estúpido. Y no es porque se trate de democracias o dictaduras, o de gobiernos de izquierda o de derecha. Tiene mucho más que ver con la eficiencia de los gobiernos (aptitudes), que a su vez se relaciona directamente con la calidad de la vida política y la relación de la sociedad con el Estado (actitudes).

En un artículo publicado en 'The Atlantic', Francis Fukuyama señala como cuestión crucial la confianza de las sociedades en sus respectivos gobiernos. Según él, todos los sistemas políticos que se enfrentan a una crisis grave e inesperada tienen que hacer una gran delegación de autoridad hacia el poder ejecutivo. Pero para que esa transferencia de poder sea efectiva, es preciso que la sociedad pueda confiar en la capacidad de sus gobernantes para gestionar la situación adecuadamente. En caso contrario, los gobiernos devienen ineficientes y fracasan. “La confianza —dice Fukuyama— es el factor más importante que determina el destino de cada sociedad. Ante una crisis, los ciudadanos tienen que poder creer que el Gobierno sabe lo que está haciendo”.

La confianza es decisiva, claro. Pero no es causa sino resultado de la salud de las relaciones políticas. En mi opinión, la confianza social en los gobiernos descansa sobre tres patas:

Primera, la certeza de que los gestores públicos disponen de la experiencia, los conocimientos técnicos y la imparcialidad para producir en cada momento las mejores decisiones para el interés común. Segunda, el reconocimiento del liderazgo de quien está en la cúspide del poder. Si esa persona no es capaz de ganarse el asenso de la mayoría —en especial, de quienes no lo votaron ayer ni lo harán mañana—, su liderazgo estará cojo y será ineficaz, por muchas facultades que reclame y se le otorguen. Tercera, la capacidad para crear consensos amplios, superar fronteras ideológicas o territoriales, agrupar voluntades y compartir proyectos.

Si alguna de esas tres cosa falla, estamos ante una crisis dentro de la crisis. Si fallan las tres, ante un siniestro total. Es el caso de España.

La política española está fatalmente contaminada desde hace un lustro por el sectarismo irreductible de los políticos (incluso dentro de sus partidos), el desgobierno crónico derivado de un bloqueo insensato, la incapacidad para superar la confrontación entre los bloques ideológicos, el auge de los populismos destituyentes y un desafío sostenido a la unidad territorial del Estado. La suma, que ya hacía crujir las costuras de la convivencia antes de la pandemia, ahora se ha vuelto definitivamente suicida.

La política española es hoy la más cismática y venenosa de Europa. Ninguna democracia europea se aproxima a los niveles de crispación y enfrentamiento que se dan aquí, incluso en medio de la tragedia. Digan lo que digan, para ellos derrotar al adversario sigue siendo mucho más importante que derrotar al virus y prepararse para la recesión. Cada sesión parlamentaria es una desdicha. Si un sistema político se inyecta cada día una dosis de azufre, está mortalmente debilitado cuando ha de responder a una amenaza de existencia para la nación. Ese es nuestro hecho diferencial: España está políticamente enferma de sí misma, por eso somos líderes en coronavirus y pronto volveremos a serlo en autodestrucción económica.

Algo parecido sucede en el Reino Unido, exhausto y consumido tras cuatro años de desconcierto y parálisis por el Brexit. Y en la América de Donald Trump, que ha elevado la discordia política a principio estratégico y la ha llevado a extremos desconocidos en aquel país desde su guerra civil.

Y qué decir del Brasil del locoide Bolsonaro. En el hemisferio sur, la aparición del coronavirus les ha pillado en pleno verano y eso hace que sus cifras de víctimas sean aún comparativamente modestas, pero si Brasil alcanzara la tasa española de mortalidad (40,6 muertos por cada 100.000 habitantes), ello supondría una auténtica hecatombe.

Dentro de sus debilidades estructurales, por una vez, parece que en Argentina se está actuando con sentido común político. Con solo un centenar de fallecidos, ya está la población confinada, montados los hospitales de campaña, reforzado el sistema sanitario y concertados Gobierno y oposición.

El reparto del desastre por países no funciona como un bingo, ni nadie le ha echado mal de ojo a España. Cada quién recibe lo que siembra. Sé que es inútil repetirlo, pero quizás haya llegado el momento de que los dirigentes políticos españoles —empezando por el que nos gobierna— entre sermón y sermón, entre la pedrada de hoy y el navajazo de mañana, se detengan a reflexionar sobre la clase de basura que llevan cinco años arrojando sobre su país. Porque esto que hoy nos pasa es el fruto de su actitud, que es la otra cara de su ineptitud.

Una Cierta Mirada
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