Orden en el país, caos en el Gobierno

Cuando hay problemas graves, lo habitual es que la sociedad se altere y descomponga, y que el Gobierno ponga orden y marque un rumbo. Aquí sucede lo contrario

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ante la mirada de los ministros José Luis Ábalos y María Jesús Montero. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ante la mirada de los ministros José Luis Ábalos y María Jesús Montero. (EFE)
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A estas alturas, nadie puede extrañarse de que España aparezca en los puestos de cola de todos los 'ranking's internacionales de eficiencia en el manejo de la emergencia sanitaria del coronavirus, y que todos los analistas lo señalen como uno de los países a los que más daño hará la recesión. Ya nos lo habíamos ganado a pulso, pero la tragicomedia bufa de este martes con lo de los niños nos ha consagrado en la cumbre de la confusión y la impericia.

Cuando hay problemas graves, lo habitual es que la sociedad se altere y descomponga, y que el Gobierno ponga orden y marque un rumbo. Aquí sucede lo contrario: la sociedad española se mantiene en un orden perfecto mientras el desorden, la crispación y los trompicones proceden de la esfera política. No únicamente del Gobierno, pero de él en primer lugar. (Se dirá que las redes sociales sí están incendiadas, pero son los partidos políticos quienes ejercen de pirómanos con sus sicarios digitales reclutados para la ocasión).

No tendrá queja la autoridad competente (es un decir) sobre el comportamiento de los españoles en este trance tremendo. Los ciudadanos de todos los territorios, edades e ideologías han obedecido sus instrucciones, frecuentemente atolondradas, con disciplina prusiana —pese a la profunda desconfianza que este Ejecutivo suscita en la mitad del país—.

Las calles semi desiertas son un remanso de paz. No ha habido un incidente reseñable ni una alteración del orden público; tampoco hay constancia de homicidios domésticos en familias encerradas en espacios minúsculos, ni de televisores destrozados a pedradas a la hora del sermón presidencial o de los vomitivos debates en el Congreso. La cifra de delitos está en su mínimo histórico. Ni asomo de actos de pillaje o de asaltos a establecimientos. No hay tensión en las fronteras, ni se han detectado fugas masivas de capitales pese a las tenebrosas expectativas económicas.

Los trabajadores han esperado con paciencia franciscana a que se les dijera cuándo y cómo debían ir a trabajar o dejar de hacerlo. Los empresarios y comerciantes han cerrado sumisamente sus negocios, sabiendo que ello los encaminaría a la ruina, maldiciendo su suerte pero sin el menor gesto de insubordinación. Ello no les libró de verse retratados por el oficialismo como negreros odiosos, dispuestos a sacrificar la salud del obrero con tal de enriquecerse.

La oposición política hace ruido, pero ha votado ya cuatro veces la concesión de poderes extraordinarios a un Gobierno del que no se fía en absoluto y que no consulta ninguna decisión. Los medios informativos vienen encajando los mensajes intimidatorios del Gobierno sin ir más allá de la queja reglamentaria.

Las cuestiones que perturbaban la convivencia nacional están aparcadas. El conflicto de Cataluña, amainado por el momento. Torra y los suyos a veces sueltan algún disparate, pero por momentos han actuado como si fueran un Gobierno. De Puigdemont, no hay noticias hace semanas.

Las instituciones del Estado soportan estoicamente las agresiones procedentes del Ejecutivo. Se han sobrepasado de largo los límites legales del estado de alarma, estableciendo de hecho un estado de excepción. Un vicepresidente dedica su tiempo a injuriar al jefe del Estado que lo nombró o a cuestionar públicamente la independencia de los jueces. El centro gubernamental de investigación sociológica —antaño prestigioso— ha pasado a ser un foco de intoxicación programada, y su irresponsable responsable recibe los parabienes de sus jefes.

Los profesionales de la salud se han convertido, contra su vocación y su voluntad, en héroes de la patria. Mal asunto cuando un país en paz tiene que vitorear a sus médicos y enfermeros como si vinieran de la guerra. Más de 30.000 sanitarios infectados, que se sepa. Acuden cada día a jugarse la vida y a los más indómitos se les oye murmurar que menos aplausos y más medios para hacer su trabajo en condiciones.

La otra cara de la luna, la del desconcierto y el desbarajuste, está en los despachos presidenciales, vicepresidenciales y ministeriales. Para nuestra desgracia, la magnitud del desafío es inversamente proporcional a la capacidad de los gobernantes. No ya para superarlo sino, al menos, para manejarse en medio de la tormenta con un mínimo de profesionalidad.

Una semana trágica, con una orgía de manifestaciones, congresos partidarios y partidos de fútbol mientras el virus se propagaba a placer. Luego asistimos a un fracaso abrumador de las estadísticas oficiales, que se prolonga hasta hoy. Se va a iniciar lo que llaman desescalada sin que quienes la deben planificar tengan remota idea del estado actual de la epidemia: no es extraño que les asuste cada paso que dan. Quizás esto sea lo más grave, porque la calidad de sus estadísticas es lo que distingue a un Estado moderno y eficiente. En términos médicos, hacer epidemiología sin datos fiables es como operar a corazón abierto con los ojos vendados.

Lo único que sabemos con certeza de este Gobierno es que camina a oscuras y con la brújula averiada. El método de toma de decisiones es la carencia total de método.

Sabemos también que, tras desmantelar concienzudamente el Ministerio de Sanidad hasta convertirlo en una caja de zapatos vacía, se decretó convulsivamente la centralización del mando operativo en un organismo en el que nadie ha comprado una tirita desde hace décadas. De ahí vinieron los timos de las mascarillas, las compras alocadas de respiradores 'fake', los test masivos que siguen esperando, la encuesta serológica que está sin comenzar tres semanas después de haberla anunciado y el personal sanitario protegiéndose con bolsas de basura. Por no hablar del escándalo de las residencias de ancianos, que ha puesto al descubierto un agujero negro de nuestra sociedad y que en otras circunstancias debería haber provocado la caída de varios gobiernos autonómicos por incuria criminal.

Ciertamente, no todo es culpa de Sánchez. Esta crisis ha sacado a la superficie profundas deficiencias estructurales del sistema de gestión pública, embolsadas durante años mientras nos complacíamos en la supuesta excelencia de un estado de bienestar lleno de remiendos y concesiones a la galería.

Tampoco es justo explicar todas las disfunciones por la presencia de Podemos en el Ejecutivo. Ciertamente, eso no ayuda. Pero la mayor parte de los jardines en que se ha metido el Gobierno son de origen social-socialista. Un Gobierno monocolor compuesto con los mismos criterios habría ofrecido un desempeño igualmente paupérrimo. No puede formarse una selección nacional de jugadores de mus y, de la noche a la mañana, ponerlos a disputar la NBA.

Este Gobierno se diseñó más para la propaganda y el combate partidista que para la gestión. Por eso, lo sorprendente del caso no es el fracaso en la gestión sino el deplorable nivel del aparato de propaganda, que acumula por horas errores increíbles de principiante. Se suponía que al menos de eso sí sabían, leñe.

Una Cierta Mirada
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