PP, pan para hoy y hambre para mañana
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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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PP, pan para hoy y hambre para mañana

Con esta movida, Pablo Casado puede haber perdido toda probabilidad de construir una alternativa de centro derecha capaz de superar al frente sanchista-podemista-nacionalista

placeholder Foto: El líder del Partido Popular, Pablo Casado. (EFE)
El líder del Partido Popular, Pablo Casado. (EFE)

No es cierto que esta tormenta política comenzara en Murcia. El origen de la gota fría que sacudió la política española más allá de lo inteligible para una mente normal y provocó una conflagración esperpéntica de todos contra todos está en las elecciones catalanas del 14 de febrero. A partir de aquel momento, todo el mundo (me refiero a todo el mundo que habita en el raquítico espacio virtual de la política) pareció volverse loco —aún más— y los disparates se encadenaron sin darnos tiempo a respirar.

La primera chispa, sí, saltó en Murcia, pero el aire estaba cargado hasta los topes de gases inflamables. Ciudadanos vio en Cataluña los ojos de la muerte, escuchó a la Santa Compaña y sintió la necesidad de dar una señal de vida para mostrar que, aunque débil, aún le quedaba pulso. La ocurrencia fue lanzar una escaramuza localizada en Murcia, con el PSOE de aliado circunstancial y el PP de víctima propiciatoria. Mal aliado y mal enemigo: hay que palparse la ropa antes de tocar el plato del que comen los mayores.

Los socialistas pensaron que la ocasión la pintan calva y convirtieron el envite a la chica de Cs en un evite a la grande. Gran ocasión, pensaron, para desmontar de un solo golpe todo el poder autonómico del PP. Descartaron Galicia por imposible y Andalucía porque para ello habría que sacar a Susana Díaz del corredor de la muerte, y se fueron a por las otras tres: Murcia, Madrid y Castilla y León. En ese momento, a Arrimadas ya se le había ido el juguete de las manos.

Foto: El líder del PP, Pablo Casado, tras la presidenta de la CAM, Isabel Díaz Ayuso. (EFE)

El aparato del PP, que sigue teniendo un músculo respetable, bloqueó de inmediato la movida murciana —no nos detengamos ahora en los procedimientos— y fortificó Castilla y León. Pero en Madrid, Ayuso vio llegado el momento que ella y sus mentores llevaban tiempo esperando: asentar contundentemente su poder en Madrid, quitarse de encima a un socio puñetero y desleal y, sobre todo, hacerse por la vía de hecho con la dirección estratégica del Partido Popular a escala nacional (lo del mando orgánico puede esperar). Convocatoria fulminante de elecciones, expulsión ignominiosa de medio Gobierno autonómico y desafío bipolar llevado al extremo. FAES al poder.

En la izquierda, el PSOE se tragó la maniobra desestabilizadora, se tragó también a su nominado para defensor del pueblo —soso, serio y formal—, tuvo que ponerse a improvisar una candidatura con gran baile de secretarias de Estado degradadas a candidatas autonómicas de compañía, portavoces municipales ascendidos y se encontró con una crisis del Gobierno de coalición de digestión incierta.

Foto: El presidente de la Junta de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco (d), conversa con el vicepresidente, Francisco Igea. (EFE)

En el barullo, Iglesias decidió que era un buen momento para salvar a Podemos de la quema, vengarse de Errejón, zafarse de la asfixia progresiva a la que le sometía Sánchez, soltarse de nuevo la coleta y regresar a la barricada, su hábitat natural.

Mientras tanto, el PP abrió la temporada de caza y levantó en la Puerta del Sol y en Génova el banderín de enganche para nutrirse de la desbandada de Ciudadanos.

Resultado inmediato del tumulto: el 4 de mayo, en plena cuarta ola de la pandemia y con las vacunas en mantillas, los madrileños están llamados a decidir si quieren comunismo o libertad (me refiero al 4 de mayo de 2021, no de 1921). Oiga, digo yo que, si esa es la opción, deberían participar todos los españoles en esa votación, porque el asunto es serio.

Resultado mediato: un competidor menos en el espacio de la oposición. ¿No decían que había que superar la fragmentación de la derecha? Pues de momento, a partir del 4 de mayo ya solo quedarán dos, el PP y su escisión de extrema derecha. El moscardón naranja habrá sido fumigado y, con él, toda tentación bisagrista y transversal. Comunismo o libertad, FAES al poder.

Foto: Pablo Casado y Fernando López Miras tras abortar la moción de censura. (EFE)

Aparentemente, vienen buenas noticias para el PP. Conserva todos sus feudos, ha desbaratado la intentona monclovita, le espera un triunfo resonante en Madrid, pintan oros en el Sur (próximamente, en sus pantallas, 'Cruz de Navajas' en el PSOE de Andalucía). Tienen a Toni Cantó para pasearlo en la campaña como trofeo de caza, al fontanero mayor de Rivera y al propio Rivera en el ajo de destruir a su criatura (“o mía, o de nadie”). Con el triunfo de Madrid y el desguace de Ciudadanos, subirán en las encuestas y se aproximarán al PSOE. La depresión del 14 de febrero se transformará en euforia tres meses después, sin que hayan tenido que hacer nada salvo beneficiarse de las pifias ajenas.

Solo hay un inconveniente: con esta movida, Pablo Casado puede haber perdido toda probabilidad de construir una alternativa de centro derecha capaz de superar al frente sanchista-podemista-nacionalista y hacer viable la alternancia en el poder en las próximas elecciones generales. Sí, el PP crecerá en votos y escaños, la derecha de PP y Vox superará en votos a la izquierda del PSOE y Podemos, pero no se ve la forma de que esa yunta, por sí misma y despojada de cualquier otra alianza, consiga los 176 escaños que necesitará para desalojar a Sánchez de la Moncloa. Al menos, mientras el PSOE mantenga su fuerza electoral actual (en torno al 28%) y la ayuda de sus actuales compañeros de viaje: cosa que está asegurada por el efecto disuasorio y reactivo de una alternativa que produce escalofríos incluso entre los moderados que detestan el régimen sanchista.

Foto: Foto: EFE. Opinión

Si desde 1977 el PSOE se hubiera concertado siempre con su izquierda (PCE, IU) y con todo el espectro nacionalista, habría permanecido en el poder durante los últimos 40 años. Si eso no ocurrió fue: a) porque los socialistas siempre huyeron de ese camino hasta que llegó Sánchez, y b) porque hubo intercambio de votos entre la derecha y la izquierda.

El PP solo ha ganado cuando ha sido capaz de atraer a muchas personas que anteriormente habían votado al PSOE. Con el PP ligado a Vox como único aliado posible, la frontera electoral entre los bloques queda herméticamente cerrada, que es justamente lo que buscan desde el primer día Iglesias y el estratega de la Moncloa.

Foto: Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso. (David Mudarra)

Con esta polarización salvaje, hay potencialmente una masa de votos huérfanos que podrían migrar si encontraran un recipiente mínimamente acogedor. Parecía que construir ese recipiente era el proyecto de Casado. Pero Ayuso y sus mentores se han ocupado de dar una patada al recipiente, arruinar el plan de Casado (si es que esta vez tuvo alguna vez un plan y no un mero flotador) y esperar su tercera derrota, hacerse cargo de la fábrica y terminar de entenderse con Vox, con la certeza de que el final de Sánchez llegará, y que dejará tras él no un partido socialista, sino un campo de cenizas.

Asi que, por lo que a Casado se refiere, la apoteosis de Ayuso será pan para hoy y hambre para mañana. FAES al poder.

No es cierto que esta tormenta política comenzara en Murcia. El origen de la gota fría que sacudió la política española más allá de lo inteligible para una mente normal y provocó una conflagración esperpéntica de todos contra todos está en las elecciones catalanas del 14 de febrero. A partir de aquel momento, todo el mundo (me refiero a todo el mundo que habita en el raquítico espacio virtual de la política) pareció volverse loco —aún más— y los disparates se encadenaron sin darnos tiempo a respirar.

Partido Popular (PP) Pablo Casado
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