Ayuso fue mejor y Sánchez e Iglesias pagaron su soberbia
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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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Ayuso fue mejor y Sánchez e Iglesias pagaron su soberbia

El 4-M no han estado en juego el fascismo ni el comunismo, ni la libertad de los españoles, ni el modelo de sociedad, ni tantas otras salvajadas con las que se ha tratado de intoxicar

placeholder Foto: Ayuso, rodeada por sus compañeros de partido. (EFE)
Ayuso, rodeada por sus compañeros de partido. (EFE)

Si hubiera habido un miligramo de verdad en la sarta de enormidades que se han escuchado en los dos últimos meses a propósito de las elecciones de Madrid, hoy estaríamos lamentando la reinstauración en España de un régimen fascista, que es lo que los demagogos pirómanos de la izquierda, encabezados por quien preside el Gobierno —y por quien lo vicepresidió hasta hace pocas semanas—, anunciaron que sucedería si la derecha ganaba la votación del 4 de mayo.

Si los ciudadanos de Madrid hubieran creído una sola palabra del discurso apocalíptico y cismático de Sánchez, Iglesias y Gabilondo, la derrota de Ayuso habría sido colosal. Porque es evidente de toda evidencia que, en la tercera década del siglo XXI, los españoles en general y los madrileños en particular no sienten el menor deseo de regresar a los años 30 del siglo pasado, a donde se ha tratado de llevarlos sistemáticamente desde que Sánchez ocupó la Moncloa.

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Los resultados de las elecciones de Madrid, calle a calle: ¿a quién han votado en tu barrio?
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Afortunadamente, nada de toda esa basura era cierto. El 4 de mayo no han estado en juego el fascismo ni el comunismo, ni la libertad de los españoles, ni el modelo de sociedad, ni tantas otras salvajadas con las que se ha tratado de intoxicar a la sociedad con dosis masivas de furia y azufre.

Sencillamente, se han celebrado unas elecciones autonómicas —en mi opinión, innecesarias y extemporáneas— que adquirieron una dimensión política exorbitante porque Isabel Díaz Ayuso las planteó astutamente como un doble plebiscito: sobre Sánchez y sus aliados y sobre la gestión de la pandemia en Madrid. Y el presidente del Gobierno, en un ciego arrebato de soberbia, aceptó el órdago, sin reparar en que, si hay un lugar en España en el que tiene ambas partidas perdidas de antemano, es precisamente Madrid.

Con el primer plebiscito, Ayuso logró la adhesión vertical de todas las derechas, divididas en tantas cosas pero apasionadamente unidas en la causa antisanchista. El monstruo de Frankenstein como fórmula de gobierno puede aún dar el pego en ciertas zonas de la España periférica teñidas de nacionalismo, pero genera agudos anticuerpos en Madrid, y no solo en la derecha centralista.

Además, el antisanchismo comienza a ser una causa ideológicamente transversal, que concierne a todo el que aún siente algún afecto por la verdad y por la pulcritud institucional en una democracia representativa.

Con el segundo plebiscito, el de la gestión pandémica, Ayuso completó el eje vertical con uno horizontal. Por un lado, el asenso emocionado de todos aquellos —comerciantes, tenderos, transportistas, hosteleros, camareros, gentes del espectáculo— que sienten que ella los ha librado de la ruina. Por otro, la reacción de rechazo ante una izquierda ceniza que durante los meses de plomo de la pandemia solo ha sabido decir a los madrileños: a) que pagan pocos impuestos y están robando al resto de los españoles; b) que deberían estar encerrados en sus casas y no en las calles, los teatros y los bares; c) que quien no los vote a ellos es un sicario de la ultraderecha fascista. Muchas gracias, son ustedes muy amables, váyanse a hacer puñetas: no hace falta ser un derechista recalcitrante para que te salga del cuerpo esa respuesta.

La Constitución contempla las fórmulas parlamentarias de la cuestión de confianza y de la moción de censura. Pues bien, Ayuso tuvo la habilidad de convertir esta elección en una cuestión de confianza para ella (más que para su partido) y en una moción de censura para el 'sanchiglesismo'. Sánchez cometió la inmensa torpeza de acudir a ambos envites y, comprobando que los perdería, salir por patas de la campaña, disfrazar de Pasionaria a su candidato-marioneta-lector-de-Kant y secundar a Iglesias en la reencarnación del Frente Popular. Lo primero fue una villanía, lo segundo una humillación y lo tercero una puñalada para su partido.

Foto: Pablo Iglesias, momentos antes de anunciar la renuncia de todos sus cargos tras el fracaso electoral del 4-M. (EFE)

El PSOE tenía perdida esta elección de saque. Pero, con la estrategia más descabellada de su historia electoral, convirtió lo que podría haber sido una derrota digerible, que le habría permitido mantenerse como alternativa de poder en Madrid para dentro de dos años, en un siniestro total. En estos dos meses no se ha visto a un partido de vocación mayoritaria defendiendo dignamente su condición de tal, sino un guiñapo dando tumbos y volantazos, conducido por un par de aventureros monclovitas ebrios de egolatría del poder, hasta terminar arrumbado en una cuneta y superado en su propio espacio político por un partido de juguete.

Con fundamento o sin él, más de un millón y medio de madrileños adultos sintieron que Ayuso, tenía razón. Que la tenía en su planteamiento laxo de la gestión pandémica, en mantener la actividad económica frente a viento y marea, en confiar en un equipo sanitario bastante más cualificado que el del inefable doctor Simón; y, sobre todo, en plantarse frente a la satapría monclovita.

Es una reacción prepolítica, que antecede a los alineamientos en la famosa escala ideológica: si ella tiene razón y la quieren tumbar, hay que sostenerla. De alguna forma, con su aspecto de actriz de cine mudo, su descaro y sus torpezas verbales (algunas premeditadas), Ayuso se convirtió en un personaje de wéstern, la Gary Cooper del PP.

Es una reacción prepolítica, que antecede a los alineamientos en la escala ideológica: si ella tiene razón y la quieren tumbar, hay que sostenerla

Pronto los analistas detectarán cuántos votantes del PSOE se pasaron a Ayuso (que no al PP), rompiendo la teoría de la impenetrabilidad de los bloques. Inmediatamente comenzarán las predicciones sobre el efecto de este resultado en la política nacional (hoy me limito a recordar que hace dos meses se estaba enterrando a Pablo Casado y aclamando a Sánchez como 'superman' imbatible que permanecería 15 años en la Moncloa; tan apresurado era aquello como correr ahora a proclamar lo contrario con las mismas firmas). Pero hoy toca constatar que, en esta carrera, ella fue más lista y más capaz que sus prepotentes rivales, y por eso los ha goleado incluso en sus feudos.

Se decía que esta era una elección en clave nacional, nada que ver con Madrid. Pero resulta que las dos triunfadoras de la jornada, Ayuso y Mónica García, plantearon una campaña netamente madrileña, empezando por enviar a sus jefes nacionales a la grada en lugar de cobijarse tras ellos. Y fueron también las únicas que comprendieron que, en estos tiempos, el tema central de cualquier elección es indefectiblemente la pandemia.

En cuanto a Iglesias, emprende el mismo camino que Rivera, tras levantar una polvareda de ilusiones embusteras, arrojar a sus propios partidos por el precipicio de su egomanía y dejar la política española hecha unos zorros. Espero que no sean los últimos: el peor de su especie permanece en la guarida.

Si hubiera habido un miligramo de verdad en la sarta de enormidades que se han escuchado en los dos últimos meses a propósito de las elecciones de Madrid, hoy estaríamos lamentando la reinstauración en España de un régimen fascista, que es lo que los demagogos pirómanos de la izquierda, encabezados por quien preside el Gobierno —y por quien lo vicepresidió hasta hace pocas semanas—, anunciaron que sucedería si la derecha ganaba la votación del 4 de mayo.

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