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Por qué el nacionalpopulismo gana por goleada
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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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Por qué el nacionalpopulismo gana por goleada

Los nacionalpopulistas están ganando por goleada, en primer lugar, porque aciertan a conectar mejor con el estado de ánimo de parte importante de la población: precisamente la más encabronada

Foto: Una seuidora de Trump luce un colgante durante la ceremonia de toma de posesión. (Reuters/Amanda Perobelli )
Una seuidora de Trump luce un colgante durante la ceremonia de toma de posesión. (Reuters/Amanda Perobelli )
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Donald Trump ganó las elecciones presidenciales el 5 de noviembre. Ese día, además de la Casa Blanca, conquistó también la mayoría en las dos Cámaras del Congreso y completó la tarea de hacer del Partido Republicano un guiñol a su servicio personal y del Partido Demócrata un juguete roto, consciente de su fracaso y necesitado de pasar una temporada en el diván. Previamente, se había asegurado el control del Tribunal Supremo. Sólo le faltaba obtener la pleitesía de la oligarquía tecnológica y la capitulación de la prensa hostil. En el santuario mundial de la división de poderes, todos los poderes han quedado en manos de un solo hombre; y todo ello por métodos impecablemente democráticos y sin tocar una línea de la Constitución.

La segunda victoria de Trump presenta al menos tres diferencias sustanciales con la anterior. Esta no es, como aquella, el producto azaroso de una carambola electoral, sino una paliza propinada al unísono por blancos, hispanos y negros, hombres y mujeres, ricos y pobres, norteños y sureños (así hasta 80 millones de votantes). Si lo de 2016 pareció un regurgitar del pasado a causa de la indigestión de la crisis, lo de 2024 se nos presenta de forma aplastante como un anticipo del futuro que nos espera a la vuelta de la esquina. Y lo que se tomó como una rareza de los norteamericanos aparece ahora como la expresión de un fenómeno universal: el declinar de las democracias representativas frente al auge de los populismos antiinstitucionales más o menos autoritarios. Trump y sus émulos ya no son bichos raros, sino criaturas plenamente contemporáneas; los raros empezamos a ser los creyentes en un producto vintage llamado democracia constitucional, que transitamos de la estupefacción a la melancolía a fuerza de disgustos.

Se ha dicho con frecuencia que las elecciones presidenciales de los Estados Unidos son tan trascendentes para el mundo que todos deberíamos poder participar en ellas. Mejor no hacer el experimento. En una hipotética votación universal entre Donald Trump y cualquier líder del espacio democrático clásico (elijan el más carismático del mercado actual, si encuentran alguno), la derrota del segundo sería monumental. Perderíamos de calle en América del Norte y del Sur, en Asia y en África. Las pasaríamos canutas para obtener un resultado decoroso en Europa (sin contar a Rusia, donde los putinianos votarían a Trump en masa). Y quizá salváramos los muebles en Oceanía. Con los restos cada vez más famélicos de la socialdemocracia, el liberalismo y el conservadurismo democrático, es dudoso que siquiera pasáramos el corte para acceder a la segunda vuelta.

Se ha repetido hasta el hartazgo que la batalla crucial de nuestro tiempo ya no es entre la derecha y la izquierda clásicas, sino entre el modelo de la democracia representativa y sus enemigos, encolumnados en el plebiscitarismo, el socialpopulismo y el nacionalpopulismo y poseídos por igual vocación destituyente y parecido designio autoritario.

Foto: alt-right-ultraderecha-nacionalpopulismo-fundeu Opinión

Por desgracia, sólo unos pocos lo creyeron y se realinearon en concordancia con ese análisis. Desde luego, no en España, donde las dos fuerzas de la centralidad constitucional (que siguen recibiendo el respaldo inmerecido del 65% de los votantes) se tiran navajazos al hígado a vida o muerte, mientras uno (el PSOE) se alió con la banda entera de los enemigos de la Constitución y les compró la mercancía doctrinal hasta confundirse ideológicamente con ellos, y el otro (el PP) asumió resignadamente que su destino ineluctable es gobernar junto a la extrema derecha integrista, hoy crecida como nunca.

Aquí, el campo de batalla ya está marcado: las próximas elecciones españolas serán un zafarrancho incivil entre el sanchismo (formado por todos aquellos dispuestos soportar a Sánchez como mal menor, bloqueando eternamente la alternancia) y la fachosfera (que incluye a todo aquel, de derechas o de izquierdas, que desea sacar a Sánchez de la Moncloa como requisito necesario, aunque no suficiente, para empezar a desmilitarizar la política). En el fondo, es una confrontación similar en sus términos (aunque quizá no en su resultado) a la de Estados Unidos, con Sánchez ejerciendo la función de Trump como eje y motor de la polarización. No se trata de ganar al otro, sino de derogarlo.

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En el siglo XX se desarrolló una batalla cruenta entre las democracias y los totalitarismos, que se resolvió en su último tercio con la victoria de la democracia: cayeron las dictaduras comunistas del bloque soviético, las dictaduras fascistas del sur de Europa (España, Grecia, Portugal) y las dictaduras militares en Latinoamérica. La democracia no solo impuso su superioridad moral; además, demostró ser mucho más eficiente para gestionar la modernidad.

A continuación, se acomodó en su victoria: y cuando llegaron la crisis financiera de 2008 y después la derivada de la pandemia, dos generaciones vieron truncados sus proyectos vitales y culparon de ello -no sin razón- a la ineficiencia de los gobernantes, lo que condujo a una impugnación del sistema político y abrió las puertas a las fuerzas destituyentes que hoy crecen como la espuma, esponsorizadas por las grandes autocracias orientales y sus quintacolumnistas en occidente (de los que hay nombres ilustres en España). Lo que se está viniendo abajo no es el orden mundial creado tras la Segunda Guerra Mundial, sino el que nació tras la caída del Muro de Berlín.

Felipe González repite con frecuencia que la primera condición del liderazgo político es la capacidad de hacerse cargo del estado de ánimo de la población. Tiene razón, pero hay que añadir un segundo paso: presentar las ideas y los proyectos capaces de elevar ese estado de ánimo cuando este es sombrío con motivo. Ahí es donde los Gobiernos y las fuerzas democráticas convencionales vienen fracasando con estrépito en lo que llevamos de siglo XXI.

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Los nacionalpopulistas están ganando por goleada, en primer lugar, porque aciertan a conectar mejor con el estado de ánimo de parte importante de la población: precisamente la más encabronada. También porque tienen ideas, disponen de un proyecto claro y poseen liderazgos reconocibles. De todo ello carece el campo democrático, especialmente la izquierda instalada en la molicie, que es un desierto ideológico, suspira por un proyecto caducado (para muchas personas resulta casi insultante que les sigan hablando del “Estado del bienestar”) y padece una crisis abismal de liderazgos.

Entre un puñado de disparates, Karl Marx dejó algún legado inteligente como teoría social, aunque sus tesis resultaron universalmente catastróficas como terapia. Es útil, por ejemplo, recordar que los poseedores de los medios de producción siempre aspiran a ejercer el poder político, sea directamente o por personas interpuestas; y que, cuando cambian lo que él llamó “los modos de producción” (por ejemplo, cuando la sociedad industrial da paso a la tecnológica), ese cambio se refleja en todos los ámbitos: el Estado y la política, la cultura, los hábitats, etc.

No le vendría mal a nuestra izquierda, reconvertida al identitarismo retrógrado, releer a algunos de sus clásicos para comprender por qué los amos de la tecnología se desentienden de sus discursos polvorientos y se aproximan políticamente a quien hoy consideran más contemporáneo, aunque tenga el pelo naranja y padezca -él también- un intenso trastorno narcisista en su personalidad.

Los nacionalpopulistas tienen ideas, disponen de un proyecto y poseen liderazgos reconocibles. De todo ello carece el campo democrático

Como ciudadano de Occidente, he tenido la fortuna de pertenecer a la única generación en la historia de la humanidad que en todo su ciclo vital ha disfrutado de libertad, paz, prosperidad y ausencia de grandes calamidades. Sospecho que no es una tendencia, sino un paréntesis; y que a continuación viene un regreso a la normalidad histórica: es decir, un tiempo con más sombras que luces. Sugiero que lean el discurso de Donald Trump con esa óptica. O, casi mejor, no lo hagan. ¿Por qué amargarse el día para nada?

Donald Trump ganó las elecciones presidenciales el 5 de noviembre. Ese día, además de la Casa Blanca, conquistó también la mayoría en las dos Cámaras del Congreso y completó la tarea de hacer del Partido Republicano un guiñol a su servicio personal y del Partido Demócrata un juguete roto, consciente de su fracaso y necesitado de pasar una temporada en el diván. Previamente, se había asegurado el control del Tribunal Supremo. Sólo le faltaba obtener la pleitesía de la oligarquía tecnológica y la capitulación de la prensa hostil. En el santuario mundial de la división de poderes, todos los poderes han quedado en manos de un solo hombre; y todo ello por métodos impecablemente democráticos y sin tocar una línea de la Constitución.

Donald Trump
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