A partir de un cierto punto de envilecimiento en los objetivos y en los comportamientos, hay cosas que ya no es posible hacer pretendiendo a la vez quedar bien
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Chema Moya)
Todos los presidentes de la democracia española tienen en común que su gobierno más resultón fue siempre el primero, y los empeoraron en los cambios sucesivos hasta componer en su fase terminal verdaderos adefesios políticos, poblados de personajes inverosímiles. Incluso los ministros veteranos se vulgarizan, mostrando vicios y resabios que no eran tan visibles al principio.
A estos efectos, la trayectoria de Sánchez y sus gobiernos es una versión intensificada hasta el paroxismo de ese fenómeno de degradación progresiva. En el período anterior a su llegada al poder, como secretario general de su partido ya había mostrado ramalazos éticos sospechosos, que explotaron en aquel infame comité federal de octubre de 2016, con la Policía separando en la calle a unos socialistas de otros y un posterior intento de pucherazo detrás de una cortina.
No obstante, en sus primeros pasos en el Gobierno se esforzaron por cuidar la estética, hasta el punto de crear en algunos sectores la ilusión de que, tras la gestión más bien casposa de Rajoy, estos traían un aire nuevo a la política española. El aire era nuevo pero no aseado, como se comprobó rápidamente. Pronto mostraron (no sólo los del PSOE, sino toda esa generación malograda de políticos profesionales) que habían adquirido todos los vicios y ninguna de las virtudes de sus mayores. La "nueva política" devino en un estrago del que el país tardará en recuperarse.
Aun así, al primer ejecutivo de Pedro Sánchez lo llamaron "el Gobierno bonito", aludiendo, medio en serio y medio en broma, a la evidente obsesión de que los nombres y los gestos quedaran resplandecientes. Además de un apuesto presidente que sabía inglés, allí había magistrados de prestigio, altos funcionarios de la Unión Europea, astronautas, tecnócratas 2.0., personajes de la cultura y hasta un exministro de Felipe González que en su día ganó las primeras primarias. Mientras se procedía a una sorda limpieza étnica en su partido, se cuidaron con esmero los primeros ademanes buenistas, como aquel emocionante rescate de un barco a la deriva cargado de inmigrantes. Mucho ha llovido desde entonces hasta los pactos secretos con la satrapía marroquí y las devoluciones en caliente en la valla de Melilla.
La historia posterior es la de una degradación contumaz de las referencias éticas que ya venían averiadas de entrada y, a la vez, un ruidoso desplome de la estética gubernamental, de tal forma que una y otra cosa tienden a converger a la altura del sótano. Es lógico, porque, a partir de un cierto punto de envilecimiento en los objetivos y en los comportamientos, hay cosas que ya no es posible hacer pretendiendo a la vez quedar bien.
Si contratas un trueque con los promotores de una insurrección institucional para neutralizar la sentencia del Tribunal Supremo y liberarlos de responsabilidad por sus delitos a cambio de su apoyo político, algunas cosas (por ejemplo, los indultos) pueden camuflarse con un discurso impostado sobre la pacificación en Cataluña y otras mandangas de conveniencia. Pero a medida que aumenta la factura y hay que subvertir radicalmente la Constitución y tu propio discurso anterior (la amnistía, el retorcimiento del Código Penal en busca de la impunidad presente y futura, la financiación privilegiada, la entrega del control de las fronteras y todo lo que está por venir) ya no hay más remedio que descararse y dejar en evidencia que te pasas por el forro el principio de legalidad y que te dispones a tomar por asalto el poder judicial.
Si, a falta de votos suficientes en el Congreso, montas un gobierno de coalición con la extrema izquierda populista respaldado desde fuera por los nacionalismos destituyentes, puedes venderlo durante una temporada como un producto progresista. La cosa se pone fea cuando tienes que limpiar la cara y tratar como seres honorables a los albaceas testamentarios deETA. Y el cuento se derrumba definitivamente cuando, tras perder las elecciones, te ves en el trance de subir al carro a la derecha integrista heredera del carlismo montaraz, dirigida por un fugitivo de la justicia que te obliga a legislar a su dictado y rendirle cuentas periódicamente en un cuarto oscuro de Ginebra, además de soportar que su portavoz te humille reiteradamente en la tribuna del Congreso. Ahí no te queda otro pretexto que el refranero: "Hacer de la necesidad virtud", sin que nadie sensato vea por ningún lado ni la necesidad ni la virtud.
Puedes aparentar durante una temporada que vienes a restablecer una democracia parlamentaria impecable, proclamando que el Parlamento es el centro de la vida política. Hasta que te ves como segundo partido, acogotado por tus arrendadores de votos y gobernando sin mayoría para sacar adelante una ley o cualquier otra iniciativa. Entonces viene la liquidación de los procedimientos legislativos ordinarios; pero como eso tampoco alcanza, apagas la luz y cantas la gallina: gobernaré con el Parlamento o sin él. Suprimes por la cara los presupuestos anuales, cancelas el debate del Estado de la Nación y conviertes las sesiones semanales de control en un gallinero horrísono y procaz que nadie permitiría contemplar a sus hijos menores de edad. Puede que te sirva para durar en sequía legislativa, pero ya no queda bonito. De hecho, queda espantoso. Si en el futuro un Gobierno de otro signo reproduce las mismas prácticas abusivas, tu partido estará desarmado para reprocharlo.
Puedes llegar al poder cabalgando sobre la corrupción de otros y llamándote Míster Limpio. Pero resulta que tras Roldán vino Bárcenas y, tras él, Ábalos. Todos ellos son sujetos prototípicos de una misma especie, y todos se convirtieron sucesivamente en iconos de una oleada de casos de corrupción que siempre se alimentan de un sentimiento de omnipotencia impune instilada desde la cumbre del poder. Los discursos y maniobras exculpatorias de los sucesivos gobiernos afectados por esa infección son exactamente iguales en su literalidad, en su falsedad y también en su inutilidad.
Parece mentira que el aparato de propaganda oficialista no se dé cuenta de que cada vez que se le pregunta por Air Europa y contesta por Gürtel está fomentado la asociación entre ambas lepras. Con la diferencia de que el PSOE socialdemócrata y el PP ya pagaron en su día sendas facturas de 4 millones de votos y el partido neopopulista de Sánchez aún tiene pendiente esa deuda.
La crisis de la estética afecta más que nadie al propio presidente, y no me refiero a su guapura y majeza. El Caballero Blanco se ha hecho visible como un sujeto narcisista, colérico, vengativo, embustero, maniobrero y de manifiestas inclinaciones autocráticas. Alguien que confunde su persona con el partido, su partido con el Gobierno, su gobierno con el Estado y el Estado con su persona. Ya lo cantó Sabina en 'La Mandrágora':
¿Por qué está de jefe?
Porque va a caballo.
¿Por qué va a caballo?
Porque no se baja.
¿Por qué no se baja?
Porque vale mucho.
¿Y cómo lo sabe?
Porque está muy claro.
¿Por qué está tan claro?
Porque está de jefe.
('Círculos Viciosos', 1981)
Todos los presidentes de la democracia española tienen en común que su gobierno más resultón fue siempre el primero, y los empeoraron en los cambios sucesivos hasta componer en su fase terminal verdaderos adefesios políticos, poblados de personajes inverosímiles. Incluso los ministros veteranos se vulgarizan, mostrando vicios y resabios que no eran tan visibles al principio.