Si rechazamos el sanchismo como producto político no es sólo por la repugnancia que producen los ademanes de sus gerifaltes, hoy más a la vista que ayer pero menos que mañana
Imagen de archivo de Pedro Sánchez durante la campaña electoral de 2018. (Reuters/Del Pozo)
Imagine que es usted un visitante que desconoce todo sobre la política española. Camina de noche por una calle desierta y ve venir de frente un grupo formado por Koldo García, José Luis Ábalos, Óscar Puente, Santos Cerdán, María Jesús Montero y Leire Díez Castro. En semejante trance, ¿usted qué haría? Presiento que muchos agarrarían con fuerza su móvil y, de ser posible, cambiarían de acera o de rumbo. Junto a su achulado jefe, componen el rostro temible de un régimen en descomposición que defiende su subsistencia a dentelladas -o como haga falta-.
El artículo 113.2 de la Constitución española establece que la moción de censura "habrá de incluir un candidato a la Presidencia del Gobierno". Es la fórmula de la llamada moción de censura constructiva, una rareza constitucional que sólo existe en Alemania y en España.
Esas diez palabras son también las más trascendentes de la vida política de Pedro Sánchez, que en este fin de semana cumple siete años como presidente del Gobierno. Las que le permitieron llegar al poder y hoy lo mantienen en él.
En mayo de 2018 una mayoría social y parlamentaria deseaba sacar a Mariano Rajoy de La Moncloa, lo que ello no comportaba que se quisiera entregar el poder a Sánchez. Al contrario, este había conducido a su partido a los dos peores resultados electorales de su historia y aparecía desplomado en las encuestas, luchando por la tercera posición.
Para echar a Rajoy había que poner a otro, y de ello se aprovechó el perillán para encaramarse a donde jamás habría llegado por sus propios méritos. Así lleva siete años, gobernando el país en modo bonapartista pese a carecer siempre su partido de una mayoría concluyente, tanto en las urnas como en el Congreso. Ha competido en cinco elecciones generales y, en sus mejores registros, el PSOE obtuvo el respaldo del 20% del censo electoral y el 35% de los diputados. Pero nadie en la democracia española ha realizado un despliegue de poder personal como el suyo.
Saltamos al final de mayo de 2025 y comprobamos que lo único que hoy protege a Sánchez de su destitución parlamentaria es la célebre moción de censura constructiva. En este Congreso sería relativamente sencillo armar una mayoría para echarlo, pero no si ello supone poner a Feijóo en su lugar. Como de momento pesa más lo segundo que lo primero, nuevamente el 113.2 opera en su provecho.
Los elementos de partida que definen la peripecia de este presidente son la permanente precariedad de fortaleza electoral y parlamentaria propias, la dependencia de apoyos externos para alcanzar el poder y sostenerse en él, la determinación de traficar esos apoyos con cualquiera y a cualquier coste, la vocación cismática de partir el país en dos bloques inconciliables y el accidentalismo extremo en lo que se refiere a las ideas, las formas y los medios para alcanzar sus objetivos.
El resultado de ello es que Sánchez se ha sostenido siete años -y los que le queden- cabalgando siempre sobre sucesivas mayorías negativas: bien construidas políticamente contra alguien, o bien habilitadas por el mecanismo bloqueador de la moción de censura, que termina pariendo extrañas criaturas en el poder.
Pero su rasgo más diferencial -en mi opinión, también el más tóxico- es el carácter radicalmente autorreferencial de todas y cada una de sus decisiones y movimientos. Es fácil encontrar en ellas la pista de una prioridad absoluta: la búsqueda del beneficio propio o, en su defecto, del perjuicio ajeno. En algunos casos ello ha coincidido con el interés objetivo del país y en otros no; pero eso ha sido invariadamente, y sigue siendo, un efecto colateral de la decisión, jamás su núcleo esencial.
Da igual lo trágico o trascendental de la situación: tanto en el peor momento de la pandemia, en la dana de Valencia o en el apagón del 28 de abril como en las decisiones más relevantes de política económica o exterior, la primera herramienta interpretativa a utilizar es siempre el provecho buscado por el sujeto que toma la decisión; y ello es así porque "qué supone esto para mí" es en todas las ocasiones la primera pregunta que este concreto sujeto se formula y la única que realmente le importa.
Ello explica en gran medida la mareante variabilidad de sus políticas: puesto que los términos de la realidad alteran constantemente la medida del beneficio o el perjuicio político inmediato, hay que dotarse de una flexibilidad de criterio prácticamente ilimitada para estar en condiciones de obtener provecho en cualquier coyuntura. Por ello resulta inútil buscar, en estos siete años -y lo será aún más en los que le queden- una sola decisión de gobierno tomada en interés del país o del Estado con consciencia de que podría dañar el interés partidista o personal del presidente del Gobierno, mientras rebosa la cuenta de los casos contrarios.
Suele tomarse el vocablo "sanchismo" en sentido peyorativo y es cierto que frecuentemente se usa con esa intención. No obstante, yo creo que es una categoría política real y un concepto útil para el análisis de esta última década. Sucede que ha evolucionado con el tiempo, nutriéndose de nuevos atributos sin perder los anteriores:
Inicialmente, el sanchismo se refería únicamente a la específica forma de hacer política de Pedro Sánchez, primero en su partido y después en el Gobierno. Un estilo asociado a la peculiar morfología del carácter del personaje. En pocas palabras: amor ilimitado por su persona, cinismo como principio existencial en su relación con los demás, ambición desmedida de poder y audacia al nivel de la ambición, supremacía de los fines sobre los medios y de los medios sobre los principios y los contenidos, prevalencia del relato sobre los hechos y desprecio de la verdad en la medida en que la verdad imponga un límite a la omnipotencia de la voluntad. No me corresponde a mí poner nombre clínico a este cuadro, aunque el nombre existe.
En una segunda fase, el sanchismo se plasmó en una fórmula de gobierno. Los elementos de la fórmula son la quiebra del consenso como principio sustentador del sistema político, la polarización binaria como estrategia, la disolución de la centralidad (que no del centrismo) como el espacio donde se construyen las mayorías y se garantizan los equilibrios políticos y sociales. Se basa en la convicción de que asentar una alianza entre todas las fuerzas de la izquierda y todos los nacionalismos (prescindiendo de la relación de cada uno con el orden constitucional) resultaría imbatible y garantizaría un disfrute duradero del poder. En términos ideológicos, la fórmula fue acompañada del tránsito de la socialdemocracia al populismo de izquierdas con tintes claramente kirchneristas; y para el PSOE, implicó la renuncia a su pasada vocación mayoritaria, que se exportó del partido al bloque.
La tercera fase cristalizó en la frase inmortal de la noche electoral del 23-J: "¡somos más!". Obviamente, no se refería a su partido -que acababa de perder las elecciones, sino a una alianza parlamentaria para la investidura que se dio por hecha sin siquiera haber comenzado a negociarse. Aquella, noche, Pedro Sánchez se presentó ante el país como el líder de un movimiento político de vocación no ya mayoritaria sino hegemónica, basado en el propósito inflexible de ocupar desde el Gobierno todos los espacios del Estado, en la intención de hacer traumática la idea de la alternancia en el poder, en la sustitución del principio de legalidad por el uso alternativo del derecho y en la formación de un conglomerado de poderes fácticos (sociales, institucionales, empresariales, mediáticos) que preservara incluso de posibles accidentes electorales, facilitando en ese supuesto un rápido regreso al poder.
Si rechazamos el sanchismo como producto político no es sólo por la repugnancia que producen los ademanes de sus gerifaltes, hoy más a la vista que ayer pero menos que mañana: el tránsito de Nadia Calviño a Leire Díez Castro como musa de la tribu lo dice todo.
Pesa aún más la constatación de que este es un período oscuro de España, y así lo señalarán los libros de historia; que se están resquebrajando los fundamentos del estado de derecho y, quizá, de esa cosa tan frágil en este país llamada convivencia; y que el sanchismo representa la versión española de la regresión democrática en el siglo XXI, con componentes universales, pero también con singularidades inequívocamente carpetovetónicas.
En definitiva, aunque en estos días asistimos a una indigestión de prácticas inmorales (además de infinitamente torpes), prefiero precisar que el sanchismo es más bien un movimiento amoral, en el sentido de la RAE: desprovisto de sentido moral. Y temo que su efecto sobre esta sociedad perdurará más allá de la presencia de Sánchez en la Moncloa.
Imagine que es usted un visitante que desconoce todo sobre la política española. Camina de noche por una calle desierta y ve venir de frente un grupo formado por Koldo García, José Luis Ábalos, Óscar Puente, Santos Cerdán, María Jesús Montero y Leire Díez Castro. En semejante trance, ¿usted qué haría? Presiento que muchos agarrarían con fuerza su móvil y, de ser posible, cambiarían de acera o de rumbo. Junto a su achulado jefe, componen el rostro temible de un régimen en descomposición que defiende su subsistencia a dentelladas -o como haga falta-.