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Las elecciones en España son limpias y el PP lo sabe
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Ignacio Varela

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Las elecciones en España son limpias y el PP lo sabe

El sistema electoral español es manifiestamente mejorable. Pero es materialmente imposible que el Gobierno, este o cualquier otro, realice un pucherazo. No podría aunque lo intentara

Foto: El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo (d), conversa con el expresidente del Gobierno José María Aznar. (EFE/Javier Lizón)
El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo (d), conversa con el expresidente del Gobierno José María Aznar. (EFE/Javier Lizón)
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Qué fácil es pasarse de la raya cuando el adversario no para de dar motivos para acusarlo creíblemente de cualquier cosa, cuando tiene acreditadas la soltura al violentar el derecho y una irresistible inclinación ventajista y tramposa. Cuando nada de lo que sale de su boca goza ya de presunción de veracidad. A esa situación se ha conducido a sí mismo Pedro Sánchez, arrastrando al mismo foso a su Gobierno y a su partido. Media España no cree nada de lo que dice y hace, y sueña con la hora de que se largue. La otra media se tapa la nariz y soporta embustes y fullerías a cambio de que siga taponada la alternancia, considerada como el mal mayor que hay que impedir a cualquier coste.

Un clima así ofrece el terreno fértil en el que todas las sospechas crecen y se asientan fácilmente en la conciencia colectiva. Las que tienen fundamento y las que no, las reales y las imaginarias.

Es en esos momentos cuando la oposición que pretende ser alternativa tiene que medirse con más esmero. Precisamente porque el PP sabe que en esta coyuntura de descrédito masivo del presidente cualquier disparo contra Sánchez será bienvenido, debería usar su arsenal balístico con prudencia e inteligencia si no quiere contagiarse de igual descrédito. Para mostrar el carácter tóxico de este presidente y su tinglado de poder, le sobran al PP argumentos anclados en la realidad sin necesidad de sacar a pasear los que sabe falsos.

Me refiero, en concreto, a la insinuación de José María Aznar sobre el peligro de un pucherazo en las próximas elecciones generales, respaldada después por Alberto Núñez Feijóo. Su base de apoyo es la evidencia, en las famosas grabaciones de la UCO, de que los forajidos Koldo y Cerdán se dedicaron a meter papeletas truchas en las urnas de las primarias del PSOE (y se lo contaban por WhatsApp, hay que ser zopencos). Una guarrada que resulta creíble en sujetos de esa calaña e ingrávida para sostener sobre ella una especulación paranoica sobre un pucherazo a gran escala en una elección nacional.

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¿Es materialmente posible adulterar las primarias del PSOE o de cualquier otro partido, incluido el PP? Sí, lo es. ¿Considero a Pedro Sánchez capaz de hacerlo? Lo considero capaz de hacer eso y cosas mucho peores, lo que no permite asegurar que lo haya hecho. Personalmente, creo que Sánchez ganó dos primarias en su partido por la sobradez incompetente de sus adversarios internos, que se comieron los anzuelos que les puso y le entregaron la victoria en bandeja. Ganó por avispado, no por golfo. La golfería masiva vino después.

Otra cosa son las elecciones de verdad, esas en que los ciudadanos eligen sus representantes y, derivadamente, sus Gobiernos. Quede claro de una vez: el sistema electoral español -especialmente, su regulación en la LOREG- es manifiestamente mejorable. Pero es materialmente imposible que el Gobierno, este o cualquier otro, realice un pucherazo. No podría aunque lo intentara, porque carece de los poderes necesarios para ello.

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Yo también considero a Sánchez capaz de falsificar unas elecciones, como Maduro, si gobernara una república caribeña. Sin embargo, sé con certeza que las próximas elecciones en España serán tan limpias como todas las anteriores, porque meter mano a las urnas no está a su alcance. También lo saben José María Aznar y Alberto Núñez Feijóo, que han vivido varias veces la experiencia de convocar y organizar elecciones y conocen lo que un Gobierno puede y no puede hacer en un proceso electoral.

El control de los procesos electorales en España está íntegramente en manos de las respectivas juntas electorales. La Junta Electoral Central se compone así: a) Ocho magistrados del Tribunal Supremo, designado por insaculación (es decir, por sorteo) por el Consejo General del Poder Judicial. b) Cinco catedráticos de Derecho o de Ciencias Políticas y Sociología, elegidos por el Congreso a propuesta conjunta de los partidos políticos. El presidente y el vicepresidente de la JEC deben ser del grupo de los magistrados. Este esquema se repite en todos los ámbitos territoriales.

El poder ejecutivo, pues, está excluido de la administración electoral en España. Su poder se limita a convocar las elecciones y facilitar los locales de votación y su seguridad. Todo lo demás, desde la supervisión del censo a la resolución de cualquier reclamación relacionada con la campaña y la votación y, por supuesto, el recuento y la proclamación de los resultados, es competencia exclusiva de la Junta Electoral, controlada por los jueces. Ese control judicial incluye el voto por correo, mencionado malévolamente por Feijóo como fuente de una posible manipulación. Si falla algo en el voto por correo será por incompetencia, no por designio político.

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Despejemos fantasmas: los resultados que avanza el Ministerio del Interior en la noche electoral carecen por completo de valor legal. Su utilidad es meramente informativa. Pueden ensayarse jugarretas o crear confusión en la difusión de los datos, pero eso no va a ninguna parte. El único resultado válido es el que proclama la Junta Electoral tras revisar una por una todas las actas, firmadas en las mesas con el asentimiento de los interventores y apoderados de los partidos y tras haber resuelto las reclamaciones que presenten los representantes de las candidaturas. Cualquier incidente o reclamación ulterior se tramita igualmente por vía judicial.

Especular con una manipulación de los procesos electorales no ofende al Gobierno, sino a quienes realmente lo controlan, que son los jueces. El único precedente de que se pusiera en cuestión la limpieza de unas elecciones lo protagonizó el propio Aznar en 1989, frustrado por una derrota que no esperaba. Tras la escandalera, el Tribunal Constitucional puso las cosas en su sitio y el ridículo quedó para el denunciante.

Por lo demás, no encuentro el sentido político de denunciar preventivamente un pucherazo en una votación que ni siquiera tiene fecha; mucho menos si quien introduce la sombra de la duda es el partido que tiene la mayor probabilidad de ganar esa votación. ¿Acaso pretende el PP contaminar de sospecha su propia victoria o la tesis del pucherazo sólo reaparecerá si vuelven a tirar por la borda una ocasión de gol a portería vacía, como hicieron en julio del 23? Que no busque Feijóo en Correos la causa de aquel pinchazo: la tiene mucho más cerca.

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Once presidentes del PP convocarán sus respectivas elecciones autonómicas. Al abrir el melón del pucherazo gubernativo, Aznar y Feijóo han abierto la puerta al aparato de propaganda del sanchismo para que se proteja de sus previsibles derrotas en esos territorios usando la misma insidia; entonces, su imprudencia de hoy les privará de autoridad moral para refutarla.

Últimamente se acumulan en España los episodios que nos alejan de las democracias sanas. Me parece preferible llamar la atención sobre ellos para invertir la deriva autocrática que extender la nube negra a las cosas que aún nos identifican como una democracia integral. Una de ellas es la limpieza de las elecciones.

Sánchez y su tropa llenarán de basura y azufre la campaña electoral y el tiempo anterior, aumentando la dosis a medida que empeoren sus expectativas judiciales y/o electorales. Antes, este presidente puede llevar al país a situaciones límite: temo que eso ya esté planeado. Hay, pues, tarea bastante para una oposición seria y no atolondrada, una que no pierda el tiempo y la razón embistiendo a molinos como si fueran gigantes.

Qué fácil es pasarse de la raya cuando el adversario no para de dar motivos para acusarlo creíblemente de cualquier cosa, cuando tiene acreditadas la soltura al violentar el derecho y una irresistible inclinación ventajista y tramposa. Cuando nada de lo que sale de su boca goza ya de presunción de veracidad. A esa situación se ha conducido a sí mismo Pedro Sánchez, arrastrando al mismo foso a su Gobierno y a su partido. Media España no cree nada de lo que dice y hace, y sueña con la hora de que se largue. La otra media se tapa la nariz y soporta embustes y fullerías a cambio de que siga taponada la alternancia, considerada como el mal mayor que hay que impedir a cualquier coste.

Pedro Sánchez Junta Electoral Central José María Aznar
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