La consigna del oficialismo de aquí a las elecciones está clara: vota Sánchez. Y si no puede ser, vota Vox. Por cierto, igual sucede en el sentido inverso
El presidente de Vox, Santiago Abascal. (Europa Press/Alejandro Martínez Vélez)
Si yo fuera dirigente de un partido político y tuviera algún mando sobre la planificación electoral, en este período no gastaría un euro en encuestas de intención de voto, al menos en lo que se refiere a las elecciones generales. Hoy es mucho más interesante profundizar en los porqués de lo que está pasando en el cuerpo social que en los cuántos, y para eso existen otras técnicas de investigación más adecuadas.
La agitación política de los últimos meses ha sido de tal intensidad y es tanta la incertidumbre sobre el calendario de las votaciones que, ahora mismo, tratar de extraer una estimación consistente de voto es como hacer una fotografía en medio de un seísmo. Aún más temerario es repartir escaños cuando ni siquiera está claro cómo se presentarán las fuerzas políticas en la línea de salida de una competición sin fecha divisable ni para quien tiene que decidirla.
Está claro que, en el espacio de la derecha, concurrirán a nivel nacional dos fuerzas grandes, PP y Vox, a las que probablemente habrá que añadir el SALF de Alvise, cuyo porcentaje residual sólo servirá, en el mejor de los casos, para obtener un escaño en Madrid si supera el 3%. Cuantos más votos inútiles detraiga SALF del bloque de la derecha, mejor para la izquierda: primer motivo para afirmar que la crecida de la extrema derecha, en cualquiera de sus variantes, es la principal esperanza de la izquierda para que su previsible derrota no resulte una hecatombe.
En el bloque sanchista, por el contrario, todo es incertidumbre. Ni siquiera puede darse por hecho que el PSOE se presente en solitario; hay quienes especulan con alguna clase de alianza electoral del partido de Sánchez con lo que quede del montaje multicolor de Yolanda Díaz (aunque sólo sea su melena de rubio teñido en las listas de Sánchez).
Por lo demás, la galaxia asociada al PSOE es un puro carajal de cálculos y conspiraciones. Están quienes sueñan con que Sumar y Podemos vuelvan a casarse, quienes imaginan frentes de los nacionalistas de izquierda entre sí o subiendo al carro a los de Iglesias (sin especificar quién se subiría al carro de quién) y quienes apuestan por engrosar lo más posible el voto del PSOE mediante el expolio electoral de sus actuales compañeros de viaje. Todo con la utopía de que se repita in extremis el milagro del 23 o, de forma más realista, con el objetivo de aminorar las pérdidas de un bloque político, el del ¡Somos Más!, que viene dando muestras evidentes de declive y desconcierto en todos sus componentes.
No es necesario dejarse las pestañas con los números de las encuestas para detectar el sentido de la corriente. En España, como en el resto de Europa, todo lo que ha venido tras la gran recesión y la pandemia muestra una inclinación sostenida de las sociedades occidentales hacia la derecha, especialmente hacia sus versiones más radicales. Mientras la caída de los partidos liberal-conservadores tradicionales ha tenido el contrapunto del auge de las derechas extremistas, el hundimiento generalizado de la socialdemocracia ni siquiera ha servido para generar réplicas sólidas de extrema izquierda. La melancólica descomposición del invento de Iglesias, que llegó a disponer de 71 diputados en el Congreso y a rozar el sorpasso al PSOE es muestra de un fenómeno general.
Ya pueden los estrategas de la coalición sanchista construir combinaderas y castillos de humo con los números. Nada ni nadie modificará el hecho de que en julio de 2023 la izquierda y la derecha de ámbito nacional empataron a votos y que, en los dos años de esta legislatura, el hueco se ha abierto de forma constante a favor de la derecha hasta convertirse en un socavón insalvable. Más de 13 puntos separan hoy al dúo PP-Vox de la tripleta PSOE-Sumar-Podemos, sin que la costalada de la izquierda española aproveche a sus aliados nacionalistas.
Sencillamente, cada vez hay menos españoles dispuestos a sostener el tinglado de la coalición ¡Somos Más!, donde se agrupan socialdemócratas reciclados al populismo, populistas de origen mortalmente peleados entre sí, separatistas de izquierda, separatistas de derecha, herederos de ETA y aprovechateguis de ocasión siempre dispuestos a subastar su voto enarbolando el banderín de su pueblo.
La única forma democrática de modificar la perspectiva de un cambio contundente de mayoría es invertir el sentido de esa tendencia, y nada en la realidad española ni europea permite sostener racionalmente esa expectativa. Hay muchas formas de imaginar el reparto de una tarta decreciente para que parezca que donde hay vida hay esperanza: con todas ellas especulan las distintas ramas del sanchismo menos con la fórmula milagrosa para que la tarta crezca de nuevo y vuelva a ser al menos tan grande como la de sus rivales. Quizá porque, a estas alturas, la tal fórmula ya no existe; y si existiera alguna, pasaría necesariamente por relevar al capitán y fletador del barco.
50% de votos a la derecha por 37% de votos a la izquierda durante todo el año 2025, con la brecha aumentando de forma lenta, pero segura. Los temas de conversación socialmente dominantes son uniformemente venenosos para quien hoy ocupa el Gobierno sin gobernar: la no-vivienda, la inmigración, la corrupción política, el colapso de los servicios públicos y el empobrecimiento de las clases medias. Es la famosa batalla del relato: dime de qué se habla y te diré cómo se votará.
La cosa es que esos problemas, que casan por completo la realidad objetiva con la vivencia subjetiva ampliamente mayoritaria, son también especialmente favorables para la extrema derecha extrasistémica de la que no se esperan soluciones, sólo calentones. Porque en la medida en que se hacen parecer insolubles, el único tubo de escape de las emociones negativas que se acumulan en torno a ellos es premiar a quienes representan, antes que nada, la impugnación global, el no-gobierno y, sobre todo, la nostalgia de un pasado embellecido, especialmente para quienes no lo vivieron.
La única esperanza de la izquierda en su naufragio es que el barco rival se escore lo más posible hacia las rocas extremistas, por ver si embarranca y en lugar de un Titanic tenemos dos.
En términos de mero cálculo electoral, la crecida de Vox detendría la del PP y ello mermaría la distancia entre el primero y el segundo, que es la variante clave en el reparto de escaños en la mayoría de las circunscripciones.
Una mayoría parlamentaria de derechas con cerca de 50 diputados de Vox (aún más esperan fabricar en el laboratorio monclovita) sería por definición inestable y peligrosa para quien la comandara. Participara o no en el Gobierno, ese partido extremista multiplicaría su capacidad de condicionar la agenda del Gobierno y del país; y consecuentemente, alimentaría la caldera de una polarización irreductible, un frente de oposición de tierra quemada, movidas callejeras crecientemente radicalizadas, una atmósfera política aún más tóxica que la actual y la expectativa fundada de un fracaso gubernamental del PP que permita esperar una rápida vuelta de la tortilla sin necesidad de soportar la travesía del desierto que, en otro caso, esperaría a la izquierda tras la era sanchista. En esa perspectiva, 2030 no sería el punto al que se quiere llegar en el Gobierno, sino el momento del retorno tras otero lustro perdido para el país.
La consigna del oficialismo de aquí a las elecciones está clara: vota Sánchez. Y si no puede ser, vota Vox. Por cierto, igual sucede en el sentido inverso.
Si yo fuera dirigente de un partido político y tuviera algún mando sobre la planificación electoral, en este período no gastaría un euro en encuestas de intención de voto, al menos en lo que se refiere a las elecciones generales. Hoy es mucho más interesante profundizar en los porqués de lo que está pasando en el cuerpo social que en los cuántos, y para eso existen otras técnicas de investigación más adecuadas.