La molicie española: lo que nos hemos cargado en el siglo XXI y ya no tiene remedio
España ha renunciado a ser una potencia industrial, por supuesto militar, económica, tecnológica, incluso una potencia cultural. El bienestar de los españoles depende mayormente de dos cosas tan frágiles como la inmigración y el turismo
El Rey mantiene un encuentro El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Isaac Buj)
En la política y en la vida colectiva (que, ¡ay!, cada día se separan más), hay problemas que tienen remedio, sea este más o menos difícil; se trata de disponer de los instrumentos, conocer las técnicas y concitar las voluntades para ponerse a la labor de recomponer lo descompuesto. Pero hay otra clase de problemas cuya única solución es no crearlos, como hay enfermedades que sólo se curan con medicina preventiva. Una vez provocados, no hay marcha atrás: sólo cabe aplicar potingues paliativos.
Hablando de los segundos, el primer cuarto del siglo XXI en España ha sido uniformemente desastroso -lo que no significa que en el resto del mundo haya sido mucho mejor-. Compartimos con otros las desgracias propias de nuestro tiempo y hemos añadido una ración generosa de estropicios de fabricación casera, además de los tradicionales conflictos hispano-españoles que por un momento creímos apaciguados.
La mezcla de una sucesión de malos gobernantes con una sociedad adocenada a la que se hizo creer que el progreso es inercial y que los derechos se adquieren con la partida de nacimiento sin que guarden conexión alguna con los deberes nos ha conducido a plantarnos a la puerta de un tiempo oscuro, en el que sólo la ciencia y la tecnología dan de vez en cuando alguna buena noticia.
El producto de 25 años de molicie colectiva se mide, en primer lugar, por la enormidad de nuestras renuncias y el modelo resultante de un país estancado en una época de inédita aceleración histórica.
Con Zapatero, con Rajoy y con Sánchez (primera muestra de desidia: elegirlos) España ha renunciado a ser una potencia industrial, por supuesto militar, económica, tecnológica y, quizá lo más imperdonable, incluso una potencia cultural. En todos esos terrenos y en unos cuantos más de los que muestran el nervio de un país vamos penosamente a rastras de otros; y nos salva de la decadencia el hecho milagroso de pertenecer a la Unión Europea, que, con sus falencias, sigue siendo el invento político más civilizado desde la Revolución Francesa y la Ilustración. Resulta tenebroso imaginar cómo habríamos atravesado en solitario, con nuestras pesetas y nuestros políticos, la gran recesión, la pandemia y la siniestra era sanchista.
Sostienen quienes mandan sin gobernar que la economía española va como un cohete. Será como un cohete polvoriento y sin rumbo conocido. Digo yo que alguien debe estar haciendo cosas raras con tanto dinero porque, mientras crece el misterioso PIB, el poder adquisitivo de los españolitos está al nivel de 2005, mantenemos el liderazgo europeo en desempleo, el riesgo de pobreza infantil aumenta por días, los servicios públicos y las infraestructuras colapsan por pura dejadez, el reino de España sigue endeudado hasta las cejas, completaremos una legislatura entera sin presupuestos y, con un poco más de esfuerzo clientelar, pronto más de la mitad de la población vivirá del Estado.
En 2025, el bienestar de los españoles depende mayormente de dos cosas tan frágiles como la inmigración y el turismo. Necesitamos a los inmigrantes para que aumenten y rejuvenezcan un poco la población (lo que permite disimular las estadísticas) y realicen los trabajos que nosotros repudiamos. Y necesitamos que vengan cada año cerca de cien millones de turistas para mantener a flote la economía y crear unos cuantos miles de empleos precarios. En cuanto decaiga la afluencia de inmigrantes y/o de turistas, el país se va por el sumidero.
Lo sabemos. Pero como somos tan exquisitos, ya empieza a parecernos que sufrimos un exceso de inmigrantes y de turistas, que estorban e importunan nuestras vidas apacibles. Así que la moda, a derecha e izquierda, esdenigrar a los inmigrantes y abominar de las masas de turistas; que son, paradójicamente, quienes sostienen nuestro languideciente bienestar. Mientras, nuestros mejores profesionales jóvenes huyen a buscarse la vida fuera de España (lo que los convierte en inmigrantes en sus destinos) y todos viajamos como locos con cualquier pretexto, lo que nos señala como turistas indeseados por los indígenas que nos soportan.
También está la brecha generacional, que explica mejor lo que sucede en la sociedad española (entre otras cosas, lo que sucede con el voto) que la división tradicional entre la derecha y la izquierda. Han regresado las dos Españas, pero esta vez el corte se establece por la edad: menores de 45 frente a mayores de 45, como si fueran dos universos diferentes incomunicados entre sí. Esa es nuestra versión actualizada de la lucha de clases. Y en esa pugna, el poder político ha tomado partido.
El segmento con mayor renta per cápita es el de los mayores de 70 años, beneficiarios de un sistema de pensiones que absorbe más de la mitad de todo el gasto público y de una colección variopinta de ayudas, chollos, bagatelas, descuentos y gratuidades derivados únicamente la edad, sin distinguir entre quienes lo necesitan y quienes, sin ser ricos, podemos pagar el metro a su precio.
Mientras, hemos arruinado la vida de un par de generaciones que llegan a los 35 o 40 años instaladas en la precariedad laboral y vital; que contemplan como un Everest inaccesible los simples objetivos de disponer de una vivienda digna, formar una familia y tener hijos; y que, a estas alturas, ya saben que cuando se hagan viejos nadie les dará una pensión decente. Su respuesta es atascarse en una especie de eterna adolescencia que los disocia patéticamente de su realidad biológica de señoras y señores ya talluditos que, a estas alturas, deberían estar haciéndose cargo de sus vidas, de sus familias y del país.
Avanzamos sólidamente hacia el suicidio demográfico. El mapa de España es como una especie de absurda rosquilla: las provincias periféricas con mar repletas de gente, las del interior desertizadas y, en el centro, una cosa monstruosa llamada Madrid. Ustedes me dirán cómo se dota de los servicios básicos (escuelas, centros sanitarios, transportes) a provincias como Teruel o Soria, con 10 habitantes por km², o a los muchos municipios donde ya no quedan menores de 15 años. Además de los chantajes de los nacionalistas ricos que Sánchez atiende sumisamente, con una estructura de población tan demencial la financiación de los territorios se convierte en un rompecabezas irresoluble.
Es muy propia de los países en decadencia la disolución progresiva del sentimiento de comunidad nacional -o si lo prefieren, del sentimiento de comunidad a secas-. En nuestro caso, los valores comunitarios caen arrasados por la ofensiva de la ideología identitaria, egocéntrica, centrífuga y retrógrada, enarbolada por la izquierda populista con furor digno de mejor causa. El complemento es una nueva inquisición puritana y represiva, prohibicionista, ignorante y sentenciosa, ejercida no por los torquemadas de antaño, sino por los administradores actuales del Santo Oficio de la izquierda gubernativa.
Nada de esto tiene remedio en el horizonte divisable, aunque cambie el Gobierno. Tampoco lo tiene la selección negativa de la especie dirigente que comenzó con el siglo en el interior de los partidos políticos y se ha hecho crónica. Si tienen dudas, repasen la lista del actual Consejo de Ministros. Y les aseguro que no es cuestión de títulos fake, de doctorados de pega ni de másteres inventados: esa parte es tan solo paleta.
La pregunta del millón es: ¿dónde verán el progresismo en todo esto?
En la política y en la vida colectiva (que, ¡ay!, cada día se separan más), hay problemas que tienen remedio, sea este más o menos difícil; se trata de disponer de los instrumentos, conocer las técnicas y concitar las voluntades para ponerse a la labor de recomponer lo descompuesto. Pero hay otra clase de problemas cuya única solución es no crearlos, como hay enfermedades que sólo se curan con medicina preventiva. Una vez provocados, no hay marcha atrás: sólo cabe aplicar potingues paliativos.