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No puede apagar incendios un Gobierno pirómano
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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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No puede apagar incendios un Gobierno pirómano

Que alguien nos diga qué cosas efectivas han hecho en siete años los gobiernos de Sánchez para evitar una catástrofe incendiaria como la que sufre España este verano. Sus pactos favoritos son contra el Estado

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, conversa con varios vecinos durante su visita a la zona afectada por el incendio en Molezuelas de la Carballeda (Zamora). (Pool Moncloa/Fernando Calvo)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, conversa con varios vecinos durante su visita a la zona afectada por el incendio en Molezuelas de la Carballeda (Zamora). (Pool Moncloa/Fernando Calvo)
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Pedro Sánchez ha necesitado esperar a la segunda mitad de 2025 para descubrir que es necesario un pacto de Estado contra el cambio climático. Un poco tarde le llegó la revelación. El más iletrado de sus súbditos es consciente de ello desde hace décadas; y las personas versadas en la materia llevan más de medio siglo reclamando no un pacto nacional de Estado, sino una concertación universal entre los Estados y los pueblos del mundo para hacer frente al hecho singular más trascendente de la historia humana, el que conducirá al final de la humanidad a manos de sí misma.

Por desgracia, el único objetivo alcanzable a estas alturas es prolongar en lo posible la existencia del planeta como un lugar habitable; y eso, como casi todo lo importante, depende ya más de la ciencia y la tecnología que de la política. Los dirigentes de la segunda mitad del siglo XX tuvieron su ocasión de frenar la hecatombe y la malograron por puro egoísmo generacional. La inculpación histórica por parte de quienes vienen detrás será fundada y, ¡ay!, estéril.

La paupérrima declaración que le han fabricado a Sánchez para su salida de La Mareta es tan trivial que indigna. Primero, porque es inevitable que la pamplina suene a pretexto de circunstancias en pleno incendio nacional. Segundo, porque su política medioambiental desde 2018 no pasa de ser una colección de dogmas inspirados por ideólogos de despacho que no sabrían distinguir un roble de un ciruelo. Ni este presidente ni la mayor parte de sus ministros sabrían explicar solventemente por qué se está quemando media España (ni les importa salvo porque la España que arde está vacía de españoles, pero repleta de escaños en el Congreso).

Y tercero, porque es difícil encontrar un gobernante más opuesto que él a la idea de un pacto constructivo y no disolvente sobre este o cualquier otro asunto relevante para la nación. Si algo caracteriza a Pedro Sánchez es que sus pactos favoritos no son de Estado, sino contra el Estado.

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La oposición reprocha a Sánchez su tardanza y la de su Gobierno en dejarse ver en plena quema de miles de hectáreas, destrucción de bienes y pérdida de vidas humanas. Algo hay de contradicción en el argumento: si realmente Sánchez y sus ministros son una banda de incompetentes como claman sus adversarios, reclamar su presencia en el timón sólo tiene sentido si se busca alguien contra quien disparar, que, efectivamente, es lo que unos y otros buscan desde el primer minuto de cualquier calamidad que pueda medirse en votos potenciales.

Nada sustancial habría cambiado durante esta oleada de incendios masivos con Sánchez en la Moncloa y todos los ministros, ministras y ministres en sus despachos, con el Parlamento abierto y los 17 Gobiernos autonómicos en su sitio. Quizá la diferencia más notable habría sido una elevación insoportable de la violencia verbal en el intercambio de dicterios y acusaciones. Con la mayoría de los políticos de vacaciones han sonado más los rebuznos tuiteros de Óscar Puente, lo que acrece el predicamento del sujeto ante el jefe y entre la facción ultra de su prole partidaria.

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Ni Sánchez ha inventado los incendios en verano ni la interrupción de sus vacaciones habría servido para apagarlos. Estos son más violentos que los de años anteriores y menos que los que vendrán porque el suicidio climático progresa en esta parte del mundo a velocidad mayor que la prevista y porque se hacen cada vez más visibles el abandono y la incuria de los poderes públicos para prevenirlos.

Hay que tener mucha jeta para transformar la dejadez de los gobernantes de ayer y de hoy en un debate plagado de embustes y sandeces sobre el negacionismo climático. El negacionismo más nocivo no es el de las minorías que rebaten la existencia del cambio climático, sino el de quienes pregonan liberar las fuerzas de la naturaleza a su propia inercia, con ausencia de toda intervención humana: por ejemplo, no ocuparse de un mantenimiento intensivo de los montes y de los recursos agrícolas y ganaderos con las acciones correctoras que sean precisas de elementos nocivos para el equilibrio ecológico y para el tejido socioeconómico. El conservacionismo a ultranza es una variante infantil del ecologismo místico, pero tiene poco que ver con la ecología entendida como un valor político que pueda inspirar una política de gobierno.

Que alguien nos diga qué cosas efectivas han hecho en siete años los gobiernos de Pedro Sánchez para evitar una catástrofe incendiaria como la que sufre España este verano (y, previsiblemente, los siguientes). Por ejemplo, cuándo y cómo han intentado seriamente un pacto de Estado como el que ahora predica el presidente del Gobierno y olvidará en unos días. No será por falta de antecedentes ni de información anticipada sobre las olas de calor que estamos condenados a padecer de forma recurrente en esa parte de España completamente abandonada: la más pobre, la más despoblada… y también la más carente de partidos nacionalistas que vendan sus votos a un Gobierno que ha demostrado ser más regresivo que progresista.

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Ciertamente, ese pacto debió hacerse décadas atrás para no llegar a este punto. Pero ahora como antes, para tomarse en serio la vacua proclama presidencial esta debería ir acompañada de tres elementos imprescindibles: a) objetivos y compromisos concretos, viables y realizables, lo que no es compatible con tirar a la basura una legislatura entera sin presupuestos; b) una verdadera voluntad de concertación política, empezando por acordar las bases de la política medioambiental con el partido que tiene el mayor número de diputados en el Congreso, la mayoría absoluta en el Senado y una hegemonía aplastante en el poder territorial, especialmente en los lugares que más padecen los incendios; c) la práctica de la lealtad institucional, que incluye una colaboración real entre gobiernos de distinto nivel y excluye el cínico intercambio de culpas para camuflar la responsabilidad propia.

No sé (o quizá sí lo sé) si Pedro Sánchez fue alguna vez la persona indicada para liderar creíblemente un esfuerzo colectivo de esta naturaleza. Lo seguro es que ha perdido toda posibilidad de serlo. Nada en él llama a la credibilidad de los compromisos, la concertación política transversal o la lealtad institucional, sino a los valores antagónicos. Su trayectoria es tan uniformemente opuesta a esos requisitos que su sustitución se convierte en un requisito más, quizá el primero, para hacer viables los demás. No puede prevenir ni apagar los incendios físicos un gobernante políticamente pirómano.

Se atribuye al alcalde Tierno Galván la frase de que la primera obligación de un gobernante es garantizar que, cuando se abre un grifo, por ahí salga agua. El cambio climático, los incendios forestales, la pandemia del Covid, los apagones en el sistema eléctrico, el colapso de los trenes y de los aeropuertos, la crisis de la vivienda, el invierno demográfico y tantos otros males de nuestro tiempo no pueden atribuirse en su origen a este Gobierno. Pero cuando en todos ellos España fracasa repetidamente y en mayor grado que nadie, solo caben tres explicaciones: o el Gobierno es manifiestamente inútil, o emplea demasiado tiempo pendiente de lo que sucede en los juzgados o, a fuerza de tentar la suerte, Sánchez se ha vuelto gafe. Me inclino por una mezcla de las tres cosas.

Pedro Sánchez ha necesitado esperar a la segunda mitad de 2025 para descubrir que es necesario un pacto de Estado contra el cambio climático. Un poco tarde le llegó la revelación. El más iletrado de sus súbditos es consciente de ello desde hace décadas; y las personas versadas en la materia llevan más de medio siglo reclamando no un pacto nacional de Estado, sino una concertación universal entre los Estados y los pueblos del mundo para hacer frente al hecho singular más trascendente de la historia humana, el que conducirá al final de la humanidad a manos de sí misma.

Pedro Sánchez
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